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Los que fuimos niños o adolescentes en los años 60 pudimos vivir el gozo del inicio de los importantes cambios que el Concilio Vaticano II trajo a la Iglesia católica. Aunque esos cambios se empezaron a aplicar rápidamente, luego continuaron de manera más lenta y aún no se implementan todos de forma completa en todas partes. Encabezados por San Juan XXIII, que convocó e inició el concilio, y San Pablo VI, que lo llevó a su culminación, los obispos de todo el mundo aprobaron cambios importantes ratificados por esos dos grandes papas, que quedaron plasmados en constituciones, decretos y declaraciones firmadas por San Pablo VI, al clausurar el concilio. Juan Pablo I y Juan Pablo II adoptaron su nombre papal, en homenaje a esos dos papas extraordinarios y santos.

Como lo dijo San Juan XXIII, fue un “aggiornamento” o puesta al día de la Iglesia, renovándose, revisando el fondo y la forma de todas sus actividades. No modificó nada de las verdades fundamentales que guarda la Iglesia como “depositum fidei”, pero cambió su modo de ver les cosas y de actuar en muchos aspectos. Alejada de la sencillez de la Iglesia de los primeros siglos, influenciada por la pomposidad de las cortes y los poderes políticos del mundo (y también para protegerse de ellos), hasta el Concilio Vaticano II en la Iglesia imperaba la figura del Papa que gobernaba la Santa Sede y la cristiandad al estilo de un monarca absolutista e inaccesible, con una corte de príncipes integrada por los cardenales. Algo parecido sucedía con sus nobles señores feudales, los obispos de cada diócesis; y aunque en menor grado, con los sacerdotes en cada parroquia. Los laicos y los religiosos no ordenados sacerdotes, no pintaban nada y su papel era solo oír, obedecer y cumplir. La misa se celebraba en latín, con el sacerdote de espaldas a los fieles, haciendo visible el abismo que separaba al clero del mundo, incluyendo sus propios feligreses. Aquella Iglesia eminentemente clerical vivía encerrada en sí misma, solía hacer oídos sordos a los asuntos terrenales y se mantenía al margen o en contra de los avances científicos.

El concilio fue una apertura dialogante con el mundo moderno actualizando la vida de la Iglesia con un nuevo lenguaje, no autoritario, sino conciliatorio, para tratar los problemas actuales y antiguos. Dio una definición más completa de su naturaleza, del papel de los obispos como pastores, incluyendo su colegialidad encabezada por el obispo de Roma; ya no rey, príncipes ni señores feudales, sino pastores y servidores del pueblo de Dios. Enfatizó en la necesidad de su constante renovación, en la restauración de la unidad de los cristianos sin condenar a nadie, llamando a los protestantes “hermanos separados”, subrayando la doctrina social y la opción preferencial por los pobres. Les dio a los laicos su lugar como parte esencial de la Iglesia, sacerdotes, profetas y partícipes de la realeza de Cristo, a quienes el Espíritu Santo otorga dones y carismas necesarios para la misión de la Iglesia. Se sustituyeron conceptos arcaicos sobre la sexualidad humana reconociéndola como creación divina, buena y santa, reconociendo la vocación matrimonial como igual de digna y santa que la vocación al sacerdocio ministerial. Se entregó la Biblia al pueblo para su lectura, estudio y meditación, antes reservada a los clérigos. Se restableció el diaconado permanente incluso para hombres casados. Se instituyeron laicos varones y mujeres como ministros extraordinarios de la comunión y de la palabra, lectores en la misa, la comunión en la mano y con las dos especies (cuando es posible), tal como comulgaban los primeros cristianos. Se suprimió el uso machista y anacrónico del velo en la cabeza de las mujeres. Los cambios más importantes fueron de fondo más que de forma, pero es imposible citarlos todos ni profundizar en ellos en este corto espacio.

Lo triste es que haya en la Iglesia corrientes que se resisten al cambio, y otros que quisieran retroceder al pasado. El papa Francisco está empeñado en acelerar la implementación de los cambios del Concilio Vaticano II que 53 años después todavía no se implementan, y con el espíritu del concilio avanzar en muchos temas, enfrentando la oposición de un sector conservador minoritario. Sin embargo, gracias a esta decidida postura del papa Francisco, la Iglesia está recuperando el atractivo, prestigio y credibilidad que en parte había perdido, viviendo y proclamando hoy mejor el Evangelio.

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