Jorge Eduardo Arellano
  • Managua, Nicaragua |
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El primero fue más que un macho cabrío y no menos que un Hércules cruel, montaraz y diestro para remontar serranías a mata caballo con su lanza enhiesta: una larga vara de granadillo pétreo en cuyo extremo se enchufaba el cascote de acero. Temido en las poblaciones y en los valles, era alto, blancote, grandulón. Pasaba a saco las haciendas de sus enemigos. Violaba, incendiaba, degollaba a hombres, desvanecía a las mujeres con solo el anuncio de su presencia. Para él no había distingos en la condición social y en la edad de sus víctimas.

Su terrible figura pasó a las páginas de un historiador guatemalteco de temple e ideología liberal. Su nombre —afirmó don Lorenzo Montúfar— causaba espanto, no solo en Nicaragua, sino en todos los estados de Centroamérica, donde llegaban noticias de las fechorías de aquel malvado. La devastación era su enseña y el pillaje su divisa. No combatía por ideal alguno, ni encabezaba a los Desnudos —descamisados o Sans-cullote— contra los Mechudos, o sea, Pelucón o noble en otras partes del continente. Entonces en León, Granada y demás poblaciones, había Mechudos y Desnudos. En los arrabales de las dos ciudades quien aparecía con levita o camisa aplanchada era apedreado o injuriado.

De acuerdo con otro historiador liberal, José Dolores Gámez, su mesnada no se diferenciaba de la gavilla de Trinidad Gallardo, alías Siete Pañuelos, por la especialidad de llevar consigo hasta siete pañuelos para enjugarse la sangre de quienes sacrificaba con sus propias manos. Hernán Robleto, otra connotada figura del liberalismo, refiere la horrible escena de una mujer ensartada en el extremo de la lanza del primer Bernabé. Los lamentos de la desgraciada desgarraban el alma del pueblo. El espectáculo acontecía en una plaza. No cobraba entrada ese titiritero infernal.

Lo perseguían los cívicos organizados por los vecinos, los resguardos del Gobierno, las oraciones de los fieles que llegaban a pedir consejos al cura. Una vez se presentó sorpresivamente en la habitación de un alto funcionario de una administración mechuda. Se habían conocido muy jóvenes. El primer Bernabé ocupó el otro lado de la hamaca en que hacía su siesta el distinguido mechudo:

—Estás fuera de la ley —le advirtió—, y te podría entregar ahora mismo. Tú confías en mi caballerosidad, pero media hora después que salgas de aquí, yo no respondo de tu vida.

El primer Bernabé tuvo que caer a manos de la justicia y fue decapitado. Su cabeza permaneció expuesta tres días en una de las esquinas del Ayuntamiento de Rivas. Algunas piadosas mujeres arrojaban piedras a los zopilotes que apatecían aquella carroña. Al golpe del machete que partió tráquea y yugular, los ojos se saltaron; pero eso solo fue en los primeros dos días, porque después fueron consumiéndose, hundiéndose, desapareciendo bajo los párpados deformes, cerrados por la tumefacción cadavérica, no por la caridad de ajenos dedos como se hace con todos los muertos.

En la escarpia de la pared exhibitoria se acumulaba sangre coagulada. Las bestezuelas del trópico, salamandras y bichos venenosos, lamían aquel alimento bárbaro. El hedor alcanzaba dos cuadras. Mas el sol implacable cumplía su labor quemando aquellos mofletes, pegando la piel al hueso. No se supo quién descolgó aquel trofeo o si lo sepultaron cristianamente.

Un sobrino nieto del primer Bernabé se enorgullecía de la personalidad de su tío-abuelo. “Le gustaban las peleas de gallos y andar de juerga —expresó en 1948 a un reportero de la revista Times—. Era tan guapo que, cuando tocaba la guitarra, las mujeres se estremecían y se desmayaban. Él podría ponerse un yugo y jalar una carreta como un buey. En una gallera agarró un machete y mató a una docena de hombres. Recordándolo ahora, siempre intento evitar la provocación. Dios sabe: nadie desea menos el derramamiento de sangre que yo.”

Ese sobrino nieto ordenó al heredero mayor de su omnímodo poder bautizar a un hijo con el nombre del tío abuelo. Este es el segundo Bernabé Somoza, a quien no adornaba la bestial fuerza y la brutalidad sanguinaria de su tío tatarabuelo. En los círculos de la alta sociedad de Managua se propalaba que no le gustaban las mujeres y el pueblo le atribuía la fundación de un centro exclusivo llamado “El Charco de los Patos”. Según confesión propia, un cronista de la capital —originario de Masatepe— era uno de sus asiduos visitantes.