Jorge Eduardo Arellano
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El casi centenar de cuentos que publicó Rubén Darío no fue ajeno a su universo creador; integrados al mismo, no deben ni pueden considerarse marginales. Casi todos responden a sus tres básicos ámbitos temáticos: el erotismo agónico, la preocupación social y el arte (incluido la poesía y el poeta). Así, en la mayoría de los cuentos darianos, vibra la celebración del amor, incluida la gloria omnipotente del sexo de la mujer. Un amor que Darío concibe –a lo largo de toda su obra– como vía de conocimiento y trascendental hacia el Absoluto. 

Al mismo tiempo, debo reiterar algunos subtemas de nuestro cuentista prodigioso: la crítica alegórica-simbólica de la injusticia social (“Paz y paciencia” e “Historia de mar”); la condición del artista y el mal finisecular en la sociedad urbanizada (“La batalla de las flores” y “Luz de luna”); la autorrealización existencial bajo la forma de alegoría del alma (“Sor Filomela” y “Un cuento para Jeannette”, entre otros); la concepción del arte como resonancia de la armonía cósmica del universo (“Las siete bastardas de Apolo”); la lucha interior entre la idea nietzcheana del hombre y su raigal cristianismo (“El Salomón negro”); la pugna entre la tradicional cosmovisión católica y la cientificista secularizante (“La extraña muerte de fray Pedro”); y el recurso a lo sobrenatural como cuestionamiento de la realidad (por ejemplo, “La larva”). 

Este recurso a lo sobrenatural se desarrollará en la etapa europea de Darío (1899-1916), caracterizada por su conciencia desgarrada de hombre hispanoamericano ante la realidad europea. El estudio de los sueños y su interpretación más la búsqueda de explicaciones a sus interrogantes metafísicos, se patentizaron en dicha etapa. Según Ángel Rama, llegaría entonces a “una concepción apocalíptica del mundo real y a experimentar una sucesión de pesadillas que, de un modo más descalabrado y revuelto, remedan aquella percepción caótica y perversa de la sociedad humana moderna en la que Darío se había adentrado progresivamente con permanente sentimiento de horror”.

El enfrentamiento con la sociedad europea lo condujeron de un plano de valoración estética –predominante en su período argentino (1893-1988)– a un entendimiento ético de la vida y el arte, completando a aquella. Su eticidad –puntualizó Rama– “no es un invento a que llega en Europa, sino una línea constante que estaba enmascarada de belleza y que ahora desnuda y manifiesta […]”.En este sentido, “D.Q.” (un caso reencarnación a través del cual Darío ficcionaliza el arielismo de los modernistas: la oposición entre Ariel y Calibán) y “Huitzilopoxtli” (rescate del misterio de la subyacente cultura prehispánica en el mundo actual) poseen singular importancia. Trascendiendo el plano personal de interrogación metafísica, se sitúan en una perspectiva crítica de franco repudio al imperialismo estadounidense. Tras expresar en término fantástico una problemática política específicamente hispanoamericana, Darío inauguró –a partir de “D.Q.”–, una tendencia que tuvo su primer antecedente en el cuento “Horacio, Kalibang y los autómatas” de Eduardo L. Holmberg y que será desarrollada hasta sus últimas consecuencias por Juan José Arreola y Julio Cortázar.

En su narrativa breve, finalmente, no podían ni debían faltar una explícita declaración: tanto el origen divino de su canto –procedente, en forma directa, de Dios– y la misión para el cual fue enviado: entregar su verbo al mundo (“Voz de lejos”). En este cuento proclama: Yo digo la palabra que encarna mi pensamiento y mi sentimiento. Le doy al mundo como Dios me lo da. No busco que el público me entienda. Quiero hablar para las orejas de los elegidos. El pueblo se junta con los aristos. A ellos mi ser, la misma música intencional de mi lengua.

Además, no se olviden las interrelaciones de la escritura dariana: la del poeta en verso y prosa, la del cuentista y la del cronista que hicieron de Darío  –en palabras de un crítico peruano– “un solo y gran artista”. Es decir: la obra dariana posee un carácter axial –gira en torno de los ejes referidos– y tal es uno de los principales rasgos reveladores de su cuentística. Esta, como lo he demostrado con alguna profundidad, no se quedaría enmarcada dentro de los límites del modernismo: trascendió dicho movimiento para constituirse, tras el renovador breviario de Azul…, en una de las narrativas breves modernas y fundacionales de Hispanoamérica. Prueba de ello es que todavía suscita sumo interés entre los estudiosos y ha influido directamente en maestros contemporáneos como Gabriel García Márquez.