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A todos nos pasa sentirnos a veces desanimados, como si todo estuviera perdido en el mundo, en nuestro país y en la vida personal. Hay días en que no vemos salida a nuestras situaciones dolorosas y preocupantes. Pareciera que todo se derrumba, todo se frustra y nada mejora. Hasta el mundo lo vemos perdido con terremotos, maremotos, erupciones volcánicas, incendios forestales, guerras,  persecuciones, violación de los derechos humanos, desempleo, pobreza y hambre. Vemos con pesimismo la economía y la política. En la vida personal se puede estar pasando por situaciones económicas apremiantes, problemas familiares, crisis espirituales, enfermedades graves, tristeza, depresión y ansiedad. Todas estas cosas nos van robando la alegría y pareciera que no hay solución. ¿Es que acaso no hay ninguna esperanza? Sí, ¡claro que siempre hay esperanza! 

Ante todo debemos ser realistas. En la vida siempre vamos a enfrentarnos a problemas, enfermedades y situaciones difíciles. No podemos ignorar las dificultades que sabemos que existen, pero tampoco debemos sobredimensionarlas. A veces las situaciones y problemas nos pueden llevar a pensar que todo se acabó y que no hay soluciones. Pero, realmente, ¿nuestro problema será tan inmenso cómo nuestro temor lo ve? El miedo, la inseguridad y la urgencia suelen hacernos ver los problemas y situaciones mucho peores de lo que son. Dejamos de ver alternativas de solución o de alivio a nuestra situación, como soluciones temporales o intermedias. Podríamos, quizás, disminuir el problema haciendo algunos cambios, con ingenio y con paciencia. Quizás podamos obtener alguna ayuda o alivio. Recordemos cuántas veces en la vida, cuando creímos que todo estaba perdido, cuando no veíamos ninguna salida, ninguna posibilidad de cambio… ¡de repente algo cambió! En la historia del mundo, del país y de nuestra vida personal hemos visto cambios positivos cuando menos lo esperábamos. 

Debemos mantener viva la esperanza, que es (junto con la fe y la caridad) una de las tres “virtudes teologales”. Esto es importante, pues, implica que la esperanza tiene como su origen a Dios mismo; proviene de Dios y nos remite directamente a Él (“Teo” significa Dios).  Aunque Dios ha puesto las semillas de la fe, la esperanza y la caridad en todos, para el cristiano debería resultar más fácil hacer que esas virtudes crezcan porque tenemos su Palabra y su Iglesia, con muchos recursos valiosos para fortalecerlas, como la oración y los sacramentos. Todos estamos sujetos a perder las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, pero también podemos pedirlas, recuperarlas y aumentarlas. El cristiano espera en Dios aún en las situaciones más complicadas. El papa Francisco nos dice: “La esperanza cristiana no es solo un deseo, no es optimismo; para un cristiano la esperanza es espera, pero una espera ferviente, apasionada por el amor de Dios en el que hemos renacido y en el que ya vivimos”. La esperanza del cristiano nace de la fe en Dios y se alimenta de su amor y del amor nuestro por Él.  

Jesucristo dice: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe, el que busca, halla, y al que llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno de ustedes que si un hijo le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pescado le dé una culebra? Pues si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!” (Mateo 7:7-12). ¿Eso es cierto? ¿Se cumple? El cristiano sabe o debería saber que Jesucristo garantiza que: “El cielo y la tierra pasarán, pero su Palabra no pasará.” (Mateo 24:35). Con fe y esperanza oremos constantemente pidiendo lo que necesitamos. Algunos piensan que es difícil orar; pero es tan sencillo “empezar” yendo cualquier día a una Iglesia y en privacidad arrodillarse en la presencia de Jesús, ante el Santísimo, quedarse un rato en silencio y repetir con sinceridad: “Señor, aquí estoy. Tú me conoces y sabes todo sobre mí. Ayúdame en mis problemas. Amén.” Eso es todo. Y luego, no pienses que por arte de magia el conejo saldrá del sombrero o el pañuelo se volverá paloma. ¡Espera! Dios siempre responde, pero cuándo y cómo Él sabe que es lo mejor para nosotros, no siempre como nosotros queremos ni cuando queremos. Pero la respuesta llegará… ¡como tantas otras veces ha sucedido! Espera… esperemos todos… ¡con esperanza!

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