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Un llamativo contraste fue observado en el día de la conmemoración del 70 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: la actividad del Cenidh, cargada de emotividad, con ese dolor que taladra el alma, revestida de un patriotismo que ha sido golpeado, pero no doblegado, con el recuerdo reciente de tantas manchas de sangre, informando de forma detallada sobre los atropellos sufridos durante las diferentes etapas de la represión, frente a los fotos de las víctimas, haciendo reclamos por los injustamente detenidos, abriendo espacio para escuchar testimonios, y lo visto por la noche en el Centro Cultural España, que muchos sentimos como un acto de tolerancia extrema ante todos los abusos de poder y las arbitrariedades cometidas a lo largo de estos ocho meses, al no escuchar siquiera una frase de reproche al procedimiento de un sistema que nos ha quitado el derecho a lo humano, como lo han certificado los diferentes organismos internacionales que defienden precisamente los derechos humanos, en una coincidencia plena que no deja margen a la mínima duda sobre la certeza de la condena.

Fue algo inadmisible

Visto el acto desde cualquier butaca, quedó claro con ese tratamiento, como si viviéramos en un país en el que se respetan los derechos humanos, cuando son violados en cada instante de diferentes formas. Pareció ser un deliberado apoyo.

Conmemorar los 70 años de la Declaración Universal, exigía un compromiso con la conciencia, ser consecuente con el dramatismo que atraviesa Nicaragua frente a una brutal represión.

Estuvimos pendientes palabra por palabra del discurso central, y nada, ni una señal, como si quien hablaba, se encontraba completamente desinformado de lo que aquí ha estado ocurriendo, lo cual resulta inadmisible.

Aprovechando la presencia de personas tan estrechamente vinculadas con el aparato de poder, que oportuno hubiera sido dejar sentado lo obvio: aquí los derechos humanos son pisoteados, y hace necesario seguir en la lucha por restablecer el respeto que debe observarse con cada nicaragüense.  Los diplomáticos están obligados, por las características de su tarea, a manejar con cierta sutileza estos señalamientos, no a ocultarse detrás de una retórica que no dice nada al respecto.

Recibir un golpe bajo

Era fácil captar como la mayoría de los asistentes en el Centro Cultural España —algunos que habían estado presentes en la actividad del Cenidh en horas de la mañana en el Holliday Inn— se miraban con asombro, como si se resistieran a creer lo que veían y escuchaban.

Ahí estaban embajadores que han comprobado día a día, como los derechos humanos reciben una paliza en Nicaragua. Ellos mismos se sienten sometidos a limitaciones impuestas por la anormalidad imperante.

Qué hubiera podido responder cualquiera de ellos a la sencilla pregunta, ¿Cree usted que aquí se respetan los derechos humanos? Seguramente lo mismo que han dicho la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Human Rights, OEA, ONU, Cenidh, CPDH y todos lo suficiente razonables frente a la barbarie. Es imperdonable esta omisión y no asumir la responsabilidad ante un país agredido.

Para los que aquí vivimos y hemos sufrido día a día este tour macabro, ese silencio y falta de firmeza, nos obligó a preguntarnos, ¿por qué ese miedo? Fue como s
er víctimas de un golpe bajo. Ni más ni menos. Salimos con un sabor amargo.