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Tres naciones centroamericanas están llamadas a elecciones presidenciales en el 2019. El primero será El Salvador, 3 de febrero. Luego en Panamá, el 5 de mayo, y finalmente en Guatemala, el 16 de junio. Dos naciones del llamado “triángulo del norte” y una que tiene el crecimiento más alto del istmo.

En los tres casos se llegan a elecciones de manera democrática y respetando las reglas del juego político y legal. Sin embargo, por ello, no puedo afirmar que se viven tiempos de democracia, libertad, justicia y transparencia. En Centroamérica en general, se viven tiempos turbulentos que amenazan gravemente la paz lograda en los años 90 y que han dañado la posibilidad de un crecimiento económico y social justo.

Los gobiernos deben tomar en cuenta el bono demográfico que no ha sido bien utilizado en Centroamérica, y que podría ser un eje estratégico de crecimiento económico y bienestar social para nuestras sociedades.

Institucionalidad. En este tema, Guatemala es el país que menos desarrollada la tiene y donde los partidos políticos no son una alternativa real. Cada elección aparece nuevos partidos, sin estructuras partidarias claras ni una población que pueda sentirse identificada políticamente.

Eso hizo, por ejemplo, que un cómico hay sido electo presidente y que hoy ese país siga viviendo una crisis política, económica y social, debido a la corrupción generalizada y a la falta de un proyecto de nación claro y políticas públicas determinantes. Y eso, sin contar con la inseguridad y la penetración del crimen organizado transnacional en las estructuras gubernamentales.

En tanto, El Salvador, después de 2 períodos seguidos de la exguerrilla FMLN en el poder, pareciera y las encuestas así lo demuestran, habrá un cambio en el poder político que vendría a refrescar la división bipartidaria de la Alianza Republicana Nacionalista (Arena) y el Frente Farabundo Martí para la Liberación (FMLN), establecida de hecho, desde los Acuerdos de Paz de 1992, con el posible ascenso de Nayib Bukele y su partido Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA), tendría la oportunidad histórica de cambiar el rumbo institucional. Los problemas económicos, la corrupción, la inseguridad y las maras son los grandes y mismos desafíos que desde hace una década.

En Panamá, con una economía en constante crecimiento, con problemas de corrupción que ensombrecen a los principales partidos políticos en la contienda electoral, deberían ser una consulta a los panameños sobre un cambio político claro, y que también está sufriendo un negativo crecimiento de la delincuencia organizada, lo que puede lastrar las cifras económicas y fracturar a la sociedad.

Cambios necesarios. La creciente insatisfacción de los pueblos centroamericanos con la democracia, los partidos políticos y las elecciones, es algo que debe preocupar y accionar mecanismos de defensa para mantener los regímenes democráticos que fueron instaurados en los años 90, luego de los procesos de Esquipulas I y II, que mostraron el camino para enseñar que se pueden realizar amplias negociaciones centroamericanas en pro de mejorar la calidad de vida.

Las elecciones periódicas en nuestros países han sido un termómetro de dicha insatisfacción de los pueblos. Cada elección realizada en los últimos diez años, muestra la poca participación y menor importancia que se le dan a los procesos electorales como un medio de renovación y cambio, de ser necesario del manejo de la cosa pública.  

Es por ello que los partidos políticos deben renovarse, ser una vía de desarrollo y no amplias avenidas de corrupción y enriquecimiento ilícito, que tanto daño hacen al futuro de nuestra región.

* Analista internacional.