Jorge Eduardo Arellano
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El asesinato de Benazir Bhutto, la primera mujer musulmana en liderar un país musulmán, es un golpe duro para las perspectivas de democracia de Pakistán y, de hecho, su viabilidad como Estado. Mientras ceden el caos y la confusión, no deberíamos perder de vista la responsabilidad parcial del presidente Pervez Musharraf en este giro de los acontecimientos. Cuanto menos, no se lo puede absolver del fracaso de su gobierno a la hora de ofrecerle a Bhutto una seguridad adecuada.

Bhutto, en cambio, tuvo que pagar con su vida por desafiar con valentía a los extremistas de toda índole --desde Al Qaeda y los talibanes hasta los partidos políticos-religiosos y los militares de línea dura del país.

Como heredera de Zulfikar Ali Bhutto, el legendario líder democrático que fue colgado por el gobierno del general Muhammad Zia-ul-Haq en 1979, Benazir se perfiló como símbolo de resistencia a temprana edad --pero languideció en cárceles y en el exilio en los años 1980--. El legado de Z.A. Bhutto fue darle poder a los pobres y defender los derechos de la gente común en un contexto de política feudal y régimen militar. En lugar de doblegarse ante la junta militar, aceptó el cadalso.

Horas antes de su ejecución en la horca, a Benazir le permitieron ver a su padre por última vez. “Le dije bajo juramento en su celda de muerte que continuaría con su trabajo”, escribió Benazir en su autobiografía, y vivió en gran medida para cumplir esa promesa.

Su primera tarea como primera ministra (1988-90) fue breve y desorganizada. El teniente general Hamid Gul, el ex jefe de los servicios de inteligencia (ISI), confirmó que patrocinó una alianza de partidos políticos de derecha para impedirle obtener una mayoría parlamentaria. La información sobre el programa nuclear de Pakistán y las operaciones de los servicios de inteligencia en Afganistán estaban fuera del dominio de Bhutto.

Su segundo mandato (1993-96) fue más extenso y mejor, pero su gobierno nuevamente cayó antes de tiempo, debido a acusaciones de mala administración y corrupción. En realidad, también influyeron las conjuras de las agencias de inteligencia. En el ejército se había generado una desconfianza acérrima de Bhutto, dada su posición de líder pro-occidental con respaldo popular que quería la paz con la India.

Después de casi una década de exilio autoimpuesto, el regreso de Bhutto a Pakistán en octubre le dio un inicio político renovado. Pakistán había cambiado, ya que la dictadura militar y el extremismo religioso en el norte causaron un gran daño en el tejido social. Un acuerdo tentativo con Musharraf, sumado al apoyo occidental --especialmente del Reino Unido y de Estados Unidos-- facilitó su regreso, que cientos de miles de personas acogieron con beneplácito, aunque los terroristas la recibieron con una ola de atentados suicidas.

Los contactos de Bhutto con el gobierno militar de Musharraf generaron críticas, pero ella se mantuvo firme en que un retorno a la democracia sólo era posible a través de una transición en la que Musharraf abandonaría su cargo militar, se convertiría en un jefe de Estado civil y llevaría a cabo elecciones libres y justas.

Para sorpresa de algunas fuerzas democráticas, Bhutto se mantuvo inflexible incluso después de que Musharraf impusiera el estado de emergencia el tres de noviembre y destituyera a los principales jueces del país para asegurar su reelección. De hecho, Bhutto persuadió incluso a otros líderes políticos importantes de participar en la planeada elección del ocho de enero, que ella veía como una oportunidad para desafiar a las fuerzas extremistas religiosas en la esfera pública. Bhutto aprovechó esa oportunidad para recorrer valientemente el país, a pesar de las serias amenazas contra su vida, defendiendo un Pakistán democrático y pluralista.

Uno puede entender por qué los extremistas religiosos como Al Qaeda y los talibanes la tenían en la mira, y que el gobierno diga que es imposible impedir un atentado suicida. En consecuencia, a los ojos del pueblo de Pakistán, y especialmente de los seguidores de Bhutto, los servicios de inteligencia, solos o en colaboración con los extremistas, finalmente decidieron eliminarla.

Más allá de si el gobierno estuvo o no involucrado, el hecho es que Pakistán ha perdido un líder extremadamente necesario. Con el futuro de Pakistán en la balanza, la ayuda y el respaldo de Occidente serán cruciales, pero eso implica reconocer que Musharraf no es el único líder que puede resolver los múltiples problemas de Pakistán y manejar la guerra contra el terrorismo. Por el contrario, al alimentar el contexto actual de inestabilidad e incertidumbre, el propio Musharraf debe ser visto como uno de los principales problemas de Pakistán.


* Hassan Abbas, que se desempeñó en los gobiernos de la primera ministra Benazir Bhutto y del presidente Pervez Musharraf, hoy es investigador de la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard y autor de Pakistan’s Drift into Extremism: Allah, the Army and America’s War on Terror.


Copyright: Project Syndicate, 2007.