Moisés Mercado
  •   Managua, Nicaragua  |
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El arte cristiano representa de una manera sublime y tierna diversas imágenes de María con el niño Jesús siendo cargado en sus brazos (Mateo 2,11), este tipo de trabajo artístico contrasta con la imagen desgarradora y conmovedora de la tradición del evangelio de Juan que presenta a María viendo agonizar a su hijo al pie de la cruz (Juan 19, 25-27). 

El papel de María en la historia de la salvación y en los relatos evangélicos es de trascendental importancia para la fe cristiana. Lamentablemente en la tradición protestante evangélica se ha desvalorizado la figura de María. En parte se debe al sesgo anticatólico y al limitado conocimiento de los estudios marianos de parte de los sectores religiosos protestantes evangélicos. 

La figura histórica de María como madre del Señor nos ofrece a católicos y protestantes claves importantes para la comprensión de la fe y de nuestra realidad. María representa a la mujer sencilla, pobre y de pueblo y, sobre todo, a la madre que lucha y sufre por el bienestar de sus hijos.  

María es símbolo de todas las madres que sufren cuando se les arrebata injustamente la vida de sus hijos. El dolor de esas madres es el dolor de María. En los evangelios, el dolor de María comienza desde el anuncio del nacimiento de su hijo Jesús. El nacimiento de Jesús implicaba la llegada del mesías anunciado en las tradiciones proféticas y los salmos, por lo tanto significa el final de los gobiernos injustos. 

Este anuncio produjo una persecución brutal y la matanza de los niños menores de 2 años, María para proteger a su hijo de la muerte se enfrentó a la persecución y al exilio (Mateo 2,13-15), pero eso no importaba porque María estaba alegre, llena de gracia y la presencia del Señor estaba con ella (Lucas 1,28).

María estuvo presente en diferentes etapas de la vida de su hijo, lo llevo al templo a circuncidarse (Lucas 2,22), estuvo presente en la presentación de su examen público de bar torah (hijo de la ley) ante los doctores de la ley en el episodio del templo (Lucas 2,47). Sin embargo, no se imaginaba el dolor que le causaría la muerte de su hijo en manos del poder político. Jesús fue apresado, torturado y asesinado de la manera más cruel, Cicerón se refiere a este tipo de muerte como el más cruel de los suplicios.

Aunque no lo imaginaba, si intuía como madre que el dolor sería muy grande, ya había sido anunciado por el profeta Simeón cuando le dijo: ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! (Lucas 2,35) y la escritura dice que María “guardaba todas esas cosas en su corazón” (Lucas 2,51). 

Cuando Jesús alcanzó su mayoría de edad inició su ministerio y predicación del acercamiento del Reino de Dios. María sabe muy bien que hacerlo implicaba un alto peligro para su vida, ya que el reino de Dios en la mentalidad hebrea implicada la construcción de una nueva sociedad en paz, justicia y equidad y el final de los gobiernos injustos. María era muy consciente que la muerte de su hijo es una posibilidad, por eso decide buscar a Jesús en compañía de sus hermanos para que regrese a casa y no se exponga a la muerte.

El problema está en que María no logra convencer a su hijo, puesto que sus convicciones y compromiso con el evangelio y el reino de Dios exigen entrega total y una urgencia que no puede esperar. En este momento me quiebro y pienso en la historia de muchas madres nicaragüenses que vieron irse a sus hijos as llenos de mucho entusiasmo, ideales y convicciones pero que no lograron ver regresar a sus hijos as con vida.

María se lleva la triste noticia de que su hijo está preso siendo torturado y que hay una sentencia de muerte en su contra. No le queda otra cosa a María que estar ahí con Jesús al pie de la cruz viendo agonizar a su hijo en compañía del amigo y discípulo más amado de Jesús.

Solamente puedo decir que la muerte no es el fin, en realidad las ideas nunca mueren. En este momento de Navidad que se acerca ruego al Dios de la vida que la imagen de María como madre del Señor nos una y nos mueva a acompañar y dar consuelo a las madres que perdieron a sus hijos as y a las madres que han sido separadas injustamente de sus hijos as en este momento de crisis en Nicaragua. Que la alegría y la fe de María en Dios nos den esperanza y cantemos con ella el Magníficat: “Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías”. (Lucas 1,50-53).

Educador, teólogo e ingeniero de sistemas. 
Miembro del Movimiento de Juventudes Cristianas por la Paz.