Edgard Tijerino
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Hay dos tipos de dolor, el que nos fortalece y el inútil. No soporto los dolores inútiles, dice Frank Underwood en el inicio de la serie House Of Cards, ganadora de premios Emmy. Nosotros, con tanta experiencia en el sufrimiento, consecuencia de atropellos sin medida a la condición humana, podemos decir que hay mil maneras de dialogar buscando solución a un conflicto, pero no se puede soportar dialogar en el vacío, sin las condiciones mínimas requeridas para generar confianza. Antes de iniciarse el tan promocionado y muy necesario diálogo, escribí una nota en esta columna que titulé “Querer creer y no poder”. Obedecía ese sentimiento, seriamente cuestionado por amigos acusándome de escéptico sin base, que no se podía sentar a conversar rodeados de las injusticias, coexistiendo con los abusos cometidos con una impunidad obscena, con los derechos humanos tan brutalmente apuñalados y libertades como las de movilización y expresión, secuestradas. Permitir eso era colocarse en desventaja, porque se metía en el “bolsón” de las negociaciones las condiciones obvias para creer en la buena voluntad y el afán de llegar a entendimiento. No se trataba de pedir algo desproporcionado, ni de precipitar pretensiones, sino de abrir espacios con el cielo despejado, sin las nubes oscuras provocadas unilateralmente.

El apretar de tuercas

Desde que la represión contra una resistencia pacífica que había tomado las calles con un crecimiento que cada día se estiraba más, fue utilizada a fondo sin reparar en daños, infundiendo temor, llenando las cárceles de prisioneros con cargos antojadizos, despojando a la ciudadanía de sus derechos, haciendo desaparecer lo legal y lo justo, las esperanzas de un cambio quedaron en dependencia del apoyo realizado por organismos internacionales. Cada comisión que estudiaba el caso Nicaragua llegaba fácil y rápidamente a la misma conclusión. El sereno diagnóstico de los embajadores de la Unión Europea terminó de desarmar las falsedades, única arma esgrimida por el sector gubernamental en busca de distorsionar los hechos y fue la aplicación de sanciones severas con tendencia a ser ampliadas, la ausencia de ideas para detener las afectaciones económicas, no poder evitar el ensanchamiento del caos social, y sin astucia para hacer propuestas políticas viables, lo que obligó a proponer un diálogo, que necesitaba terren
o firme, no en el vacío. En ese momento, descubrieron que el uso del miedo no los estaba llevando a ninguna parte y las muestras de dignidad de los prisioneros fortalecieron el compromiso de la mayoría con la búsqueda de lo justo. 

Un error de inicio

Sentarse sin las condiciones requeridas fue un error de inicio. Más que eso, una concesión insólita. Para poder cambiar la visión de los organismos internacionales y pretender ablandar el proceso de las sanciones, factores que tan eficazmente están funcionando, era necesario sacar a los prisioneros víctimas de las injusticias, abrir espacios arbitrariamente cerrados y mostrar intenciones honestas de aplicar rectificaciones.

Pero comenzar a conversar con una sola señal, sacando a un centenar de víctimas, haciéndolos seguir encadenados en sus casas y sometidos a intensa vigilancia no era nada serio. Es como si el punto de negociación fuera la compasión. Casi, casi, disfrazar lo inaceptable como algo aceptable. ¿Y lo demás? Todo eso que ha provocado la condena internacional por ser injusto. Uno no entendía cómo se podía intentar dialogar a la orilla de ese vacío. La gente de la Conferencia Episcopal, prudentemente, se tomó su tiempo para retirarse, mientras el rechazo de garantes calificados certificaba la falta de buena voluntad. El día que el pontífice en el Vaticano dice en referencia al Evangelio de San Lucas que no se puede dialogar con el diablo, la gente de la Alianza, regresa al raramente obviado punto de arranque: sin las condiciones no puede haber diálogo creíble.