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Cuando termina un año e inicia otro sentimos que finalizamos una etapa para iniciar una nueva. A lo largo de cada año tenemos momentos de alegría y momentos de tristeza, disfrutamos de éxitos y también nos enfrentamos a fracasos.

Cada año es un trozo de nuestra vida, y la vida es así: una mezcla de gozo y dolores, de paz y preocupaciones. Algunos tendrán cosas que celebrar y otros quizá no logren siquiera secar sus lágrimas. Pero sin duda diciembre es para todos un mes diferente y siempre al llegar la Navidad y Año Nuevo hay algo que celebrar, aunque para algunos sea solo la fe y esperanza.

En diciembre el ambiente cambia. Las Purísimas, la Navidad, el fin del año son festividades especiales que reviven en nosotros sentimientos religiosos, alegres, para algunos nostálgicos.

Las casas, los establecimientos, los edificios, se adornan, se iluminan; se escuchan cantos tradicionales, villancicos… esa música vieja que siempre se actualiza; nos volvemos más amables, nos unimos más, buscamos estar más cerca de la familia, nos volvemos más humanos. Nos enviamos saludos de paz, de amor, buenos deseos para el Año Nuevo; abrazos, esperanza, regalos. Celebramos  la misa de Navidad, la cena... y de pronto ya estamos en enero frente a otra realidad. Como si saliéramos de un mundo a otro diferente.

La mayoría festejamos en diciembre con la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los vecinos y con todo aquel que quiera festejar la Purísima, la Navidad y el nuevo año que llega, y nos deseamos todo lo mejor.

Tenemos el sentimiento de que las cosas van a cambiar y serán mejores; que se cumplirán nuestros deseos de paz, justicia y amor. Que resolveremos nuestros problemas, que mejorará nuestra situación. Hacemos buenos propósitos para el Año Nuevo, nos comprometemos con nosotros mismos a superar defectos, abandonar vicios, no cometer los mismos errores.

Lo hacemos con firmeza y gran optimismo cada diciembre. Pero muchos no lo logran. ¿Por qué no siempre logramos lo que nos propusimos? ¿Qué cambia de diciembre a enero? ¿Por qué las luces del amor y la esperanza se apagan? ¿Por qué nuestros buenos propósitos e intenciones van desapareciendo conforme pasan los meses? Y así llegamos otra vez a diciembre, a veces con las manos vacías, y el ciclo se repite. 

Simplemente como humano diría que nuestros propósitos no son lo suficiente firmes para durarnos, que no hacemos las cosas necesarias para cumplirlos, que no nos empeñamos en ser lo mejor que nos propusimos.

Que “el espíritu de Navidad” es ahogado por “el espíritu de la mundanalidad” y que los deseos de paz y amor los olvidamos por la feroz competencia y el egoísmo. Que afloran los rencores, revive la envidia y volvemos a ser egoístas, ambiciosos, irresponsables... porque “en el hombre existe mala levadura”, como dice Francisco de Asís en el poema de Rubén Darío.

Pero, como cristiano, diría que en Navidad, aunque se supone celebrar el nacimiento de Jesús, realmente Jesús no nace en nuestros corazones. Quizá lo celebramos… pero lo olvidamos. No permanece con nosotros, y ese vacío de Jesús en nuestras vidas se convierte cada año en un torbellino que se lleva la paz, el amor y la esperanza.  

Podemos ver los planes presentes, los futuros, lo errores del pasado, las áreas que hay que mejorar, los problemas por resolver, las barreras por derrumbar, las decepciones… y nos proponemos intentarlo de nuevo, ser mejores padres, esposos, hijos, estudiantes, mejores en el trabajo, mejor nicaragüense, mejor cristiano, mejor ser humano…

Todos nos proponemos cada año ser mejores para tener una familia mejor, un país mejor, una vida mejor. Pero frecuentemente ¡no podemos!  Es verdad. Yo no puedo, usted tampoco puede, nadie puede hacerlo solo, por sí mismo. No se puede cambiar ni resolver nada solo con nuestras capacidades. No son suficientes. ¡Dependemos de Dios para lograrlo!

Si en Navidad, al llegar al final del año, Jesús naciera realmente en nuestros corazones podríamos “mover montañas” con la fuerza de Dios. Alcanzaríamos nuestras metas, resolveríamos nuestros problemas en el tiempo y la forma según su sabiduría.

Cuando reconocemos que solo por nosotros mismos no somos capaces, cuando nos despojamos del orgullo, de la soberbia, de la autosuficiencia, de la vanidad de creernos capaces de todo, y postrados con humildad ante Dios reconocemos nuestras limitaciones poniendo nuestra confianza en Él… entonces iniciamos el camino para lograrlo, porque con Dios nada es imposible.
                
www.adolfomirandasáenz.blogspot.com