Emiliana Vegas*
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Desde hace algunos años el gasto social en América Latina y Caribe ha ido en aumento. Los datos de “Mejor gasto para mejores vidas en 2018” nos muestran que entre 1995 y 2013 la inversión promedio en educación aumentó del 3.6% al 5.3% del producto interno bruto (PIB) en América Latina y Caribe.

La inversión en educación constituye una parte importante del gasto público, y ciertamente su aumento es una buena noticia, pero ¿necesitamos gastar más en educación?

Durante los casi 25 años que me he dedicado al sector educativo, he tenido la oportunidad de visitar en múltiples ocasiones los países de la región y también de otras regiones del mundo. Esto me ha dado la oportunidad de ver de primera mano las necesidades y el efecto de las innovaciones e inversiones en las comunidades educativas.

Sin duda, el aumento del gasto es necesario para alcanzar el progreso educativo en América Latina y Caribe. Aunque existía un debate acerca de si más inversión en educación conlleva mejores resultados educativos, el trabajo de, entre otros, Kirabo Jackson (agregar cita a su paper reciente), deja en claro que más inversión sí se relaciona con mejores resultados de aprendizaje estudiantil.

La mayoría de los países de América Latina y el Caribe han venido apostando a la educación, aumentando significativamente la inversión como porcentaje del producto interno bruto (PIB).  En estos tiempos de crisis fiscales en muchos de los países de la región, ahora el reto más importante y apremiante es asegurar que este aumento tenga retornos positivos, especialmente en la calidad y equidad de los aprendizajes y habilidades que adquieren nuestros niños, niñas y jóvenes durante sus trayectorias educativa

Un mayor gasto por estudiante debe ir acompañado de medidas de transparencia que reduzcan la corrupción, aumenten la inversión en maestros (el factor escolar más importante) e introduzcan incentivos para que todos los actores del sistema —directores, coordinadores, maestros y estudiantes— hagan su mejor esfuerzo para lograr que todos nuestros niños, niñas y jóvenes puedan adquirir las habilidades necesarias para alcanzar su máximo potencial y tener éxito en este mundo tan cambiante. Moverse en esta dirección permitiría a nuestros sistemas escolares acercarse a los niveles de aprendizaje de los países más desarrollados.

Invertir en educación a lo largo de todo el ciclo de vida es el objetivo y la clave para obtener un mejor retorno de la inversión es la educación temprana. Con ella se permite desarrollar capacidades y habilidades desde los primeros años de vida y disminuir brechas que se abren en la primera infancia. En lugar de enseñar un cuerpo fijo de conocimientos, invertir para “aprender a aprender” es esencial.

Sabemos que muchos de los trabajos del futuro ni los conocemos hoy y que nuestra expectativa de vida es cada vez mayor, presentando oportunidades (casi forzosamente) de cambios de carrera, profesión u oficio que poco existían en el pasado. Finalmente, invertir en las llamadas habilidades del siglo XXI —habilidades socioemocionales, digitales y en las áreas de ciencias, matemáticas, ingenierías y artes— es cada vez más necesario para lograr formar los ciudadanos que necesitamos en el siglo XXI.

Hasta ahora, el debate sobre educación en ALC se ha centrado mayormente en la calidad de la enseñanza y en consecuencia de los aprendizajes. Con el panorama poco auspicioso de crecimiento económico de la región y la necesidad de mejorar los aún bajos niveles de aprendizajes, la región necesita no solo invertir más en educación sino, sobre todo, invertir mejor para lograr que todos los niños, niñas y jóvenes adquieran las habilidades necesarias para alcanzar su máximo potencial.

*Jefa de la división de educación del BID.

Este artículo se publicó en el blog “Enfoque educación” del BID.