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La concepción de un proceso electoral libre e independiente, participativo, técnico, incluyente, planificado, ejecutado con resultados inmediatos y completos que expresen la voluntad popular recogida  por los operadores del sistema que se organice para el logro de los objetivos que los nicaragüenses anhelamos en beneficio de todos es un hecho relativamente cercano para el cual debemos prepararnos, sin exclusiones, con los colores azul y blanco, cuyos tonos deberían matizar a cualesquiera de las  opciones que se presenten.

Obsesionado por las elecciones fraudulentas que celebraba el somocismo consulté al respecto con los asesores suecos que nos llegaron. Muy sencillo, me respondieron. La independencia del gobierno y ética de que disponga la estructura electoral  son  claves.  Los vacíos en esos campos desvían la dirección correcta. Fue un gran aprendizaje que me correspondió aplicar en seguimiento a la postura de aquel Consejo Supremo Electoral presidido por el doctor Mariano Fiallos Oyanguren. Las elecciones del 25 de febrero de 1990 que culminaron con el triunfo de la Unión Nacional Opositora -UNO-, encabezada por Doña Violeta Barrios de Chamorro sobre el FSLN, constituyeron un sano ejemplo que  llenó de orgullo a quienes en ellas participamos como ejecutores, así  nos sumiera en la congoja, ya que  parte de los mismos en todos sus estratos eran  de origen sandinista.

Acude a mi mente un hecho ocurrido la madrugada del 26 de febrero   de 1990 que narra lo acontecido en el primer párrafo de la página 370 de su libro    La lucha por el poder el licenciado Guillermo Cortés Domínguez, para entonces ambos con muchos años menos. Pues bien, allí alude a mi estado anímico y a la limpieza con la que efectuamos aquellas elecciones que lamentablemente hasta ahora nadie ha podido por lo menos igualar, cuando aspirábamos a que todo sería mejor. 

El   amigo Carlos Fonseca Amador, casi un santo como ser humano y sandinista ejemplar, único en la especie de los revolucionarios modernos, sostenía que un revolucionario   debe ser honesto, pues si no lo es no puede aspirar a llamarse revolucionario, véase el libro  ¡Que todos se levanten!,  de varios autores, pero principalmente del profesor Silvio Mora. Honesto para mí -repetía infatigablemente el amigo Carlos Fonseca Amador- es el adjetivo que caracteriza a un revolucionario. Con el mismo entusiasmo con que defendía la honestidad, atacaba la delación por inmoral. Desde entonces expresó su firme postura adversa a los orejas de su época, los sapos de hoy, ya que gentuza de esa calaña siempre ha sobrevivido fomentada  por grupos no tan minúsculos,  tan ruines como ellos, que se autoasisten para florecer, sostenerse y desarrollarse para el logro de sus abyectos propósitos, lean  las páginas 2 a 4 del libro ya mencionado. Confío en que Carlos Fonseca Amador  no haya sido víctima de una alevosa delación en los montes de Zinica.

Se quedarían asombrados al revisar sus computadoras o sus celulares para identificar la cantidad de sinónimos que aparecen en relación a los sapos, orejas, chivatos…

Y regreso a las elecciones. La entidad responsable o estructura a cargo del sistema debe laborar electoralmente fundamentada en los dos sanos principios o recomendaciones que pasado el tiempo me recomendaron los suecos: independencia del gobierno -aclararía de cualquier partido- y ética, o con mayor precisión, honestidad. Honestidad como la anhelaba Carlos Fonseca Amador, así no fuera  perfecto como nadie lo es. 

Debe asumirse medidas administrativas varias, ejemplo: Policía Nacional y Ejército a la orden del Consejo Supremo Electoral, según corresponda; manifestaciones libres, ordenadas, con pleno respeto a la propiedad privada y estatal, con rutas concertadas  entre los dirigentes; difusión de los programas por ejecutar mediante los medios de comunicación; observación interna y externa; capacitación para los ejecutores; aseguramiento de un sistema de conteo de votos que garantice los resultados con rapidez y fidelidad… Todo lo anterior demanda conocimiento, experticia y tiempo. Nicaragua dispone de personas capaces de emprender esta labor. Estoy seguro de que contaremos con el apoyo de los recursos económicos y técnicos que fueren necesarios. 

Juzgo aconsejable que quienes en el pasado participamos de los procesos electorales, por el bien de todos, nos excluyamos.   

El montaje de un proceso electoral cuya ejecución exige tecnicismo para saber hacerlo y visión abierta para conducirlo de manera apropiada de modo que el mismo contribuya a la obtención de la paz y la justicia que los nicaragüenses requerimos, demanda una postura conciliatoria y firme que ceda cobijo a quienes en los últimos meses especialmente hemos vivido con nuestros derechos, incluido el de vivir, han permanecido ausentes.