Edgard Tijerino
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Por una de esas rarezas de la vida, pese a no sostener una actitud religiosa, he cultivado amistad con muchos sacerdotes. Eso me permitió diferenciar a los que en mi programa Doble Play llamo “curas de verdad”, de los que no lo son.

El padre Fernando Cardenal me decía: “La vocación sacerdotal implica entrega de cuerpo entero, compromiso y sacrificio y eso es genuino, no hay manera de disfrazarlo porque necesita de actitudes”.

Fernando, una pérdida irreparable para esta sociedad, era un oyente la mayor parte del tiempo y uno de los grandes amigos con sotana que he tenido junto con Juan Bautista Arríen, Manuel Otaño y tantos otros hasta llegar a esta nueva generación de los Báez, los Álvarez, los Idiáquez, quienes junto con el cardenal Brenes tan bien me han tratado. Uno de los sacerdotes que responde a esa precisa definición de Fernando Cardenal es monseñor Rolando Álvarez, tan firme y combativo, captando admiración y respeto. 

De espaldas al pueblo

En un momento de tanta trascendencia patriótica como el que estamos atravesando, me hacen llegar vía WhatsApp, una charla que en algún momento ofreció monseñor Álvarez, abordando directamente, con la consistencia en argumentos y esa vehemencia que le facilita llegar al corazón de quienes lo escuchan el tema de lo que es ser un cura de verdad. Con delicadeza, monseñor Álvarez se refirió a “la Iglesia que no quiere Jesucristo y la que quiere”. Entre un silencio amplificador del eco y contando con una atención esférica, dijo: “Jesús no quiere una Iglesia interesada en codearse con los grupos de poder colocándose a su izquierda su derecha, una Iglesia que no es capaz de criticar a fondo las injusticias que se cometen, que se coloca de espaldas a los problemas del pueblo, una Iglesia temerosa de asumir sus compromisos y responsabilidades”.

No a la complicidad

Y continuó con su espada desenvainada, utilizándola como un maestro de esgrima, un auténtico mosquetero al servicio del cristianismo que reivindica y revitaliza: “No quiere Jesucristo una Iglesia que se aproxima al poder buscando negociar o pactar para obtener cuotas y disponer de influencias; una Iglesia capaz de callar en busca de no perder los favores de los poderosos abandonando a los débiles; cómplice de la explotación, de la opresión, de la discriminación, endulzando las palabras que la gente del poder quiere escuchar; una Iglesia que no quiere ser signo de contradicción cuando es necesario; que no se atreve a nadar contra la corriente, una Iglesia corrupta que no levanta la voz ante las arbitrariedades, esa no es la Iglesia que quiere Jesucristo.

Una iglesia sin miedo

Frena y va hacia el idealismo, las exigencias y el compromiso que los curas de verdad deben mostrar con sus actitudes: “Jesuscristo quiere una Iglesia que acompañe al pueblo que sufre, que no le tenga miedo a los desafíos, que multiplique sus esfuerzos por el respeto y la dignidad del pobre, que sea capaz de denunciar, no solo las anomalías que otros cometen, sino las propias, aplicando una autocrítica firme sin el menor temor; una Iglesia que confíe en sus propias fuerzas, una Iglesia que reconozca sus propios pecados y que asuma sus compromisos con los pobres. Esa es la Iglesia que quiere Jesucristo, sin sometimiento”. Podríamos agregarle, esta es la Iglesia que necesitamos ver incorporada al diálogo, la de los curas de verdad, sobrevivientes intactos con su valores morales y espirituales, en esta larga lucha por darle forma a otro país.