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Los que se llaman ateos (a=sin, teos=dios) dicen que Dios no existe. Pero aunque algunos nieguen la existencia del Dios de los cristianos, judíos, islámicos… creen fielmente en otros dioses.

El asunto es, ¿a quién amamos sobre todas las cosas, en quién creemos, en quién depositamos nuestra confianza, quién ocupa el centro de nuestras vidas, a quién adoramos y damos culto? 

Viajando por la ex -Unión Soviética y otros países excomunistas de la Europa Oriental en los años 80  —cuyas constituciones declaraban que eran oficialmente ateos— vi que realmente eran creyentes; adoraban a un “dios” llamado partido. El partido era todopoderoso, proveedor y organizador de todo, dueño de la vida y el pensamiento. Decidía sobre el bien y el mal.

Al partido se le rendía sumisión y lealtad. Era asombrosa aquella inmensa fe en el partido. Además, el comunismo era su religión; establecía la forma de relacionarse con el partido, o sea con dios; tenía sus “pastores”, sus símbolos, sus celebraciones, sus imágenes y hasta sus santuarios de peregrinación. Lo vi haciendo cola en la Plaza Roja de Moscú para visitar el mausoleo de Lenin, al que se entraba con gran reverencia y se desfilaba ante el cuerpo embalsamado del “profeta y patriarca” del comunismo, en sagrado silencio. 

Pero no solo existen los adoradores de un partido, como el comunismo o el partido nazi de Hitler. Los norcoreanos adoran al dictador Kim Jong-un, hijo del dios Kim Jong-il y nieto del dios Kim Il-sung, el “eterno”, cuyos milagros de curaciones relatan sus devotos biógrafos coreanos y cuya flor, “creada” por él, la kimilsungia, “es la más bella del mundo” según la fe “zuche” (comunismo norcoreano). 

Quizá todo esto lo veamos muy lejano a nosotros, incluso nos puede parecer asombroso y ridículo. Pero, ¿acaso no estamos rodeados de “adoradores del dinero”? El dinero es el dios más popular y su religión es la más grande del mundo. Incluso, muchos que se autollaman cristianos, musulmanes o judíos, en realidad adoran al dios dinero por encima del Dios en quien dicen creer.

Tienen fe en que el dinero resolverá todos sus problemas dándoles la felicidad, y se obsesionan por conseguirlo en abundancia. Ese dios tiene un nombre bíblico: Mammon. Sus adoradores llegan a sacrificar por él desde su familia hasta su honestidad. Claro que el dinero es necesario y trabajar honestamente para obtenerlo es algo digno en una medida correcta, pero no cuando se pierde la perspectiva de lo que es necesario y se cae en la avaricia, la vanidad, la ostentación, motivados por “tener más que los demás” o por “no tener menos que otros”.

Algunos hacen de su familia a su dios. ¿Es una contradicción? Pues no lo es. Estamos llamados a amar, cuidar y atender a nuestra familia, pero cuando ese amor y esa atención se vuelven obsesivos y absorbentes de todo nuestro tiempo y nos cerramos a todo lo demás de lo necesario que tenemos que hacer en nuestra vida diaria normal, estamos en una situación anormal, convirtiendo a la familia en nuestro dios. Otros adoran el poder, el sexo, el licor, las drogas, la ciencia, el arte o incluso algún deporte. ¡Todo es bueno en su justa medida, sin caer en idolatrías! Pero, ¿ateos? No existen. Todos tenemos algún “dios”. 

Muchos llamados “cristianos” han eliminado de sus vidas toda práctica cristiana y toda relación con la iglesia, incluso alejando a sus hijos de ella, quienes necesariamente encontrarán otra “religión” quizá nociva y trágica, para llenar ese vacío.

Algunos dicen que no creen en la iglesia pero que creen en Dios. Sin embargo, ¿qué significa creer en un Dios al que nunca se le recuerda, con quien jamás se dialoga, a quien no se le escucha, de quien se sabe tan poco? No nos reunimos para compartir nuestra fe en Él, lo tenemos marginado, somos incapaces de dedicarle tan siquiera ¡una hora a la semana! Nos acordamos de Dios solo cuando necesitamos algo, como si fuera el “genio de la lámpara” a nuestro servicio y capricho, que debe cumplir nuestros deseos cuando queremos, cayendo en una religión falsa de magia y amuletos.

Necesitamos a Dios y practicar una religión que nos una a Él. Cuando se aparta a Dios y dejamos de practicar una religiosidad auténtica, se van a posesionar de nuestras mentes otros dioses falsos que en vez de darnos la felicidad, seguridad y paz que necesitamos, podrían arruinar nuestras vidas. 

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