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Con su muerte, ASG (Anastasio Somoza García: 1ro de febrero, 1896-29 de septiembre, 1956), el régimen que había establecido se tornaría hereditario, siendo el único en el continente que alcanzó esta categoría durante el siglo XX, debido a su habilidad política por conservarlo y fortalecerlo.

El intelectual guatemalteco de izquierda, Mario Monteforte Toledo, ha trazado quizás la más fiel y condensada aproximación al hombre que asumió el control casi absoluto de Nicaragua tras ordenar —como jefe director de la Guardia Nacional— la aniquilación del guerrillero nacionalista Augusto César Sandino (18 de mayo, 1895-21 de febrero, 1934):

“Anastasio Somoza García es el arquetipo del caudillo latinoamericano moderno, heredero de los que Ezequiel Martínez Estrada señala como constructores de institucionalización y de las nacionalidades hacia mediados del siglo XIX. Solo él fue lo bastante perdurable para establecer dinastía y fórmula de gobierno en un país centroamericano. La estructura económica y sociopolítica no se entiende sin conocer su personalidad, cuya descripción no resistimos.

Era vulgar, cínico, vanidoso, con grueso sentido del humor, partidario de la acción directa y no del pensamiento abstracto, poco amigo de intelectuales y sin embargo abierto a la colaboración de jóvenes técnicos, cruel hasta la vesania con sus enemigos y leal hasta la munificencia con sus amigos, hábil administrador y buen conocedor de su pueblo.

Como político, dosificaba la libertad para dar cauce inofensivo al descontento y explotaba las debilidades de todos los hombres. A los de arriba exigía adulación o neutralidad y a las masas, endiosamiento y fe en su demagogia. Daba siempre apariencia legal a sus actos, usando como instrumento leyes amañadas, el control electoral, el partido oficial y el Congreso, en el que una mayoría obsecuente prevalecía sobre los minoritarios desesperados.

Esta apariencia democrática tenía el doble propósito de ofrecer el mejor modelo de gobierno en Centroamérica —a cuya evolución estaba siempre atento por considerarla un poco suya— y un buen ejemplo de gobierno amigo de los Estados Unidos. Paradójicamente, sus relaciones con los yanquis fueron menos serviles que las de otros presidentes de Centroamérica, lo cual no era óbice para que tributara a Franklin D. Roosevelt un culto verdaderamente wagneriano, y para que usara a los embajadores de Washington como amigos y socios. ‘Paz y progreso’ fue su divisa. Era, en realidad, 
defensor efectivo del interés nacional, al que más que ningún otro caudillo llegó a confundir con su propio interés.”

El secreto de su proyección radica en haber responsabilizado a sus hijos, desde niños, en las tareas de dirección de los instrumentos de poder y haber neutralizado a todos los posibles líderes de su grupo pagándoles con la participación económica y social en la cumbre de Nicaragua. Así, legó a sus dos hijos legítimos: al mayor, Luis, la carrera política dentro del Congreso; y al menor, Anastasio, la de las armas.

Este inició la suya recibiendo a los 16 años, el 1ro de julio de 1941, el grado de subteniente; a los 17, el 4 de julio de 1942, el de capitán y, recién graduado en la famosa Academia estadounidense de West Point, a los 21, el 14 de julio de 1946, el de mayor.

En abril de 1947, sin cumplir aún los 22, recibió las “Alas Honorarias” de la FAN (Fuerza Aérea Nicaragüense) y se desempeñaba como inspector general del Ejército y jefe del Estado Mayor Presidencial. A los 23, fue nombrado coronel el 18 de noviembre de 1948.

Luego asumió la dirección de la Academia Militar de Nicaragua, violentando el escalafón y pasando sobre la autoridad, de doce generales; y a los 31, cuando era Jefe de la Fuerza Aérea, fue nombrado por su hermano —a raíz de la muerte de su padre— jefe director de la Guardia Nacional. Finalmente, sería elevado a general de brigada el 24 de febrero de 1957.

Por su lado, Luis —mayor del Ejército desde 1947— ocupaba en agosto de 1950, a sus 28 años, un curul en el Congreso Nacional; en abril de 1951 fue electo presidente de la Cámara de Diputados y del Congreso cuando las cámaras sesionaban juntas. Tras el atentado mortal de ASG el 21 de septiembre de 1956, ocupó de inmediato, interinamente, la presidencia de la república; y nueve días después —con el tácito apoyo de los legisladores conservadores— el Congreso le otorgó sus votos para que pudiera completar el periodo de su padre.