Orlando López-Selva
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Kim Jong-un debió viajar más de 60 horas en tren para ir de Pyonyang a Hanói, capital vietnamita. Debía reunirse con su par norteamericano para, supuestamente, bajar las tensiones entre ambos países y consignar sus acuerdos en varios tratados bilaterales.

No sucedió así. Después de algunos intercambios, el presidente Donald Trump levantó su tienda y se marchó. No hubo acuerdos ¿Continuaremos viendo como el pequeño dictador seguirá lanzando cohetes para llamar la atención?

Es probable. Los dictadores no tienen imaginación; solo repiten sus ruinosos guiones leninistas.

¿Qué rol jugó la personalidad del dinasta nordcoreano para que su encuentro concluyera en un fiasco?

Mi punto: el tercer dictador Kim se cree un semi-dios de poderes omnímodos y grandes talentos políticos. No es así. Es un simple mortal, asido a fobias y odios; que cuenta fabulosas historias en las que derrota humillantemente a Estados Unidos, aunque para sus adentros viva temeroso de todo lo que le rodea y todos los que se le acerquen. Es un peón pirotécnico de Beijing. Juega a ser desafiante de Japón, Taiwán y sus vecinos del sur. Sueña con grandezas. Pero vive más cerca de la ridiculez, el histrionismo, la paranoia. Ya es tiempo de abordarlo con tácticas distintas.

Al dictador Kim no le gusta viajar en avión. Teme volar. Es muy peligroso; pueden fallar los motores. O una borrasca podría poner en peligro al líder, aunque se aferre con garras al asiento de la máquina voladora.

Para encontrarse con Donald Trump en Vietnam, el dictadorzuelo llevó sus provisiones, su cocinero y cientos de guardaespaldas. Temía le hicieran daño los miles de disidentes huidos para liberarse de la opresiva barbarie.

Si hay algo que les hacen creer a los seguidores de este Kim es que él es un superdotado, extraordinario, incansable, irremplazable, indispensable. Y ese mismo sentimiento y ethos, los dictadores lo transmiten a sus hijos para que se vean como parte de una realeza pestilente de monarcas descalzos, enmedallados como coroneluchos de circo, vencedores de ratones en mil batallas ilusas, envinagrados reyes de corona y cetros de almizcle.

¡Ah¡ Los dictadores son mágicos con sus inverosímiles historias. (O narrativa, como dicen ahora los comunicadores). Deberían participar en concursos literarios para tener acceso a premios sofisticados a la ridiculez y la idiotez. Aunque ellos quisieran ser reconocidos como desafiantes letrados, alzados desde los cuchitriles, oradores redentores, ungidos de irreverencias y falsa valentía. 

Al joven Un le enviaron a estudiar a Suiza ¿Qué aprendió?

Vivió 3 años en Europa donde su guardaespaldas le suplía de ambientación, ropas y los gustos más finos, sobre todo en la provisión  de suculentos platos que un cocinero coreano —enviado por papá— preparaba para nutrir al pequeño hijo del “camarada y gran líder”. (¡Cuánta disonancia con los evangelios  para el proletariado!).

A veces siento que la política ha tomado tanto de los ritos y usanzas religiosas. Y ya muchos han asumido que los tiranos deben ser percibidos como semidioses intocables. Pero en vez de cielo, ofrecen infierno.

El pequeño Un, de vestimentas oscuras y rostro de berrinchoso niño, estudió en su país. Fue a la universidad de Pyongyang y a la academia militar a aprender de las ciencias que cultivan y sojuzgan masivamente a compatriotas. Y tuvo distantes roces con el pueblo (a pesar de que no se le puede hablar, tocar con su permiso o verle a los ojos, como lo estipulara, también, Francisco Franco). Todo esto mientras aprendía la retórica dictatorial, alabando la grandeza y superioridad de la República Popular de Corea sobre todos los estados del orbe.

La historia, ciencias y ética que se enseña en las escuelas nordcoreanas están hechas para alabar al trío de dictadores Kim. 

Los tres Kim han construido un Estado penitenciario, sin empacho ni turbación. Es un gigantesco campo de concentración moderno. Es una vergüenza mundial. ¿71 años de tiranía esclavista no es suficiente?

¿Por qué aceptar esta amenaza que ha tenido a sus vecinos del sur, en vilo? ¿Cuánto durará esta contienda maligna?

¿Es posible que este dictador —que más bien, es digno de oficio  circense— someta a perpetuidad a su pueblo que se ha agachado debiéndole aplaudir o llorar, cuando lo ordena el manual del culto a la personalidad comunista?

Este Kim es la creación frankeinsteniana de Beijing. ¿Cómo pueden creerle o tomarle en serio, si  cuando quiere llamar la atención, hace mil piruetas, lanzando incendiarios objetos? 

Kim se infla hablando de las falsas grandezas del heredado feudo de males, creyéndose un semi-dios. Aunque tiene miedo, mucho miedo.