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Hace 50 años, en el histórico 1968, la juventud estremeció al mundo dejando huellas imperecederas. Hace siete meses fueron nuestros jóvenes quienes lo hicieron en casa, y el repicar de los despertadores no toma pausa. La resignación al sometimiento, la indiferencia a tantos abusos, la ausencia de democracia, la adaptación a un sistema dictatorial, saltaron hechos añicos y apareció el interés por renovar esta patria tan sufrida, rescatando valores “confiscados”. Ese sonido fue tan ruidoso en las esferas de poder mientras se batallaba cívicamente frente a una represión armada hasta los dientes, que no ha sido posible apagarlo.

Y una prueba de eso, es como el sector estudiantil, en estos días de promociones, muestra su admiración por los mártires inspiradores del mes de abril, que con su sacrificio, abrieron los surcos del patriotismo por los cuales está transitando la nueva generación en ruta hacia un futuro que deje de ser borroso, con la pretensión de convertirlo en resplandeciente, dedicándoles graduaciones. 

Fue lo que viví en el Colegio Centroamérica la mañana del viernes 23, genuinamente emocionado, convencido que esos mártires, nunca morirán. 

Comprometerse es un reto

“¿Cómo no van a poder ustedes cambiar esta sociedad?”, fue el reto planteado directamente por el rector del Colegio Centroamérica, el sacerdote jesuita José Domingo Cuesta Cañete, agregando “No piensen en lo pequeño, sueñen en grande”…Se refirió el padre al compromiso de esta juventud con su propio destino y por supuesto, el que tienen con Nicaragua, recomendándoles vivir desde el agradecimiento, utilizando frases del papa Francisco.

Atravesamos por dos momentos emocionalmente cumbres en el transcurso de la ceremonia de la 95 promoción que incluyó a 135 bachilleres, esperanzados todos, como sus padres, de poder desarrollarse en un país mejor que este, azotado por otra tiranía, dispuesta a todo con tal de no soltar las riendas del poder: uno, cantar el Himno Nacional con todos los grifos del alma abiertos y los pulmones retumbando como una gigantesca banda de guerra agita corazones; y el otro, cuando uno de los graduados, antes de subir a la tarima, desplegó cuidadosamente una bandera azul y blanco que cobijó toda su espalda, y así recibió su diploma, envuelto en una atronadora ovación de parte de quienes rechazan este sistema. Algunas lágrimas fueron inevitables. El escenario se hinchó de sentimiento patrio.

El nivel de conciencia

“A todos los estudiantes nicaragüenses que sueñan cosas grandes, luchan por un mundo mejor, y son protagonistas”, decían las letras que destacaban en la pantalla y que leímos lentamente como para saborearlas.

En su discurso de cierre, la jovencita Yatzary Ninoska Pineda Rodríguez, explicó que el propósito esencial fue dedicarle la promoción a los mártires estudiantiles, desembocando finalmente, en esas frases que grafican el reconocimiento a los jóvenes víctimas de una represión inhuma.

Precisamente, esa es la intención que pica y se extiende en diferentes centros de estudio, lo cual es una muestra del nivel de conciencia de estos muchachos que se proyectarán a las aulas universitarias por el impulso patriótico que tuvieron los Casimiro Sotelo, Jorge Navarro, Julio Buitrago y tantos otros, que utilizando las aulas y los pasillos universitarios como territorios libres, fueron capaces de cultivar su rebeldía indoblegable frente a una dictadura, y darle forma y fondo a un movimiento revolucionario que otros traicionaron.

Mientras asistía al acto, recordé como esa juventud estudiantil saltó a las calles haciendo sonar las trompetas de una rebelión cívica, que no ha sido ni será controlable, porque dispone del soporte de la mayoría de un pueblo harto de ser sometido, dispuesto a romper cadenas y ser finalmente libre, una falsa promesa de aquella revolución que desapareció y asignatura pendiente para esta nueva generación.