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Después de los cuarenta años, los profesionales o quienes buscan conseguir un empleo se encuentran limitados para alcanzarlo, porque las empresas, cazadores de talentos, consultoras, sector público o compañías que buscan captar empleados para trabajos temporales, consideran a la edad como un limitante.

Se mira como la juventud con conocimiento especializado, va desplazando a los profesionales con experiencia, dejando a un lado la inmejorable posibilidad de combinar el “saber” con la “sabiduría” como fórmula del éxito.

Pero además se nota la “arrogancia” como característica de la imagen, sobre todo, si el candidato escogido para un empleo proviene de universidades reconocidas, se han “especializado” en algún tema o son referidos de alguien con poder.

El profesor argentino Guillermo Edelberg, primer sudamericano graduado en Harvard, comentaba en una de sus clases de Talento Humano que luchar contra la “arrogancia” de ciertos jóvenes es un problema para las organizaciones, que ven en ellos interesantes cualidades gerenciales y desarrollo de competencias.

“Pero advierten inestabilidad para someterse a cambios, porque se creen autosuficientes e imposibles de ser “moldeados” para triunfar en la implementación de la estrategia, que demanda de un gran entendimiento del pasado para proyectar el futuro”.

Los arrogantes se manifiestan de muchas formas; por lo general, no son confiables, se quejan o protestan de todo, no tienen reparos para llamar la atención a los colaboradores en público y reconocer en privado —la fórmula es al revés—; son en extremo detallistas cuando se necesita responder a tiempo a una necesidad, carecen de la empatía, humildad, búsqueda de consensos y manejo de equipos de trabajo, cualidades propias del liderazgo efectivo.

En mi país y quizás en Latinoamérica a propósito del ingreso de gran cantidad de jóvenes al sector público, muchos de ellos desplazando a funcionarios de experiencia que se encontraban en el mejor momento de sus condiciones y capacidades para seguir sirviendo al país, es preciso puntualizar que hemos encontrado a gente muy amable, proba, con una sólida escuela de formación en principios y valores.

Pero también existen de los “otros”, llenos de prepotencia, despotismo, poca paciencia, autosuficiencia, que pretenden hacer gala de un conocimiento poco confiable y se sienten ungidos del “poder temporal” de un cargo; a ellos, en algún momento el tiempo se encargará de darles un “duro despertar”, porque seguro tendrán excelentes calificaciones por parte de sus superiores en varios ámbitos, pero no podrán evitar la crítica de los ciudadanos y hasta implicaciones legales, que como todos sabemos se van conociendo con el tiempo.

En esta época pre electoral que vive el Ecuador, en donde se nota a muchos jóvenes impetuosos aspirando a ser elegidos, pedirles que lleven una campaña con altura, sean humildes en mostrarse a la comunidad, críticos ante sus propuestas, reflexivos ante las de los otros candidatos, y aprovechen esta oportunidad para mostrar su mejor perfil.

Algo preocupante en los jóvenes profesionales, es que a cambio de un salario, son presa fácil de gobiernos de gobiernos que restringen las libertades más apreciadas por el pueblo como una forma de corroer la convivencia democrática y empeñar la esperanza.

Los jóvenes están en el deber de eliminar la imposición burocrática, por encima de la vocación profesional, excluyendo visiones tecnocráticas y autoritarias impuestas desde lógicas extranjerizantes, neocoloniales, ajenas al “buen vivir”. Además impedir cualquier modelo o sistema basado en guetos de sabios, aislado de la realidad y de la sociedad.

La recompensa más grande para una sociedad es encontrar hombres útiles, capaces de obtener conocimiento, respetando la experiencia del paso de los años más difíciles que les tocó vivir, para ponerlos al servicio de una ciudad y un país.