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Según Francisco Contreras, autor en 1930 de la primera aproximación integral a la vida y obra de Darío, “El Salomón negro” data del segundo período centroamericano (1889-1892) del nicaragüense. Pero este cuento fantástico se publicó hasta el 15 de julio de 1899 en la madrileña “Revista Nueva” de los modernistas españoles. Inspirado en el tema del doble, reaparecido en “El cuento de Martín Guerre” (de 1914) a Salomón, rey de Israel (1000-931 a.C.) que condujo a Jerusalén al mayor grado de prosperidad y alcanzó la fama de sabio.

Su tema es una de las tentaciones del rey, la mayor de todas: la negación de la existencia de Dios. Mientras los grupos de satanes fatigados duermen de su continuo asedio, Salomón se desconcierta al ver surgir un genio o príncipe de la sombra, idéntico a él y de carácter antagónico. Una pugna dialéctica se arma entre ambos: la lucha entre el bien y el mal; el bien representado por el Salomón bíblico —con su esplendor y sabiduría tradicionales— y el mal por el Demonio o “Salomón negro”. Este proclama: “Soy tu igual, solo que soy todo lo opuesto a ti. Eres el dueño del anverso del disco de la tierra; pero yo poseo el reverso. Tú amas la verdad; yo el reino en la mentira, única que existe. Eres hermoso como el día, y bello como la noche. Mi sombra es blanca. Tú comprendes el sentido de las cosas por el lado iluminado por el sol; yo por lo oculto […] Tú crees haber comprendido el idioma de los animales; yo sé que solamente has comprendido los sonidos, no lo arcano del idioma […]”.

El Salomón negro pide al Salomón histórico convocar a los animales del Señor para negar que viven en la pureza. Así, contradice las creencias expresadas por el pavo real, el ruiseñor, la tórtola, el halcón, el ave sydar, la golondrina, el pelícano, la paloma, el pájaro kata, el águila, el cuervo y el gallo. El Salomón negro pronuncia la frase: “Dios se llama X; se llama Cero”, o sea: la incógnita y la nada. Desaparecidas las bestias, los satanes —ya despiertos— atisban y Salomón, angustiado, contempla su propia imagen en el que había hablado tremendas blasfemias y pregunta a su doble y antagonista cuál es su nombre. La respuesta no podía ser más sorprendente: Federico Nietzsche (1844-1900), el vitalista filósofo alemán, postulante de “la muerte de Dios”.
En otras palabras, el diablo se corporiza para mostrar la versión negativa y sombría de los valores luminosos del mundo cristiano. El Salomón blanco se vuelve a Dios para “ascender con el ángel de las alas infinitas, a contemplar la verdad del Señor”. El narrador extradiegético u omnisciente (Darío) deja que uno de los fabulosos pájaros que ama aclare el sentido del cuento. El pájaro Simorg —que vuela desde las montañas de Kaf en su menester de predicador inmortal— habla en tono bíblico: “Salomón, Salomón, has sido tentado. Consuélate; regocíjate. ¡Tu esperanza está en David! Y el alma de Salomón se salva y se funde con Dios”. La pugna dialéctica entre los personajes se resuelve con el triunfo del bien sobre el mal.

No era la primera vez que el filósofo germano aparecía como personaje de ficción en un cuento de Darío, quien lo introdujo en la literatura de lengua española. “El 2 de abril de 1894, en el periódico de La Nación de Buenos Aires, Rubén Darío publicó el primer artículo en castellano dedicado a la figura de Friedrich Nietzsche”. Dos años antes, en el cuento “Por el Rhin” (El Tiempo, Buenos Aires, 28 de octubre, 1897), había escrito: “Pasa, furioso, el pecho desnudo, los gestos violentos, la mirada fulminante, mascando una hostia, estrangulando un cordero, un hombre extraño, que grita: / —Yo soy el magnánimo Zarathustra: seguid mis pasos. Es la hora del imperio: / ¡Yo soy la luz! / Alrededor del vociferador caen piedras. / —¡Muerte a Nietzche el loco!” El autor de El origen de la tragedia era para Darío “un alma de elección, un solitario, un elitista, un raro”; pero la difusión de sus ideas le provocaba espanto. Por eso en su “Letanía de nuestro señor Don Quijote” suplicó a este librarnos de los “superhombres de 
Nietzsche”.

Coda: dedico este artículo a Noel Rivas Bravo, descubridor de la primera publicación de “El Salomón negro” y estudioso de Nietzsche y Darío.