Adolfo Miranda Sáenz
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La dictadura comunista dejó de existir desde 1986 en las 15 repúblicas de la ex-Unión Soviética (URSS), incluyendo —obviamente— a Rusia, gracias a la “perestroika” (renovación) y la “glasnost” (transparencia) implementadas por Mijaíl Gorbachov, independizándose  las 15 repúblicas que integraban la URSS y también acabando el comunismo en los otros países  de Europa Oriental.

Gorbachov quiso implementar cambios graduales ordenadamente del comunismo al capitalismo, pero su sucesor, Boris Yeltsin, implementó cambios bruscos creando un caos en que no funcionaba ninguno de los dos sistemas, se produjo una gran corrupción con la privatización de los bienes del Estado y se generó un inmenso desempleo, pobreza, anarquía y caos.

Por primera vez en 70 años se vieron en Rusia limosneros sin empleo, sin techo, sin alimentos ni atención médica. Millones empezaron a añorar el sistema comunista con todo y sus defectos y fracasos. Rusia necesitaba un líder fuerte que impusiera el orden, y surgió Vladímir Putin, un culto y elegante exagente de la KGB convertido en político carismático.

Putin gobierna hoy un país capitalista. No es comunista ni “técnicamente” un dictador, pero ejerce un gobierno autoritario en el marco de su Constitución. Políticamente no es igual dictadura que autoritarismo.

La Federación de Rusia tiene un Parlamento bicameral: la Duma o Cámara Baja, y el Congreso de la Federación o Cámara Alta. Tiene un sistema judicial independiente, salvo cuando Putin considera necesario ejercer su influencia.

El Ejecutivo lo ejerce el presidente de la Federación de Rusia con amplios poderes que le permiten gobernar con amplitud de facultades, teniendo como principal colaborador al presidente del Gobierno (digamos, un primer ministro), su mano derecha, Dmitri Medvédev.

Esa amplitud de poderes que constitucionalmente tiene Putin, los usa con mano fuerte y ha logrado restablecer el orden, organizar al país, combatir la delincuencia e impulsar la economía con buenos resultados.

La reelección es permitida en Rusia, pero consecutivamente no más de dos veces. Putin tiene 19 años gobernando Rusia como presidente de la Federación o como primer ministro.

Según un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, Vladímir Putin goza de una inmensa popularidad, situándose muy lejos de sus rivales políticos. El prestigioso diario español, El País, calificó como confiables las últimas elecciones presidenciales rusas, con estos resultados: Partido Rusia Unida, Socialdemócrata, (Vladímir Putin) 76.69 %. Partido Comunista (Pável Grudinin) 11.77 %.  

Partido Liberal (Vladímir Zhirinovsky) 5.65 %. Otros siete partidos obtuvieron porcentajes menores. La Universidad Complutense de Madrid y El País coinciden en atribuir la popularidad de Putin a su habilidad política para restablecer el orden, reorganizar un país en caos y bancarrota, mejorar notablemente la economía y mostrarle al pueblo un camino progresista, recuperando el prestigio de Rusia como potencia militar, alimentando el orgullo nacional. Todo ello a pesar de que en su gobierno no está ausente la corrupción, aunque mucho menor que en la de su antecesor, Boris Yeltsin. 

Ya no existe la “guerra fría” entre las potencias rivales URSS y EE. UU. (comunismo vs. capitalismo).  Hoy Rusia es un país capitalista y supuestamente democrático, aunque con un gobierno autoritario.

Sus relaciones fueron inicialmente cordiales. Rusia respaldó la invasión de EE. UU. a Afganistán después del 9/11. Pero Rusia es una gran potencia, es el país más grande del mundo, con una enorme riqueza (aunque mal aprovechada durante el comunismo) y no le agrada estar rodeada por 320 bases militares de EE. UU., incluyendo nuevas bases en países exsoviéticos como Uzbekistán, Tayikistán, Letonia, Estonia, Lituania, los tres últimos fronterizos con Rusia. Tampoco le agradaron las operaciones militares de EE. UU. en su vecindario: Irak y ahora Siria. Cuando Rusia exigió de Ucrania la Península de Crimea y los EE. UU. respaldaron a Ucrania, las buenas relaciones se terminaron. 

EE. UU. y Rusia saben que los dos tienen un similar e inmenso poder nuclear. En una confrontación ninguno ganaría (causarían la destrucción mundial). En este contexto, debemos ver las incursiones políticas y económicas de Rusia en Latinoamérica —en cualquier país donde les abran las puertas—, como un mensaje a EE. UU. de “si tú te metes en mi vecindario, yo puedo meterme en el tuyo”.

Pero detrás de esto no existe ninguna identificación política ni afinidad ideológica con determinados gobiernos latinoamericanos. Solo intereses económicos. Políticos únicamente como parte del juego entre las potencias, sujeto a negociaciones en las que a ciertos países (a sus gobiernos, más exactamente) se les utiliza a veces como monedas de cambio.

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