•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Estimado lector, como usted sabe, la “crisis de los misiles” que se desarrolló entre el 16 y 28 de octubre de 1962, puso al mundo al borde de la guerra nuclear, guerra que muy probablemente no la hubiera ganado Estados Unidos o Rusia y de haberla iniciado cualquiera de las partes, ambas la hubieran perdido, ya que en el afán de derrotar al adversario, las dos naciones y el mundo entero hubieran quedado completamente destruidos.

Como le dijo Nikita Khrushchev a John Kennedy, en una carta que le envió durante la crisis, “si la guerra, en realidad inicia, ninguno de nosotros tendremos el poder para detenerla, ya que esa es la naturaleza de la guerra”.

Sin embargo, y afortunadamente para la humanidad, este episodio es hoy uno de los mejores ejemplos en el campo de la negociación, ya que nos muestra la forma inteligente de administrar una crisis de enormes consecuencias, cuando las negociaciones se ponen feas y tienes que lidiar con la irracionalidad, la desconfianza, la cólera, las amenazas y los egos.

Si alguna vez, por esas cosas de la vida, a usted le tocara participar en este tipo de negociaciones, le recomiendo nuevamente leer el libro de los profesores Malhotra y Bazerman, “Negotiation genius” y, especialmente, “Thirteen days”, de Robert Kennedy.

Y para motivarlo a leer estos libros, en esta oportunidad deseo compartir con usted algunas de las reflexiones de Robert sobre la famosa crisis de los misiles, ya que personalmente jugó un papel clave en todo el proceso.

Primero debemos recordar es que esta fue una crisis mundial, no fue algo regional, nacional y mucho menos privado. Por lo tanto, el mundo entero estaba pendiente de cómo actuarían los dos negociadores visibles, el presidente Kennedy y el premier Khrushchev y ambos sabían que de su actuación dependería su liderazgo en el futuro.  

Segundo, por lo tanto, el ego era fundamental, ya que ninguno de estos dos líderes podía darse el lujo de parecer débiles ante sus ciudadanos, sus adversarios políticos, los medios de comunicación y la comunidad internacional en general.  En ese sentido Robert recuerda una conversación de John con sus asesores y donde les decía, “ninguna de las partes desea una guerra a causa de Cuba, estamos de acuerdo, pero también es cierto que cualquiera de las partes, por razones de seguridad, orgullo o imagen, puede tomar una decisión que obligue a la otra parte a responder, por esas mismas razones de seguridad, orgullo o imagen y terminemos en un grave conflicto armado”. 

Tercero, ambas partes estaban conscientes que el ataque de parte de una ellas tendría que ser respondido de forma inmediata, llevándolas a la guerra y eso era totalmente irracional; sin embargo, también sabían que por ego, cólera, mala comunicación o error de cálculo, la irracionalidad podía prevalecer.

Cuarto, el presidente Kennedy siempre estuvo consciente de los sentimientos y la posición de sus asesores militares que firmemente creían que la mejor opción era una fuerte respuesta militar en contra de Cuba. Sin embargo, Kennedy optó por la opción menos agresiva, el bloqueo, y le dijo a sus asesores que, “el mayor riesgo y peligro en esta situación es un error de cálculo; un error de juicio”.

Quinto, según Robert Kennedy, “el presidente desde un inicio creyó que el premier soviético era una persona racional e inteligente, y que si se le brindaba suficiente tiempo para decidir, pero mostrándole nuestra determinación, modificaría su posición. Pero siempre hubo la posibilidad de un error de cálculo, un mal entendido, y por ello el presidente hizo todo lo posible para reducir esa posibilidad de nuestra parte”.

Y sexto, por lo tanto, existían todos los ingredientes para que se desarrollara una “tormenta perfecta” y, sin embargo, ambas partes fueron capaces de negociar una resolución pacífica del conflicto.  

¿Y por qué fue ello posible?

Según Robert Kennedy, el genio negociador de su hermano John salvó al mundo de una catástrofe nuclear, y “la gran lección de la crisis de los misiles es la importancia de habernos puesto en los zapatos del otro país. Durante la crisis, el presidente Kennedy dedicó la mayor parte de su tiempo a entender las consecuencias que las distintas acciones alternativas tendrían en Khrushchev y en los rusos.  En todas sus discusiones siempre hubo un afán de no hacer caer en desgracia a Khrushchev, ni humillar al pueblo soviético, para no forzarlos a escalar sus posiciones para defender su seguridad o sus intereses nacionales”.

Espero que esta experiencia, algún día, le sea de alguna utilidad.

nramirezs50@hotmail.com

*Doctor en Derecho y Economía.