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Un gobernante sabe cuándo pierde las riendas y siente cuándo no va a poder recuperarlas. Llega a un punto neurálgico, en el que pierde la cabeza, se descarrila y saca lo más reprochable de su naturaleza humana, sin medir como el Lobo de Gubia, los daños que provoca. Inutiliza el pedido de paz del hermano Francisco. Decide reprimir, pero eso no es gobernar.

Quisiera recuperar el mando que tenía, pero no ve cómo, porque todos los caminos se van cerrado y la posibilidad de negociar tiene un tranque más grande que el visto en El Carmen, y es la aplicación de la justicia.

¿Cómo hacer justicia sin sentar a los culpables en el banquillo? En uno de sus discursos durante la campaña presidencial —comentado en la revista Proceso— el futuro gobernante de México, Andrés López Obrador, dijo: “Necesitamos la paz, pero para conseguirla, necesitamos la verdad y la justicia. Sin eso, es imposible”.

A pocos días de tomar posesión en ese México tan turbulento, López Obrador está cada día más claro. La búsqueda de la paz requiere la aplicación de la justicia. Eso no es negociable. Es una deuda con tantos muertos.

Cabalgata de temores

Por lo visto y escuchado durante la última semana, se ha tirado la toalla en las pretensiones de hacernos creer que hay algo de normalidad en esta Nicaragua brutalmente agredida.

Desde la persecución a las picos rojos, hasta la presencia militar en los cementerios, pasando por la prohibición del uso de pólvora, silenciando las festividades de la Purísima y Navidad; la alarma alrededor de la UCA provocada por la presencia de jóvenes matriculándose en compañía de sus padres; la ocupación diaria de las rotondas  en busca de inmovilizar las protestas en las calles; la repulsiva agresión a mujeres prisioneras por parte de encapuchados inyectados de salvajismo; la inútil campaña contra la Iglesia católica y en particular contra monseñor Silvio Báez, además de considerar las misas como “sospechosas”; las agresiones en León a Álvaro Montalván y en Managua a Germán García, cronistas deportivos; el encarcelamiento constante de un marchista embanderado son síntomas inequívocos de anormalidad y de temor. No hay forma de ocultar eso. 

El paraíso perdido

Un presidente que usa la coyunda las 24 horas para poder imponer el orden bajo amenaza, quizás sin poder dormir, no gobierna un país. En el paraíso perdido, el sometimiento era el factor clave. No necesitaba de paramilitares, de fuerzas represivas extras, de una policía desbordada en presionar, ni de la exigida complicidad de los comprometidos hasta el cuello.

Incluso, dormía. Hoy con un ojo siempre abierto, vive pendiente de cualquier timbrazo, escuchando todo tipo de informes, haciendo consideraciones de las dificultades que se multiplican, preguntando sobre cómo se mueve el paralelogramo de las fuerzas, cuando el rechazo creciente es incontrolable, haciendo cuentas sobre el financiamiento del terror.

Después del 18 de abril, todo ha sido diferente en Nicaragua y aún desde las esferas de poder, no se encuentra la fórmula para volver a manejar situaciones que antes no necesitaban de estos extremos.

Pese al uso de la represión como recurso único, no de autoridad, sino de imposición, el presidente sabe que eso no es gobernar y carece de propuestas. Se siente prisionero, igual que nosotros. Le encantaría encontrar una solución, pero como dice Arturo Cruz, debe bajarse del caballo para dar pasos en esa dirección. Sería su regreso a la sensatez.