Adolfo Miranda Sáenz
  • Managua, Nicaragua |
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Los seres humanos de todas las razas y culturas, de todos los tiempos, por naturaleza siempre hemos creído en un poder sobrenatural que creó y rige todas las cosas. Durante muchos siglos prevaleció el politeísmo, pero surgió un pueblo monoteísta que reconoció a un solo Dios, YAHVÉ (EL QUE ES), quien se fue revelando poco a poco a los patriarcas y profetas de Israel. Esa revelación progresiva, paulatina, aparece en el Antiguo Testamento de la Biblia, y luego, cuando Dios se hizo hombre en la persona de Jesús, fue completada y perfeccionada. Sus seguidores trasmitieron sus enseñanzas y algunos las escribieron en textos que conforman el Nuevo Testamento. Así se formó la Biblia, un conjunto de 73 libros que constituyen el Antiguo y el Nuevo Testamento, escritos por más de 40 autores de distintas épocas, estratos sociales y culturales, a través de aproximadamente 1500 años entre el primero y el último.

La Biblia, aunque fuese solo como joya de la literatura universal, es de un inmenso valor; es el libro más traducido, impreso y leído en el mundo, custodiado y venerado por “el nuevo Israel”, el pueblo cristiano, como Palabra de Dios, por ser inspirado (no dictado) por Dios. No es extraño que en el Antiguo Testamento encontremos una imagen incompleta y a veces distorsionada de Dios, frecuentemente percibido como cruel, injusto o vengativo, como producto del conocimiento parcial que entonces se tenía de quien después se reveló plenamente en Jesús. Dios quiso revelarse en forma progresiva (quizás respetando el desarrollo progresivo de la civilización humana) aunque ya en el Antiguo Testamento se nos dice que Dios es “tierno y compasivo, lento para la ira y grande en misericordia” (Éxodo 34.6; Salmos 86.5, 15; 103.8-14; 108.4; 145.8). En el Nuevo Testamento el apóstol Juan dice: “Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. (1Juan 4.8).

En el Génesis se relata que la humanidad, destinada a la vida eterna y la felicidad, pero también con libertad de decidir hacer el bien o el mal, comete pecados que se pagan con sufrimientos y sobre todo con la muerte eterna. ¿Es necesario pagar por los pecados? Sí, es necesario porque Dios es infinitamente justo y por justicia hay consecuencias por hacer el mal. Pero también Dios verdaderamente es amor e infinitamente misericordioso y decidió hacerse hombre para pagar él por los pecados de la humanidad dándonos la salvación, excepto que la rechacemos negándonos al amor y al arrepentimiento del mal

En la Antigua Alianza con el pueblo de Israel proveyó un sistema temporal de sacrificios para expiación por los pecados, que representaban el futuro sacrificio de Dios mismo hecho hombre sufriendo y muriendo en la Cruz para pagar definitivamente por todos los pecados de la humanidad, estableciendo la Nueva Alianza con el “nuevo Israel” que incluye personas de todas las naciones y razas. El Concilio Vaticano II en la Constitución “Dei Verbum” señala que el Antiguo Testamento estaba destinado, sobre todo, a preparar, anunciar proféticamente y representar con diversas figuras la venida de Cristo. Aunque contenga también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos, conserva su valor para nosotros en los tiempos de la Nueva Alianza (Nuevo Testamento), pues enseña sublimes doctrinas acerca de Dios y una sabiduría provechosa para la vida del hombre.

Dios puede haber sido percibido a veces como cruel y vengativo por los israelitas, pero ahora los cristianos sabemos que Dios es amor, nos manda amar a los enemigos y perdonar a los que nos ofenden. Nos ama tanto que se hizo hombre para sufrir y morir en la Cruz por nosotros. Pero, todavía, dice el apóstol Pablo, hay cosas que no logramos comprender totalmente, que ahora vemos de manera indirecta, borrosamente, con un conocimiento imperfecto, pero un día veremos todo con claridad. (1 Corintios 13.12). Un día estaremos “cara a cara” ante Dios, y entonces le podremos preguntar por cosas que ahora nos cuesta comprender, como el misterio de la Trinidad, los errores e imperfecciones humanas en su Iglesia, o por qué permite que existan la maldad, el sufrimiento y la muerte. Mientras tanto, no pretendamos nosotros ser dioses, conocedores de todo; aceptemos a Dios con corazón humilde. El sufrió y murió por ti y por mí; lo menos que podemos hacer es no ignorarlo, no despreciarlo y no dejarlo fuera de nuestras vidas.

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