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Es primordial combatir la funesta propensión a examinar los acontecimientos únicamente a una escala muy corta del tiempo. Por primera vez en su historia, la humanidad debe tomar decisiones con respecto a la especie y a su futuro. Por ello, será necesaria adherirnos a una verdadera ética del futuro; es decir, un sentido adquirido de la responsabilidad individual y colectiva que debe convertirse en asunto de todos.

Siguiendo estos lineamientos, esta ética del futuro debe permitir la firma de un contrato natural de desarrollo compartido con la Tierra, cuya divisa sería: controlar los conocimientos para no ser esclavizados por ellos. Si no actuamos de esa manera, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano no alcanzará la plena universalidad. Debemos, por ello, catalogar a la naturaleza en la categoría de Derecho.

Ante el asombro mundial, el actual Presidente de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el ex canciller de Nicaragua, Miguel D’Escoto Brockmann; está dotando de un rostro nuevo a la entidad, creando grupos de estudio sobre los más variados temas que interesan especialmente a la humanidad, como son las cuestiones del agua dulce, la relación entre energías alternativas y la seguridad alimentaria, así como la cuestión mundial de los indígenas y otros. Está ayudando a construir una ética del futuro.

En este sentido, la naturaleza de la que hablamos actualmente es completamente nueva: es sumatorio real de los nuevos riesgos, extrínsecos a los riesgos humanos y, sin embargo, causados por ellos. Nuestras conductas actuales suponen con mucho la aceptación tácita de estas “cosas” como materia de Derecho.

Aunque el inventar nuevos derechos es siempre recomendable y hasta loable, cuesta poco y no se resuelve la cuestión de contar con los medios para un desarrollo sostenible. Y los países del Sur, ¿cómo podrían dotarse de un desarrollo sostenible? La cuestión crucial reside en definir la inversión que se pretende favorecer. Se ha comprobado que bastaría con un 2.5 por ciento de los gastos militares mundiales para hacer efectivos los Objetivos del Milenio.

Ante ello, es necesario cambiar la lógica contable, ya que una gestión racional, equitativa y coordinada del planeta es esencial para garantizar un verdadero desarrollo sostenible, y no habrá desarrollo sostenible sin una toma de conciencia realmente global de la urgencia de modificar las costumbres, los estilos de vida y los métodos actuales de consumo.

Las sociedades no pueden seguirse constituyendo sobre el individualismo, el materialismo y el consumismo mórbido, privadas de los sentimientos profundos de solidaridad y cooperación expresados en la Carta de los Derechos Humanos de la ONU, la cual nos indica que todos somos iguales y por eso somos hermanos y hermanas.

En este sentido, el informe mundial de la Unesco, “hacia las sociedades del conocimiento”, se sitúa en el centro de la reflexión y de las políticas del mañana. El concepto de sociedades del conocimiento, implica invertir prioritariamente en la investigación, en la educación para todos a lo largo de toda la vida, en las nuevas tecnologías, en información y comunicación para el desarrollo; para crear sociedades que aprendan equitativamente.

De hecho, estas sociedades del conocimiento permitirán avanzar, hacia una mayor sensibilización ante los efectos posiblemente devastadores del calentamiento del planeta, hacia el fomento de una verdadera ética del agua y de una protección global de la biodiversidad, así como hacia la integración de la gestión del riesgo en los ámbitos del desarrollo. Las sociedades del conocimiento forjarán los instrumentos prospectivos que nos permitirán anticipar las amenazas sobre la humanidad, y solucionarán, con un costo aceptable, los problemas del desarrollo sostenible.

Pero no habrá desarrollo sostenible sin la firma de un nuevo contrato social, que, por supuesto, estará basado en la educación permanente para todos. Este nuevo contrato social deberá combinarse con el “contrato natural” de desarrollo compartido con la Tierra, con un auténtico “contrato cultural” y con un contrato ético que garantice el provenir de las generaciones futuras. En este ámbito, es esencial el desarrollo de una democracia representativa, participativa y asociativa.

Hemos creado sociedades que han optado por transformar todo en mercancía: la Tierra, la naturaleza, el agua y la propia vida. Que colocan el ganar dinero y consumir, como ideal supremo, por encima de cualquier otro valor; por encima de los derechos humanos, la democracia y el respeto al medio ambiente, con este patrón humano, no sólo transgredimos nuestras obligaciones con la tierra y con todos sus habitantes, sino que lesionamos el derecho de las nuevas generaciones, de la humanidad del futuro.

En el “Contrato Social” de Rousseau, los temas que aún deben germinar no tienen lugar. Ahora bien, actualmente tenemos que vincular, con la necesaria consideración a largo plazo, el contrato social, el de nuestras decisiones presentes, y el contrato natural que requiere el futuro de la Tierra. Ante los problemas fundamentales planteados por el desarrollo sostenible, el enfoque prospectivo será cada vez más necesario, por ello debemos también suscribir un contrato generacional, una responsabilidad a futuro.

Por sobre todo, debemos preguntarnos por la calidad humana y ética de este tipo de sociedad. Ella representa sencillamente un insulto a todo lo que la humanidad predicó e intentó vivir a lo largo de todos los siglos. No sin razón está en crisis, que más que económica y financiera es una crisis de la civilización.

Es por ello, en estos nuevos retos y oportunidades que se nos presentan a la humanidad, las Naciones Unidas en su calidad de organismo internacional reconocida por todos los Estados, debe jugar un papel preponderante e incidente, en donde de forma democrática y participativa, los gobiernos y los Estados que ella representa, asuman el compromiso de la ética del futuro.

Esta ética del futuro es la que hace falta construir. Una ética que se provea de instrumentos de visión prospectiva para las políticas y que integre las perspectivas a largo plazo, en la sucesión y consecución de nuestras decisiones presentes.


*Jurista, Politólogo y Diplomático.