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Entre tantas frases que soltó en su discurso de investidura el nuevo presidente de México, Andrés López Obrador, comprometiéndose no solo con sus seguidores, más del 50 por ciento, sino con todos los mexicanos, entre las subrayadas con crayón en mi libreta de apuntes mientras lo escuchaba por el aparato de TV, está la que utilizo para el tema de hoy: No reprimir al pueblo, nunca. Es de lo que está claro un jefe de Estado consciente de su tarea. Al momento de escalar la cima de la montaña de responsabilidades que implica la presidencia de un país, se coloca a un lado el partido que los eligió, para concentrarse en los intereses de la nación. Es lo que Daniel Ortega y Nicolás Maduro nunca entendieron, y obviamente no tuvieron tiempo de escuchar a López Obrador antes que caducara para ellos su gran oportunidad de ser recordados por haber sido verdaderos gobernantes, no verdugos de esperanzas. No reprimir al pueblo es un mandamiento sagrado grabado en mármol, sin necesidad de ser un Gandhi o un Mandela. ¿Y qué es lo que por aquí hemos estado viendo y sufriendo sin el menor cansancio por parte de implacables ejecutores? Precisamente eso, una represión revestida de salvajismo, que cala los huesos y muerde el alma de un país que se deshilacha.

Largo tiempo haciendo daño

Ayer en mi programa Doble Play, activé la cinta de lo que dije -no el día siguiente de la derrota del 25 de febrero, intervención que fue casualmente grabada por mi esposa Chilo, y que incluía mi voz quebrada con las frases de los lamentos amontonadas en mi garganta, pensando ¡Volveremos! pero habiendo aprendido de los errores cometidos que obligaron al exilio a tanta gente y redujeron drásticamente el porcentaje de votos- sino el día martes 27, después de la aceptación de la derrota por parte de Daniel, en una actitud que en aquel momento nos pareció cargada de humildad, aunque advirtió que el Frente Sandinista gobernaría desde abajo, lo que era realmente una amenaza que incluyó tranques, asonadas y mil dificultades para el gobierno realmente reconciliatorio de doña Violeta, que logró la salida de Humberto de la jefatura del Ejército y el desarme de la poderosa contra. Se trataba de garantizar la paz con la vida para levantar el país de la lona, no la paz de los sepulcros que han estado desfilando desde abril. Como dice Cioran, es más cómodo ser totalitario que gobernar de verdad. Lo primero se logra a base de fuerza, lo otro necesita de la destreza de un ajedrecista.

Hacer rebotar el miedo

El reciente libro del veterano periodista Bob Woodward, uno de los investigadores del Watergate que terminó con Nixon, se titula en letras bien gruesas sobre un fondo rojo con el rostro de Donald Trump MIEDO, Trump en la Casa Blanca. Se trata de una serie de entrevistas sobre el presidente  —quien por supuesto se negó a ofrecer su versión— con un recorrido de 418 páginas. En la contraportada, Woodward utiliza esta cita macabra de moda en este desventurado país: “El verdadero poder es —ni tan siquiera quiero usar la palabra— el miedo”. Esta frase la pronunció Trump el 31 de marzo del 2016 durante una entrevista cuando se postulaba como candidato a la presidencia de Estados Unidos, país cuyos gobiernos nos han golpeado tantas veces severamente, pendiente de sus intereses. La utilización del miedo aquí en Nicaragua, como recurso desesperado e inhumado se ha llevado a extremos que provocan asombro, pero no ha podido minar la resistencia pacífica cada vez mayor, en ruta hacia una victoria histórica, inevitable, al no tener salida los opresores. Agotados todos los métodos imaginables para meter miedo, solo queda la insistencia en provocar daño, lo cual frente a un país manos arriba, aunque sin estar de rodillas, mucho menos de voluntad, es fácil cuando se dispone de tanto armamento e irresponsabilidad. Pero queda la mano de Dios.