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Leo en El Nuevo Diario que la Fiscalía está pidiendo 21 años de cárcel para los nueve estudiantes de la UNAN, sobrevivientes del ataque sin misericordia, hecho a la iglesia Divina Misericordia en julio. En el libro “El otoño del patriarca”, García Márquez se refiere al callejón de las miserias, apuntando que es más lar go y más sombrío que la verdad. Es precisamente ese el sitio en el que nos encontramos con los poderosos huyendo de la verdad, y una señal más, la envía la Fiscalía con esa pretensión, mientras los banquillos de los responsables de la brutal represión, permanecen vacíos, como si los ejecutores de la barbarie fueran fantasmas. ¿Cómo es posible que se hable de reconciliación con la continuidad de estos procedimientos arbitrarios, que mantienen al país en veloz deterioro, manos arriba? Siendo el sometimiento, el mandamiento fundamental de un sistema autoritario, quitándole a su propia militancia la libertad de pensar, y mucho menos de atreverse a sugerir o cuestionar, uno entiende que la fiscalía 
solo se cuadre al recibir órdenes. Pero ¿qué hay de la condición humana y de la dignidad?

Atravesando por lo absurdo

Si tan solo por un momento, la gente de la Fiscalía pensara que cualquiera de ese jóvenes universitarios que pelean bravamente por cambiar el presente pensando en su futuro, es uno de sus hijos, posiblemente reflexionaran sobre la sanción que están pidiendo. Seguramente no verían a estos jóvenes como “terroristas”—que obviamente no lo son—, y saltarían a las calles cuestionando y protestando. No vimos ni una sola línea oficial ni palabras, respondiendo a los enérgicos señalamientos hechos por la exembajadora Laura Dogu sobre ese aspecto. El silencio oficial fue elocuente. Lo decía todo. Mantener en prisión a tantos inocentes, solo deseosos de contribuir a un urgente y necesario cambio de sistema, exponiendo sus vidas y despertando a una sociedad, es una absurdidad como diría Camus, solo permisible cuando se utiliza el atropello a los derechos humanos, indiscriminadamente. Los acusados colocados antojadizamente en los banquillos, son sobrevivientes del salvajismo, no delincuentes, como lo han certificado difer
entes organismos internacionales expertos en estas consideraciones y, sobre todo, nosotros, testigos directos.

Reconciliación condicionada

No se puede hablar de reconciliación, sin haber dado los primeros pasos hacia la democratización buscada, y es esencial, el cese de la represión, que incluye tantas persecuciones, amenazas y asedios, como el visto recientemente en la Upoli, convirtiéndola en zona militarizada. La toma de rotondas, los despliegues policiales en barrios capitalinos, la multiplicación de la inseguridad en todos los rincones, indican claramente que la reconciliación pretendida, es condicionada. No se ha visto un solo movimiento para aplicar la justicia colocando sobre el tapete, uno por uno, los casos de más de 400 muertos. No se puede pensar en reconciliación, con la justicia vendada y amordazada, moviéndose solo en un lado de la acera, desnuda y enclenque. No hay manera de bloquear la verdad, decía Gandhi, ni con extremas medidas represivas, ni con alardes de poder militar. Es lo que aquí tratan inútilmente de hacer mientras transitamos el callejón de las miserias, con el humanismo deshilachado, distantes de una divina misericordia.