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Art Spiegelman publicó la primera parte del cómic “Maus” en 1986. La obra ganadora de un Pulitzer en 1992 y actualmente un fenómeno de culto, toca en forma de novela gráfica la tragedia judía en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, donde los perseguidos son ratones y los nazis son dibujados como gatos.

En nuestro ámbito cultural existe la frase: “Recordar es volver a vivir”. Y entonces, por eso, si los recuerdos son dolorosos, ¿Para qué removerlos de su sepultura? ¿Qué razón tiene uno para revivir traumas y provocar la memoria con imágenes que desearíamos borrar para siempre?

Spiegelman no trataba de trivializar un drama colectivo, sino, retratar una tragedia desde la perspectiva de un sobreviviente: su propio padre. Y en su honor, trata de hacer justicia revelando su drama para que no quede en el olvido.

A veces, la historia no cabe en los libros académicos, sino se desprende de las paredes de los hogares de aquellos que han vivido lo que solo se enumera u oculta en los textos escolares.

El libro publicado en Estados Unidos, tuvo una buena recepción, en cambio, en Alemania, fue en su momento, criticado por la elección del formato del cómic para uno de los genocidios más terribles y por el hecho de identificar a las víctimas como roedores, esto parecía desacertado e incluso ofensivo.

Sin embargo, Spiegelman estaba hablando de algo que le compete, es su propia historia como judío. Sus padres habían sobrevivido al genocidio y varios campos de concentración, inclusive Auschwitz, en Polonia. Aunque él había nacido 3 años después de la liberación, la tragedia y el trauma lo acompañaban porque estaba en la piel de sus padres, de hecho, el primer volumen de la obra se tituló “Mi padre sangra historia”. Su madre, por otra parte, se había suicidado en 1968.

La Europa de posguerra tenía como principal tarea la reconstrucción, a pesar de conocerse los crímenes del nacionalsocialismo, la sociedad intentó volver a la vida cotidiana en medio de ruinas, culpando a Adolf Hitler de todos los males y dejaron la tarea de la memoria a la política, las universidades y los sobrevivientes.

Sin embargo, el silencio, la omisión y la falta de reconocimiento de los crímenes, terminan siendo una manera de declarar impunidad colectiva y ante estos males la amenaza de repetir la historia es mucho más que latente: desde el incremento de manifestaciones antisemitas en 1958, la opinión pública alemana tuvo que prestar más atención al pasado que a la economía.

Los alemanes, de modo gracioso, le llaman “milagro económico” e incluso le atribuyen al “milagro de Berna”, cuando ganaron la copa del mundo de futbol en 1954, al proceso que los llevó de las ruinas a convertirse en una de las sociedades más desarrolladas del mundo. La verdad, es que fue algo más que una intervención divina o suerte, se trató de una nación que tuvo que enfrentar su doloroso pasado, no solo sus traumas, sino también sus culpas.

En 1961, Israel enjuició a Adolf Eichmann, un proceso que recordó el horror del nazismo alemán y el cinismo con los que criminales de guerra podían seguir viviendo con normalidad, y hasta 1963 iniciaron los procesos de Auschwitz en la misma Alemania.

Supongo que no es fácil someterse a una cultura de la memoria, particularmente en una nación con culpas colectivas, que no puede sentirse orgullosa de su historia, y donde las manifestaciones de patriotismo evocan rápidamente el nacionalismo hitleriano, pero hay una palabra impronunciable para enfrentarse a esto, que esconde un significado majestuoso: “Vergangenheitsbewältigung”, que podría traducirse como hacerle frente o confrontar al pasado, y eso en términos reales implica revisión, reconocimiento, reparación y reintegración.

Cuando Günter Grass, premio Nobel de Literaturareconoció en 2006 que había pertenecido a la tropa élite del Partido Nacional Socialista (Waffen SS) cuando tenía 17 años, aunque sin disparar un solo tiro, se abrió nuevamente la herida sobre el pasado oscuro que tocaba a uno de los personajes más respetados de esta sociedad, más de medio siglo después. Y esto hacía preguntar nuevamente si había alguien de aquella época que realmente quedó impune a la locura del nazismo.

Sin embargo, la moral de esto no es descubrir la culpa en el pasado, sino reconocer que los fantasmas que nos persiguen se liberan con el simple ejercicio de la verdad.