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Hoy toma posesión como presidente de México, el combatiente cívico Andrés López Obrador, tenaz candidato opositor, vencedor en las últimas elecciones con una ventaja asombrosa, reflejo de la imperiosa necesidad de un cambio después del estrepitoso naufragio político del PRI con Enrique Peña Nieto, dejando un legado de corrupción, catálogo de vicios, impunidad y violencia, que el nuevo gobernante se ha comprometido enderezar contra todos los vientos. En el país líder en circulación de medios de comunicación, periódicos, libros y revistas, las opiniones encontradas se multiplican abriendo espacio a las consideraciones que rodean todo proyecto político, y López Obrador, cargado de buenas intenciones como casi todos los que aterrizan en el manejo del poder, ha sido bombardeado por una serie de cuestionamientos sobre lo improbable del cumplimiento de muchas promesas, ante la aparición previa de algunas señales, y la inseguridad del proceder que puede ofrecer al rebotar contra la endurecida realidad de este México en permanente ebullición. Los medios se han encargado de recordar en diferentes publicaciones, que también Peña Nieto escaló la cima del poder entre grandes expectativas, alrededor de una posible restauración del PRI.

NO HAY PAZ SIN JUSTICIA

El convencimiento de no poder hacer mucho en la transformación del ejército, obligó a López Obrador después de ser electo, a un entendimiento con el poderoso aparato militar, que la revista Proceso de tanta incidencia tituló en su portada: AMLO se cuadra, dejando claro el sometimiento ante la realidad. Combatir la criminalidad es uno de los propósitos esenciales del nuevo mandatario, sin duda un reto mayúsculo como lo demuestran las escalofriantes cifras en rojo en pleno crecimiento. “No se puede lograr la paz sin aplicar la justicia”, dijo en una de sus primeras intervenciones públicas ya electo, comprometiéndose aclarar el doloroso y ruidoso caso de Ayotzinapa y tantos otros, que terminan siendo cobijados por la impunidad por la que México ha cabalgado alegremente. La recuperación de los valores perdidos, la urgente transformación social, otra tarea de gran exigencia, la puesta por “los de abajo” en la pantalla de prioridades, el fortalecimiento de la educación que demanda una atención inmediata, y sobre todo, desvanecer esas comparaciones reiteradas con Fidel Castro y Hugo Chávez, que han encendido las alarmas entre los inversionistas que han venido observando los primeros pasos del nuevo gobierno, aun antes de instalarse en el poder.

BORRON Y CUENTA NUEVA

Uno de los puntos más polémicos es el “borrón y cuenta nueva”, a través de una política de amnistía propuesta por el nuevo presidente, argumentando que justicia no es venganza. Esta determinación engavetaría múltiples actos de corrupción que deben ser juzgados como parte de la promesa de transparencia y combate a muerte contra las distorsiones que han dañado terriblemente al país. Frente a este tropiezo, López Obrador se ha mostrado abierto a someter a consulta una amnistía que incluye a todo el grupo que deja el poder entre señalamientos claros. Se percibe metido en un laberinto. Sus promesas de austeridad, concretadas con la reducción de salarios en los puestos públicos incluyendo el suyo, que no pudo ser más drástica porque afectaba conseguir el necesario apoyo de gente con elevado nivel de competencia, que a la postre serían sacados de puestos en los que están desempeñándose. El golpe más duro a estas pretensiones se debió a que su hombre de mayor confianza, César Yánez, quién va a funcionar como coordinador en casi todo, apareció en la portada de la revista Hola, en una boda faustuosa, al estilo Peña Nieto, con López Obrador como Padrino. “Es él el que se casa no yo. Puede hacerlo como le de la gana”, dijo el mandatario de forma incongruente con el nuevo estándar de conducta pública que ha venido promoviendo. Hoy López Obrador comienza a tomar el gran reto de su vida: hacer algo por enderezar México.