Noel Ramírez Sánchez
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Estimado lector, si recordamos el esquema de análisis industrial de Michael Porter, el empresario tiene que negociar con sus consumidores, con sus suplidores o aliados, con su competencia, con el Gobierno, sus socios y su personal.

Y como el mismo Porter nos ha dicho, a la hora de practicar un “benchmarking”, muchas de las “mejores prácticas” las encontramos en industrias muy diferentes a la nuestra y por ello analizaremos una difícil negociación política entre dos adversarios históricos, pero que, después de todo, era solo una negociación que le será útil en sus negocios.

Y como usted lo sabe, una de las mejores transiciones políticas de los últimos tiempos y que requirió de una gran habilidad negociadora fue la española, donde la negociación final se dio entre el presidente Adolfo Suárez y el secretario del Partido Comunista, Santiago Carrillo. Recordemos que Suárez había sido ministro del “Movimiento” y que los franquistas consideraban al Partido Comunista Español como el enemigo, al cual habían derrotado militarmente en la guerra civil y que por lo tanto, no debería tener espacio en la vida política española.

Y para analizarla, recurriremos principalmente al libro de Victoria Prego: “Así se hizo la transición”, que es mi preferido sobre esta gran experiencia en el campo de la negociación. Para empezar recordemos que Suárez y Carrillo, aunque fuera por distintos motivos, tenían como objetivo alcanzar la democracia.

Asimismo, Suárez sabía que para que hubiera una verdadera democracia, era necesario que el Partido Comunista participara en las primeras elecciones generales que se celebrarían después de la muerte de Franco y de la coronación de Juan Carlos y ello solo Carrillo se lo podía dar.  

Por otro lado, Carrillo creía que la legalización del Partido Comunista se tendría que dar ahora o nunca, mientras Suárez fuera el presidente, que paradójicamente venía del franquismo, pues consideraba que con el Partido Socialista Obrero Español, el “PSOE” de Felipe González, en el poder, ello sería más difícil, pues de alguna forma ambos competían parcialmente por el mismo “mercado electoral”.

Suárez  sabía que el rey Juan Carlos, que se había comprometido a “reinar para todos los españoles”, los vencedores y los vencidos en la guerra civil, era el único que podría controlar al Ejército y además sabía que las últimas encuestas de opinión pública indicaban que ahora el pueblo español, mayoritariamente, respaldaba la legalización del Partido Comunista y que dentro de la oficialidad joven, también prevalecía ese sentimiento. Y también sabía que Felipe González y el “PSOE” se encontraban en una encrucijada, ya que por un lado la legalización del Partido Comunista le podía restar votos, pero si no lo legalizaban y el “PSOE” participaba en las elecciones reconociendo las leyes del franquismo, podría quedar deslegitimado ante las izquierdas en España; por lo que Suárez sabía que Felipe González no sería un problema a la hora que él decidiera legitimar al Partido Comunista.

Por lo tanto, Suárez, luego de reconocer que él había sido nombrado presidente por el rey para llevar a España a la democracia, pero “sin ruptura” y “de la ley a la ley” y que sin legalizar al partido de Carrillo no habría democracia, pero consciente que aunque este era el último paso, era el más riesgoso, analizó la situación, hizo sus alianzas y tomó la decisión de ir adelante, no sin antes habérselo comunicado al rey y a su vicepresidente y luego de llegar a la conclusión de que Carrillo era un hombre en el que se podía confiar, ya que tenía un interés fundamental en dicha legalización.

La reunión entre Suárez y Carrillo fue secreta y en un lugar neutro y solo permanece en la misma un hombre de la confianza de ambos, José Mario Armero, que sirve de intermediario, no de mediador y que presta su casa para el evento.  De esta reunión podemos aprender mucho, por si alguna vez tenemos que participar en una negociación tan delicada como esta, donde Suárez no solo se estaba jugando su presidencia, sino que estaba poniendo en peligro a la corona española.

Primero, antes de acordar la reunión “cara a cara”, Suárez le pidió al intermediario que hablara con Carrillo para comunicarle que estaba considerando legalizarlos, pero que tenían que reconocer a la corona, a lo que Carrillo respondió, que si no eran legalizados no reconocerían a la corona y se la pondrían muy difícil a Suárez, pero si eran reconocidos no perturbarían el proceso hacia la democracia. Por lo tanto, existía la posibilidad de un acuerdo entre ambas partes.

Segundo, la reunión entre Suárez y Carrillo no comenzó con ofensas, acusaciones o recriminaciones mutuas, sino todo lo contrario. Como la reunión era privada, nadie tenía que “lucirse” y “salvar cara”. Piense en las consecuencias si hubiera ocurrido lo contrario. Suárez inició el diálogo extendiéndole la mano a Carrillo y sonriendo le dijo: “Cuántas horas de sueño he perdido por usted”. A continuación, cada uno de ellos le comunicó a su contraparte que entendían las dificultades y riesgos que enfrentaban cada uno al tomar esta decisión; aunque lógicamente el mayor perdedor si algo salía mal, sería el presidente Suárez. Se dice que ya en confianza, ambos líderes incluso compartieron cigarrillos y comentaron que fumaban marcas diferentes.

Tercero, el presidente Suárez comunicó a Carrillo su intención de legalizar al Partido Comunista, pero nunca, a pesar de las presiones de Carrillo, se comprometió a hacerlo en un plazo definido. Esto le daba flexibilidad al presidente y aunque ambos sabían que de tomarse esa decisión se tenía que tomar antes de las próximas elecciones, Suárez no se ubicó en un “callejón sin salidas” y Carrillo sabía que, más que una fecha exacta, lo fundamental era que la legalización se diera. Recordemos que muchas veces por concentrarnos en el plazo, echamos a perder el objetivo fundamental.

Y cuarto, el día que se anunció la legalización, un Sábado de Gloria, el presidente Suárez, por medio del mismo intermediario, le pidió a Carrillo que por favor no la celebrara mucho, no lo alabara ni lo felicitara, ya que sería el “abrazo del oso” y que más bien, lo declarara anticomunista y se declarara insatisfecho con la decisión del Gobierno.

Y Carrillo, como un negociador experimentado, cumplió con todo lo solicitado. Recordemos que una las principales recomendaciones de los grandes negociadores y de los expertos en este tema es “ayudarle a la contraparte a vender el acuerdo alcanzado frente a sus bases y aliados”. Sinceramente espero que esta experiencia le sea de alguna utilidad, especialmente si tenemos presente que Suárez había sido ministro del presidente franquista Carlos Arias Navarro, a quien Franco había nombrado, precisamente por lo duro que era con cualquier tipo de oposición. 

nramirezs50@hotmail.com   

* Doctor en Derecho y Economía.