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Tuve la suerte de conocerlo, de trabajar con él, de bromear y discutir, de verlo cabalgar por el sendero del patriotismo sin dar ni pedir tregua persiguiendo un sueño: “Nicaragua volverá a ser República”, de mostrarse como un manual viviente de periodismo combativo. Han pasado 41 años de la desaparición física del Dr. Pedro Joaquín Chamorro, y lo veo en pie, lleno de vida, esperando mucho de las nuevas generaciones de nicaragüenses ansiosos de ser libres.

Aquel 10 de enero de 1978 escribí que cuando supimos la trágica noticia, nos vino a  la mente, por natural asociación de ideas, la parábola empleada por un sacerdote para justificar, bajo el prisma de la cristiandad, la muerte de un hombre bueno, vertical, valiente y de fecunda labor. “La espiga estaba cargada”, dijo en aquella ocasión, y explicó su significado consignando que cuando un hombre ha llegado a la plenitud de su rendimiento, ya está preparado para la llamada del Señor.

Ejemplo imperecedero

En el caso de Pedro Joaquín Chamorro, podemos consolarnos de su irreparable pérdida pensando que desde hace un buen rato estaba preparado para la llamada del Señor. Decimos eso porque a lo largo de sus 53 años había realizado obras, logrado conquistas y rubricado triunfos, tanto en lo profesional como en lo humano y lo patriótico, que le situaban por encima de la inmensa mayoría de mortales de su tiempo en este país tan necesitado de ejemplos.

Resulta paradójico, pero el hombre que más peleó por hacer respetar los derechos humanos en Nicaragua murió de forma inhumana atropellado brutalmente. Tal vez Dios en sus inescrutables designios haya decidido llamarlo de ese modo, para que su muerte quede como faro que ilumine a las nuevas generaciones.

Ejemplo de rectitud y valentía, Pedro Joaquín Chamorro murió con las botas puestas abrazado a una misión. La misión que lo impulsaba día a día a cuestionar sin tregua los vicios de la administración pública en este desordenado país, que lo obligaba a entregarse en cuerpo y alma a luchar por derribar una dictadura nefasta y fajarse como león, defendiendo los intereses del pueblo. 

Un pueblo aullando

Al perderlo, quedó otra vez la evidencia de lo irreparable. No más su saludo franco al comenzar la jornada cada día. No más su palabra firme a la hora de establecer el plan de trabajo a seguir, su andar ligero y su nervioso movimiento de brazos, y sobre todo sus vigorosos editoriales luchando por una patria mejor. Aún hoy, su muerte parece mentira. En aquel momento, el país se sintió inundado por el  desconcierto que provoca el asombro. Me resistía a creer que el jefe-compañero había sido asesinado, si todavía el día anterior me preguntaba por las posibilidades de Alexis frente a Escalera, mientras firmaba la autorización para mi viaje a Puerto Rico con suficiente anticipación.

En horas de la tarde y por la noche, vi a un pueblo aullar, retorcerse de dolor, refugiarse en un silencio listo para el estallido y un poco más tarde, sublevarse gritando a los  cuatro vientos los males que aquejaban a este desventurado país, que conducido de la mano de Somoza, se deslizaba por el sendero de la destrucción.

Si Pedro Joaquín hubiera visto su propio funeral, con esa adhesión llamativa por parte del pueblo que lo respetaba tanto, se habría sentido satisfecho. Su forma de vivir se reflejaba en sus  impactantes escritos.

Nunca pidió perdón, porque su rebeldía natural no lo admitía, aunque frente a esa cuota de orgullo aparecía su desconcertante bondad. A la hora de servirle al prójimo no se fijaba en color ni tamaño, tampoco  en credo religioso o filiación política.

Al cerrar sus ojos por última vez Pedro Joaquín cruzó los umbrales de la inmortalidad, dejando un reto. Corresponde ahora a quienes quieran y puedan seguir sus huellas, tratar de hacer realidad su sueño de liberar a Nicaragua, restaurar la democracia, rechazar las tiranías. Si no seguimos en esa lucha, habremos traicionado su memoria y habrá sido inútil el sacrificio de uno de los mejores hijos de esta tierra.