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Gandhi estaría asombrado. La resistencia heroica está ahí en pie, inexpugnable, convertida en un tranque gigantesco capaz de resistir todo tipo de agresiones a lo largo de ocho meses. Ni el invierno que sacó a Napoleón de Moscú hubiera podido con esta resistencia cívica que ha agotado todos los métodos de represión que se han inventado monstruosamente. ¿Qué más hacer en contra de ese tranque tan cargado de voluntades patrióticas, incluyendo los ejemplos de Sandino y Fonseca? Ellos han tratado de ser ocultados, como si no saltaran a la vista fácilmente, saliendo de las páginas de nuestra historia. No importa lo que hagan, será inútil. No hay forma de debilitar esa estructura tan bien elaborada con una mezcla de alma, corazón y conciencia. Hasta El Chipote ha dejado de ser intimidante.

Se nos va este 2018 histórico que va a provocar con el paso del tiempo la publicación de libros clarificadores, que sacarán la verdad de los más oscuros rincones. Nadie ha escapado a eso, ni los césares, ni los zares. Ha sido, por mucho, el año de más sufrimiento por parte de un pueblo sumergido en el sometimiento, que reaccionó vigorosamente en abril, abriendo espacio para un diálogo lamentablemente malogrado, por quienes desde las esferas del poder absoluto, aún carentes de propuestas en busca de alguna salida viable, prefirieron imponer el peso de la represión sin límites. Esos miles y miles de espartacos vistos en las diferentes marchas fueron agigantándose hasta el punto de prohibir volver a verlos juntos con sus puños en alto, inalterablemente en pie frente al ruido de las trompetas que derribaron las murallas de Jericó.

El miedo no frena el rechazo

Es impresionante encontrarse con gente esperanzada en que se va a conseguir llegar a una negociación propatria. Más impresionante la incidencia de la gente de la Iglesia como factores motivadores en esta resistencia, siguiendo las huellas trazadas por Jesucristo, siempre del lado de los justos. “Pidamos a Dios que cambie nuestra historia” dijo recientemente el cardenal Leopoldo Brenes, testigo de todo lo que ha ocurrido. Tratar de desvirtuar los informes de organismos internacionales sobre el atropello a los derechos humanos es tonto e inhumano, porque hay una multitud de pruebas sobre el tapete que no admiten distorsiones. Hasta hoy la imposición del miedo, no le ha permitido a ningún gobierno totalitario evitar su caída. Hay miedo frente a las arbitrariedades que se multiplican, es cierto, pero no impide el crecimiento del rechazo.

El 30 de agosto de 2006, Orlando Núñez, un excompañero de clase y posiblemente el intelectual de más alta nota en el aparato gubernamental, que me resisto a llamarlo sandinista por respeto al General de Hombres Libres, escribió lo siguiente en un artículo titulado en El Nuevo Diario “Ningún partido puede gobernar solo”. Orlando señaló: “Aquí siempre se ha gobernado bajo el hegemonismo o la fuerza de un partido, sin parar mientes en la oposición que se lo impide. El resultado es conocido: golpes de Estado, guerras civiles, revoluciones, deterioro social e ingobernabilidad”. Agregando: “Los gobiernos particulares funcionan hasta que dejan de funcionar, arrasando con su soberbia el cadáver de generaciones enteras”. Es precisamente lo que se está intentando que ocurra, frente a ese gran e indestructible tranque que es la resistencia.