Jorge Eduardo Arellano
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Este año se nos fue un académico por antonomasia, un folclorista consagrado, un paremiólogo más que ameno, un jurista (egresó de abogado en 1944 en la Escuela de Derecho de la Facultad de Oriente y Mediodía), un funcionario judicial, un docente en institutos de secundaria, un catedrático universitario, un ensayista y un narrador vernacular.

Lo anterior y más fue Enrique Peña Hernández (Masaya, 7 de junio, 1922-19 de noviembre, 2018). Tomó posesión como Miembro de número de la Academia Nicaragüense de la Lengua en el Instituto Nacional de Masaya “Manuel Coronel Matus” el 28 de marzo de 1961. El título de su discurso fue: “El folklore en función de la lengua española”. Le contestó Fernando Buitrago Morales.

A Peña Hernández se le debe la sistematización del estudio del folclor del país y su contribución a la enseñanza del español resultó notable, reflejada en unas quince ediciones de su Castellano básico. Como experto en cuestiones léxico-gramaticales, mantuvo por largo tiempo una columna en un diario local.

Tres volúmenes editó al respecto. Actualizado en las normas, contestando consultas de lectores nacionales y del extranjero, refiriendo nicaragüensismos representativos, impuso su autoridad en los lares patrios y en congresos internacionales sobre temas lingüísticos. Por ejemplo, en Buenos Aires (1964), Quito (1968), Caracas (1972), México (1975), San Juan de Puerto Rico (también 1975), Santiago de Chile (1976) y Madrid (1994). Fue el único en el cual pude acompañarle con Julio Ycaza Tijerino y Eduardo Zepeda-Henríquez. El gran lingüista español, Rafael Lapesa, era uno de sus valedores. 

No es necesario citar todas las obras de don Enrique, ni resumir su hoja de vida. Solo deseo referirme a su personalidad abierta y de humor sui generis en estas líneas que reconocen la calidad y la sencillez de su prosa, más su orientador sentido didáctico a lo largo de una trayectoria incansable por mejorar el idioma de sus conciudadanos. Desde luego, en la Academia Nicaragüense de la Lengua compartimos sus preocupaciones: el mejoramiento de la enseñanza del español en nuestras aulas, la invasión de extranjerismos innecesarios, los vicios o barbarismos que se comenten en los medios de comunicación social, la escritura sin propiedad ni corrección de las últimas décadas, el uso de palabras y expresiones inadecuadas.

Aquí solo quiero destacar su carácter de paremiólogo, iniciado en 1961 con la publicación de su Refranero zoológico popular: 510 refranes y 80 locuciones y aforismos “en cuya construcción llevan ––como base–– nombres propios de personas, y que corren de boca en boca en nuestros pueblos”, por ejemplo: “¡No está la Magdalena para tafetanes!” (la situación económica no permite hacer esos gastos o desembolsos). “¡Cómo no, Chon!” (expresión de desconfianza, de duda retrechera, de incredulidad), “Como la chancha de tía Lacha: amarrada y sin comer”, aplicado a las personas a quienes se les hace trabajar mucho y se les da de comer poco. “Tirarse un Macario” (ventorrearse, pedorrearse). “Dice la ley de Jonás: al que está jodido, hay que joderlo más” (se expresa cuando un ser desgraciado le llueven más desgracia y sus prójimos se proponen acabarlo de arruinar) y “Muerta la Hilaria y ni quién la llore” (asunto definitivamente acabado).

El librito ––apenas supera las cien páginas–– continúa siendo ameno e insuperable, pues aunque han aparecido otros de mayor envergadura, carecen de la explicación que cada refrán exige para ser comprendido por cualquier lector.

Por otro lado, Peña Hernández ––hasta su fallecimiento, el de mayor edad de sus colegas residentes en Nicaragua–– enriquece su compilación con algunas retahílas infantiles ––ajenas al refrán–– sobre nombres propios: María (“María, manteca fría/ te llora el ojo/ por la tortilla”), Francisco (“Chico perico mató a su mujer,/ la hizo chorizo y la puso a vender./ Nadie la quiso porque era mujer”), Arturo (“Arturo, come maduro, cerote duro”) y Luis. Al respecto, en una visita del presidente Luis Somoza Debayle a su correligionario Cornelio Hueck en Masaya, Peña Hernández obsequió su recién aparecido Refranero zoológico popular al mandatario, quien lo abrió en la página donde se leía esta retahíla: “Luis/ cagado de güis,/ si no te limpiás,/ cagado te vas”. Y la ocurrencia, desde luego, fue ce
lebrada por todos los concurrentes.

Don Enrique también fue miembro del Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, del que llegaría a ser vicepresidente y presidente de la Asociación Nacional de Profesores de Letras de Nicaragua. Además, recibió la Orden “Isabel la Católica”.