Orlando López-Selva
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El mandatario cubano, Miguel Díaz-Canel llegó a Moscú, en visita oficial a la Federación Rusa. Se informa que viajó para  firmar varios convenios de cooperación e intercambios con su contraparte. 

Mi punto: No es nada raro que los dictadores cubanos vayan a Moscú: el centro precursor y sustentador de las pocas dictaduras leninistas antioccidentales, todas disfrazadas con traje de querubín. Washington ya hizo advertencias directas y severas. Y los Estados Unidos cuando apuntan, lo hacen sabidos de la abundancia de sus municiones, de las debilidades de sus adversarios y de las posibilidades de sus propios éxitos. 

Díaz-Canel (nunca elegido popularmente entre varios candidatos, sino impuesto y ungido por los Castro) está en Rusia para extender su mano al zar rojo ¿Razones? Su gran proveedor venezolano se está derrumbando; y sus otros dos aliados regionales son muy débiles. 

El cubano se sentó en el Kremlin, frente a un Putin —que lo percibió, en un momento, con buenas intenciones hacia occidente—, pero, tras cada reelección amañada, ha mostrado  su verdadera vocación dictatorial.

Cuba es un país siempre postrado. Y era lógico que su economía nunca creciera si ha pasado décadas invirtiendo solo en armas y reprimiendo iniciativas privadas. Además, con el progreso de las comunicaciones globales —¡ninguna desarrollada por Rusia o cualquier país socialista! y el avance de los vecinos latinoamericanos: Brasil, México, Colombia, Argentina, Chile, Perú—, los cubanos ya no pueden ocultar su atraso, fracaso y engaños vendidos antes por el orbe como una opción nacida fuera de Europa. 

¿Quién sostiene que el modelo económico, social o político de Cuba sea respetable o merezca replicarse?

No se pueden obtener estadísticas confiables de Cuba. No las dan porque saben de su fracaso. Sentirían mucha vergüenza al saber que hoy, países como República Dominicana o Jamaica tienen mejores estándares de vida o siguen un patrón de crecimiento que los está sacando del subdesarrollo: la democracia capitalista.

La democracia como sistema, aparejada al capitalismo, (no me refiero al modelo estatista chino o capitalismo pos Mao), es exitosa ya que parte de una premisa básica que los de vocación dictatorial nunca han querido aceptar: implicaría reconocer sus pifias y perder el poder; y respetar las ideas de los demás para que haya libertades y pluralismo político. 

Díaz-Canel puede ser joven, tener algo más de disposición para aceptar los retos de la modernidad. Pero nació y creció creyendo que su revolución es la única verdad que existe y que los comunistas, principalmente los Castro, son dioses infalibles e invencibles ¡Fanatismo fétido!

La actitud irrespetuosa hacia los que piensan distinto -asumiendo que solo los comunistas poseen la razón y hacen el bien- constituye el mayor daño que el mandatario revolucionario le pueda hacer a todo su pueblo. Un pueblo  relegado por la cruel retórica oscurantista, subsistiendo para  seguir viendo, siquiera, la vida desde abajo. 

¿Por qué los cubanos bajo ese sistema, en cuanto tienen la primera oportunidad huyen de su país?

Cuba sigue oscureciendo su futuro. Esa vocación contumaz de apego dictatorial —no de ver a conciudadanos y aceptarlos sin importar lo que piensen y lo que crean—; sino para someterlos y que se sostenga la longeva dictadura, hace que la isla hermosa y de gentes nobles e inteligentes, se esté ahogando con ese modelo. Nada de lo que Cuba se jactaba hace unos años se ha sostenido bien.

Los otrora triunfos y predominio magistral en los deportes, excelentes medicina preventiva, curativa e investigativa o altos niveles de escolaridad, cayeron. ¿Por qué? Países de la región hoy han avanzado mucho más en esas áreas, gracias a la incorporación de los recursos tecnológicos, que el régimen no asume porque le tienen horror a que los cubanos comunes y corrientes asuman sus libertades -que nunca han tenido y disfrutado- de manera abundante y merecida, como en otros países vecinos.

El viaje de Díaz-Canel a Moscú no fue una simple búsqueda de renovación afectiva. (Irónicamente, Díaz-Canel parecía tan inexpresivo como su interlocutor: frío, endurecido por el poder enfermizo; imbuido de la vocación intolerante hacia los demás). Hay una búsqueda de auxilio paternal ante el jefe supremo de las dictaduras mayores; hay un  ruego entre los pocos sátrapas  que languidecen y saben que ya no pueden seguir engañando, ni haciendo más daños.

Ahora todo se sabe, se ve y disemina globalmente. La libertad nunca puede ser atrapada. Es una vocación universal más allá de los barrotes, los grilletes. Es más fuerte que el desdén de la  barbarie degradante de los intolerantes y fanáticos.