Orlando López-Selva
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El Ejecutivo y Legislativo norteamericanos han estado enfrentados por 35 días. La disputa: aprobación o no de fondos que el presidente Trump quiere para construir su muro en la frontera con México. Consecuencia: el Ejecutivo se paralizó.

La vocera (jefa de los diputados), la demócrata Nancy Pelosi, se opuso a la concesión de fondos. Ahora Trump aceptó (aunque, él dice que temporalmente) un acuerdo para que este impasse conlleve a reactivar al Ejecutivo. Han estado afectados 800,000 empleados del Gobierno, por el paro, sin sueldo o en sus casas.

¿Qué lección nos enseña este estira y encoge entre dos poderes en la Republica estadounidense?

Mi punto. En la democracia norteamericana el Ejecutivo no puede avasallar a los otros poderes. Se rige bajo el principio republicano de los frenos y contrapesos, que evita los abusos. Ese modelo gubernamental permite la distribución funcional y bastante equitativa del poder. Evita desmanes y atropellos de parte del Ejecutivo. En Rusia, China, Cuba todos los poderes están sometidos al tirano que controla el Ejecutivo. ¿Las nuevas potencias emergentes asiáticas tienen alguna oferta mejor que supere al modelo norteamericano?

Ese principio básico del balance de poder hace que los ciudadanos, en los países democráticos, vivan confiados. En Estados Unidos cualquier crisis política es superable. No hay tal cosa como que el jefe del Ejecutivo se aprovechará de una situación para imponer su voluntad, gobernar a punto de decretos ejecutivos o permanecer en el poder indefinidamente, sin frenos ni controles.

No. La función pública en Norteamérica (incluyo a Canadá) implica honor y servicio.

Igual sucede en las democracias republicanas europeas: Alemania, Francia, Italia, Portugal, Suiza, Finlandia, Austria, Grecia. Ningún jefe del Ejecutivo controlará el poder totalmente, impondrá su gusto cuando esta sea contraria a la voluntad popular, o querrá convertirse en dictador.

¿Este modelo es compatible con las culturas políticas de los países asiáticos, africanos o latinoamericanos?

Otra cuestión acá es importante. Siendo el presidente estadounidense quien tiene a su favor a un senado mayoritario republicano, contando con una mayoría de magistrados ―también republicanos― dentro de la Corte Suprema de Justicia, sabe sus limitaciones. Pero, con humildad (¿O cálculo?), acuerda con el único poder en manos de sus adversarios demócratas. (No hizo como Maduro: amenazar y avasallar a la Asamblea Nacional, en manos opositoras).

En nuestros países ello sería visto como una derrota presidencial. Pero, en democracia ceder no es perder. Es algo previsible por la contienda cívica, con base en argumentos y razones de orden legal. Todo se regula por la negociación. Existen principios para que las cosas se hagan acorde al entendimiento entre las máximas autoridades, actuando todos de buena fe. Sabidos todos que el poder es para hacer el bien.

Todo lo anterior es posible cuando la sociedad acuerda la distribución del poder las reglas del juego. (¡El mal yace en concentrarlo!) Es decir, leyes, principios constitucionales. O lo que los padres fundadores norteamericanos llamaron: “el gobierno de las leyes, no de los hombres”.

¿Toda esa práctica y tradición supuso un camino corto, sin vericuetos ni torceduras?

No. El camino fue largo y tortuoso. Y, aunque la idea comenzó en Grecia, muchos años antes de la era cristiana, se ha ido nutriendo y fortaleciendo más hacia el oeste, pasando por Inglaterra (1688), Estados Unidos (1776), Francia (1789), España (1812), para luego llegarnos hasta América Latina.

Tampoco es que los norteamericanos no hayan encontrado obstáculos. Sí los hubo. El más vergonzoso fue el esclavismo, Pero no se resolvió después de la Guerra Civil (1861-1865). Le siguió un siglo de confrontaciones por el racismo. No obstante, se sentaron blancos y negros a resolver sus diferencias―después de grandes atropellos, de unos; y dramáticos sufrimientos, de otros.

La democracia norteamericana continua, funciona, resuelve. Da testimonio de su fe en sí por la libertad que pregona y los valores en los que todos creen y que conforman el marco en el que se dan los grandes triunfos y logros de la libertad.

Solo la democracia permite la libertad. La tiranía atrasa y esclaviza a la humanidad.

El modelo norteamericano de leyes y libertades es incuestionable por sus logros y estadísticas. No es perfecto. Pero Rusia ni China lo superarán si no se democratizan que es la clave para que los ciudadanos libres sean dignos.

El mayor desafío para las potencias emergentes orientales no solo yace en imitar, alcanzar el progreso, el desarrollo científico, tecnológico o cultural occidentales (¡que todos pueden alcanzar!), sino en superar al modelo democrático norteamericano.

¿Querrán hacerlo?