Jorge Eduardo Arellano
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En el XVII existe un extraordinario testimonio literario acerca del culto a la Inmaculada Concepción en Granada. Se trata del sermón predicado en la parroquia de esa ciudad el 8 de diciembre de 1675 por fray José de Velasco, franciscano de orden y oriundo de Guatemala. Pronunciado con motivo de la inauguración del castillo de La Inmaculada Concepción en el Río San Juan, lo he difundido varias veces, por ejemplo en el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación (núm. 18, julio-agosto, 1977 y núm. 133, octubre-diciembre, 2006), como también en la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua (tomo 63, noviembre, 2006).

En cuanto a la devoción mariana en la ciudad cuna de la Purísima (la muy noble y muy leal ciudad Santiago de León de los Caballeros), el mejor texto sobre el tema se le debe al archivista e historiador Luis Cuadra Cea, publicado en la revista Azul (Órgano informativo del Ministerio de Relaciones Exteriores, núm. 35, diciembre de 1954, pp. 22-23). A continuación transcribo sus párrafos más pertinentes:

Desde inicios del siglo XVIII se canta su dulce nombre, se rememora su patrocinio, se glorifica su Ascensión y, con la opulenta México va a ofrecer a Guadalupe, con el canto de sus aves, sus más fragantes flores y sus más dulces frutos, de acuerdo con el acta municipal del 6 de agosto de 1743. Sus rígidos Alcaldes ordinarios juran, al tomar posesión de su cargo, ‘defender el Misterio de la Pura y limpia concepción de Nuestra Señora la Virgen Santa María y observar las leyes y cédulas de su Majestad; y, ya en vísperas de la sonora Gritería, el Alcalde, trajeado con su uniforme antiguo de casaca y calzón corto negro de seda, y medias, y zapatillas con hebillas de oro y de plata, firmaba el decreto decorando la ciudad para las fiestas’ en edicto del 7 de diciembre de 1742.

En esa noche alegre, la ciudad resplandece como a los fulgores de una inmensa hoguera. Los esclavos, ataviados con sus vistosos trajes, van con sus amos por las calles, felices, gozosos, cubiertos de flores, cantando himnos de amor a la Electa de Javeh! (No consta que se haya dado malos tratos a los esclavos en el siglo XVIII; muy al contrario: se llegó a procesar a un amo por malos tratos con su esclavo, como se detalla en el documento del Legajo N° 39: “Auto cabeza de Proceso contra d. José Antonio de Rentería por maltrato a una de sus Esclava llamada Raymunda Espinal / Año de 1759 / 13 folios”).

Los indios se recrean con sus bailes nativos al son del teponaxtle y del huehuetl y por doquiera se obsequian gofios, chicha, bienmesabes etc. al reclamo del ¡¿Quién causa tanta alegría?! Al finalizar el siglo XVIII las ordenanzas de los intendentes de 1787 restringieron la libertad de los Concejos en la celebración de fiestas de la Iglesia.

Así, en el artículo 34 del Reglamento de Propios Arbitrios elaborado por el Gobernador don José Salvador en 23 de noviembre de 1795, se lee: “Los cavildos deben acistir con toda formalidad a las citadas dos festividades (Trinidada y cumpleaños del Emperador, como también a la proceción del día de Corpus, y su octava, a las rogativas públicas, a las Missas del día de la Purísima Concepción de María, de la Natividad del Señor, Domingo de Ramos, oficios de Jueves y Viernes Santo, los días de Pascua de resurrección, de Santiago Apóstol Patrón de esta ciudad, Santa Rosa de Lima, Patrona de las Yndias, fiesta de Galeones el día veinte y nueve de Noviembre, y Desagravios en el mes de Diziembre conforme lo tiene prevenido su Magestad, y Nuestra Señora Guadalupe el doze de Diziembre por estar Jurada por Patrona a instancias de la piedad de la Muy Nombre é Imperial Ciudad de México”.

Y no podía suprimirse la Purísima porque los Reyes Españoles se habían “distinguido siempre con singular gloria en la devoción de este Misterio. Don Juan I de Aragón y de Valencia, en real cédula de 2 de febrero de 1384, llamó a estas alegrías “La Fiesta de la Casa Real” y es el primer Monarca que, en presencia de las acaloradas disputas teológicas de las Órdenes Religiosas y doctores de la Iglesia sobre este Dogma, se adelantó a proclamarlo movido por su fe.