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Cuántas guerras se hubieran evitado, cuántas empresas no se hubieran dividido, cuántos matrimonios no hubieran fracasado, cuántas amistades no se hubieran perdido, cuánto daño y pérdida de vidas humanas se hubieran evitado si se hubiera optado por ceder en lugar de mantener posiciones inflexibles a lo largo de la historia y de la vida.

En todo conflicto entre dos partes es posible encontrar soluciones cuando existe la voluntad de poner el bien común antes que el orgullo, la intolerancia, el odio, la venganza, la prepotencia o la ambición.

Es posible. Siempre es posible negociar, acordar, pactar y encontrar soluciones a los problemas mediante el diálogo. Pero es posible siempre y cuando ambas partes estén dispuestas a ceder.

Un “diálogo” en el que una parte exige todo a cambio de nada, no es un verdadero diálogo, sino una imposición. “Ser o no ser, esa es la cuestión”, escribió William Shakespeare en su obra “Hamlet”, escrita alrededor de 1600.

Expresión considerada y usada como síntesis de los procesos mentales de indecisión y duda. Parodiando a Shakespeare podemos decir que “ceder o no ceder” es la clave de los procesos de diálogo y negociación en que cada parte desea alcanzar 100 de 100, pero, para lograr acuerdos, deberá aceptar 50 y ceder 50, o 70 y ceder 30, o viceversa.

Quizás las negociaciones y acuerdos más difíciles e importantes de la historia son los que se dieron entre Mijaíl Gorbachov, por un lado, y Ronald Reagan, primero, y George Bush, después, por otro lado, para terminar con la “guerra fría” entre las superpotencias Unión Soviética y EE. UU. cada una quería imponer en el mundo su sistema económico, comunista o capitalista.

Los soviéticos financiaron y respaldaron guerrillas, revoluciones y gobiernos comunistas, mientras que EE. UU. apoyó y propagó desestabilizaciones y golpes de Estado, sobre todo en América Latina y África.

En ambos casos con violaciones a los derechos humanos. Enemigos a muerte, estas potencias se embarcaron en una carrera armamentista para mantener el llamado “equilibrio de terror”, para evitar que una fuera capaz de destruir a la otra. Lograr una negociación satisfactoria entre la Unión Soviética y EE. UU. nunca fue fácil. Ambos mantenían posiciones inflexibles.

Ronald Reagan había afirmado a un periodista: “Mi idea de lo que debe ser la política estadounidense sobre la Unión Soviética, es simple: nosotros ganamos y ellos pierden; ¿qué te parece?” Gorbachov, convencido de terminar con el comunismo en Rusia y sus satélites, y seguir por la vía social demócrata, quería, además, terminar con la carrera armamentista que destinaba billones a las armas a costa de sacrificar beneficios para el pueblo.

Reagan al comienzo se negó a aceptar una reducción en las armas, pero después accedió a reducir el arsenal nuclear de cada país en un 50 %. Finalmente acordaron eliminar todos los misiles balísticos y de crucero, nucleares y convencionales, cuyo rango estuviera entre 500 y 5500 kilómetros. En 1989 Gorbachov y el sucesor de Reagan, George Bush, declararon oficialmente terminada la Guerra Fría al acabar con la nefasta carrera armamentista. 

Si se logró semejante acuerdo de carácter monumental, con tantas fuerzas en contra, incluido los intereses de la industria militar y las voces críticas en ambos países y en los países aliados, ¿cómo no se van a lograr acuerdos entre otros actores? Sin embargo, aunque parezca mentira, a veces lograr acuerdos entre una pareja que está a punto del divorcio, o entre hermanos, o en sociedades o naciones pequeñas, resulta más difícil porque quizás las diferencias no sean tantas, la importancia para el mundo será nula o poca, pero las heridas pueden ser más profundas, y el ser humano frecuentemente se resiste a perdonar, a ejercer la tolerancia y sobre todo a ceder.

A muy pocos les gustará vivir en medio de conflictos, aunque el conflicto sea parte de la vida; es más fácil vivir sin conflictos, en todos los niveles. Ahora bien, se necesitan dos para tener un conflicto. La solución empieza cuando uno cambia de actitud y pone de su parte para empezar a resolver los problemas.

El siguiente paso es cuando el otro, al ver en su contraparte el deseo sincero de dialogar y ceder, toma una actitud similar. Luego tendrán que superar el mayor obstáculo: los malos consejos, críticas, descalificaciones o insultos de quienes por diferentes razones (generalmente de su propia conveniencia) no quieren acuerdos y tratarán de impedirlos a toda costa. 

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