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Una mujer extraordinaria para su tiempo fue Elena Arellano (1836-1911). No pocas páginas le he dedicado. Mas no dejaré de enaltecer su tesonera labor en la historia educacional de Nicaragua.

Ella estableció en 1872 el primer centro escolar para niñas con el claro propósito de educar a la mujer como fuerza constitutiva de la sociedad. Su escuela privada poseía internado, división de clases y su programa abarcaba lectura y escritura, aritmética e historia, geografía y gramática, moral y religión, urbanidad y labores.

Cada final del curso preparaba muchos objetos destinados a premios, incluyendo libros doctrinarios como la exposición histórica, dogmática, moral, litúrgica, apologética, filosófica y social de la religión, desde el principio del mundo hasta nuestros días, por el abate J. Gaume (1877).

Para ella, “la educación es la formación personal del ser para que rinda bienes ulteriores”. Pero, fortalecida por sus convicciones, agregaba: “una educación sin Dios es una educación sin base ni coronamiento, sin alma y sin razón suficiente”. Al surgir en 1883 el oficial Colegio de Señoritas de Granada, la escuela de Mama Elena —como se le conocía en casi todo el país— entró en decadencia.

De ahí su celo por financiar, con la herencia paterna de una cuantiosa fortuna, la introducción de órdenes religiosas. En 1875 marchó a Guatemala, donde contactó y contrató a las hermanas vicentinas —establecidas por san Vicente de Paul desde 1863— para administrar el Hospital San Juan de Dios de Granada. Por esos años protegía a los jesuitas —sus guías espirituales— que desarrollaban una activa y fecunda labor en dicha ciudad. A ellos, cuando fue ordenada su expulsión, les preparó en su casa cómodo alojamiento antes de abandonar el país.

Con este hecho, sintió remota la posibilidad de instaurar la enseñanza católica entre los suyos. Por eso realizó en 1882 un viaje a Europa. Su objetivo era obtener en Roma permiso para establecer en Nicaragua un centro educacional.

Y este lo concretó en 1891. Ese año abría sus puertas en Granada el “Colegio de la Inmaculada”, a cargo de monjas italianas que expulsaría el general J. Santos Zelaya en 1894. Sin embargo, la congregación a que pertenecían —las salesas misioneras del Sagrado Corazón— retornó en 1921 para regentar otro colegio en Managua que llegaría a cumplir cincuenta años de existencia.

En 1895 Mama Elena erigió, siempre en su ciudad natal, el Colegio de San Luis Gonzaga para varones y limitado a la enseñanza primaria. A continuación, introdujo la orden creada en Francia por la venerable Teresa de Montaignac en 1843: las oblatas del Sagrado Corazón, quienes en octubre de 1903 abrieron un colegio, perdurando hasta 1972, llamado popularmente “Colegio francés”.

Y su mayor logro, obtenido con su hermana Luz, fue la fundación del Colegio San Juan Bosco, o salesiano, con más de cien años de existir en Granada.

Mama Elena hizo votos de pobreza y castidad a sus 13 años. Acogía en su casa huérfanas para recibir instrucción elemental y aprender artes y oficios. Se hizo cargo del Lazareto cuando se desató una peste de “alfombrilla” en Granada.

Ofreció su vida por Cristo. Se enfrentó al dictador José Santos Zelaya para obtener el permiso del ingreso de los salesianos. “No olvide, señor presidente —le dijo— que usted no ocupa su alto cargo por méritos personales, ni por la voluntad del pueblo, sino por designios de Dios para flagelarnos en pago de nuestros pecados”.

Concebía cuatro tipos de mentira: “las de broma, jactancia, de servicio y de daño”. Se le ha reconocido como promotora social, pero marcada por la caridad, desarrollando la orientación de la Acción Católica, implementada varias décadas después en Centroamérica.

En suma, la mujer útil que fue Elena Arellano —encarnando la vocación del apostolado laico y el ideal femenino proclamado por Juan Pablo II en su carta “Milerebus dignitatem”— es digna de rescatarse del olvido.

El 18 de agosto de 1896 fue inaugurado un busto de Mama Elena, derribado en mayo de 2018 por la ignorancia antisocial. El busto se erigió en la Calle Real, “cerca de los jesuitas y de los salesianos a quienes tanto amó” —declaró su sobrino tataranieto Chichí Fernández, quien guarda como reliquias sus anteojos, fotografía, escapulario, una blusa, un mechón de cabello y un vestido de cuando era niña. Su vida de mujer santa y virtuosa fuera del claustro ha merecido más de medio centenar de escritos.