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La idea sobre el Mesías que libera a su pueblo de la opresión en un momento de crisis es común en diferentes tradiciones religiosas y culturales. En la tradición israelita descubrimos una de las tradiciones mesiánicas de más influencia para la cultura occidental y el cristianismo.

El Cristo como salvador no tendría sentido para la tradición cristiana, sin las tradiciones israelitas que subyacen en la Biblia hebrea. La primera figura mesiánica que menciona el Antiguo Testamento es Moisés, quien se encargó de liderar la liberación de los hebreos de la opresión de la dictadura egipcia (Éx 3,10).

La liberación debe ser comprendida en un sentido integral y no solamente espiritual como hoy interpretan muchos cristianos. La actuación de Dios en la historia humana ocurre en todas las dimensiones de la vida social, económica, política y religiosa. Es decir, que Dios siempre desciende hasta lo más profundo de la miseria humana y libera a su creación de los sistemas injustos y opresivos, mediante la implementación de estrategias de resistencia del pueblo frente a los sistemas de opresión.

El libro de los Jueces contiene diversas tradiciones sobre los salvadores de Israel, caudillos que brotaban del pueblo y lideraban la resistencia frente a los pueblos enemigos. La idea de Mesías, sin embargo, tiene su principal fundamento en la historia de David (2 Sam 2,17).

Tener un Mesías no siempre es la solución a todo, muchas veces los Mesías terminan transformándose en tiranos. Es un hecho que los reyes davídicos fracasaron porque no cumplieron con los Mandamientos de Dios. En consecuencia, ningún reino o gobierno puede sostenerse para siempre sin el respaldo de Dios ni del pueblo.

Fue en exilio babilónico donde se consolidó la esperanza mesiánica en una liberación futura. El libro de Reyes deja abierta la posibilidad del regreso a Israel de un descendiente de David para liberar a su pueblo (2 Reyes 25,29-30).

Por otro lado, los profetas bíblicos denunciaron la injusticia social y anunciaron la esperanza de liberación (Miqueas 5,2). Además, los profetas apocalípticos lo hicieron en términos de un discurso sobre el final de los imperios y gobiernos injustos.

Es importante aclarar que la literatura apocalíptica no se refiere al final de mundo, como muchos equivocadamente piensan, sino más bien el final de los imperios y gobiernos injustos que oprimen a los hijos (as) de Dios.

El reino de Dios en el discurso apocalíptico tiene que ver con la reivindicación de los mártires y el final de la opresión. En la literatura apocalíptica judía descubrimos que el uso de la violencia no es la única estrategia de resistencia frente a los gobiernos opresivos.

Los movimientos populares que resistían a los poderosos hacían uso de los símbolos de los dominadores para convertirlos en símbolos subversivos, puesto que la literatura apocalíptica es literatura de resistencia.

En el contexto en el que Jesús nació, este mensaje apocalíptico era familiar para todos. Aunque en el contexto de Jesús la idea de Mesías tenía sus variantes, sin embargo, las connotaciones de liberación en sentido político, económico y religioso se mantenían.

Es tanto, así que, en las montañas de Galilea y en las zonas rurales de Judea los movimientos populares campesinos, mesiánicos y proféticos promovían protestas populares haciendo uso de gestos simbólicos, para resistir al poder de Roma y a la opresión de los reyes locales que oprimían al pueblo. Esto no debe extrañarnos porque profetas como Elías y Eliseo organizaban protestas sociales contra reyes opresivos como Acab y su esposa, porque como profetas tenían el respaldo de Dios.

El pueblo en tiempos de Jesús ansiaba que surgiera un líder que acabara con la tiranía de Herodes y del poder de Roma. Los poderosos no toleraban las protestas del campesinado, tampoco el de los movimientos mesiánicos y proféticos, la evidencia está en el encarcelamiento de Juan el bautista y la crucifixión de Jesús.

En este sentido, el nacimiento de Jesús fue un signo de esperanza para el pueblo oprimido. Jesús enseño formas no violentas para confrontar el poder. La cruz que era símbolo de dominación se convirtió en símbolo de resistencia y la victoria frente a la muerte. La muerte de Jesús no significa el final de la resistencia, sino la inauguración de un tiempo mesiánico, previo a la instauración del inminente reino de Dios y su justicia. En consecuencia, el nacimiento de Jesús solamente es un anuncio del final de los sistemas injustos y opresivos; y su resurrección, la garantía de la reivindicación de los mártires.

*Educador, teólogo y biblista nicaragüense.
Miembro del Movimiento de Juventudes Cristianas por la Paz.