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Los abusos sexuales a menores son delitos crueles con daños incalculables, repugnan a cualquier mente sana y merecen castigos ejemplares. En esto no puede haber medias tintas.

Es evidente que se trata de un problema dentro de nuestra amada Iglesia.

Un problema grave y muy doloroso. Religiosos consagrados, sacerdotes, obispos y hasta cardenales han cometido ellos mismos o han callado ante numerosos casos de abusos de menores.

No se vale tratar de justificar el silencio con argumentos tales como la protección de un padre (el obispo) a un hijo (el sacerdote abusador), pues los niños y niñas abusados también son sus hijos encomendados por Dios al cuido del pastor. Ni se vale decir que “los trapos sucios se lavan en casa”, pues guardar tanta suciedad contamina toda la casa.

En las instituciones eclesiásticas (seminarios, conventos, colegios, parroquias, etc.) han sido muchos los abusos sexuales que se han cometido. La mayoría de los niños y niñas abusados de manera brutal y humillante pocas veces lo cuentan por miedo o por vergüenza. Algunos lo cuentan cuando han pasado muchos años y el delito ya prescribió ante la ley.

Es de suma importancia tener presente que —en la larga historia de la Iglesia— hoy ha surgido el papa Francisco que ha tenido el valor, la libertad y la sinceridad, no solo de reconocer públicamente que ha habido y hay clérigos que han cometido y siguen cometiendo abusos sexuales a menores, sino que ha actuado con mano dura, que ha ordenado la “cero tolerancia” y que sus palabras han sido acompañadas con hechos reales y concretos: denuncias específicas y sanciones reales, incluso de cardenales.

Todo ello mientras suplica, hasta las lágrimas, de parte de los abusados, el perdón para la Iglesia. El papa Francisco reunió a todos los presidentes de las conferencias episcopales del mundo y a los superiores generales de todas las órdenes religiosas para darles instrucciones claras y precisas de cómo proceder enérgicamente.

Aunque las sanciones que la Iglesia puede poner no pueden ir más allá del Código de Derecho Canónico (ya reformado para endurecerlo) y la denuncia pública.  ¡Admirable, valiente, el papa Francisco! Porque gobernar la Iglesia con tantos enemigos que le ponen palos en las ruedas, no es cosa fácil y ahora los ha aumentado. 

Reconocer la existencia y criminalidad de estos abusos y aplicar la sanción legal que corresponde, son asuntos que no dependen solamente del Santo Padre. Estamos ante un problema grave, cuya solución depende, ante todo y sobre todo, de las autoridades civiles.

Es verdad que las autoridades religiosas no deben ocultar nunca este delito y que algunas autoridades de la Iglesia han ocultado este atroz crimen. Pero tan cierto como eso, es que el papa Francisco ha destapado esta lacra, incluso a costa de ser expuesta la Iglesia y el clero a las más duras críticas.

Sin embargo, el abuso sexual de menores no es “un delito de curas”, cuyo responsable máximo sea (o deba ser) quien ejerce la autoridad suprema sobre todos los curas del mundo, el obispo de Roma, hoy el papa Francisco. Presentar los abusos sexuales de menores como un problema cuyo responsable es la Iglesia, es simplemente ridículo. No solo dentro del clero católico es donde se encuentran los responsables de tales horrendos crímenes.

El problema de los abusos sexuales no es solo, ni principalmente, “asunto de curas”. Abusos sexuales pueden producirse (y se producen) donde hay seres humanos. Sabemos que hay muchos casos de abusos sexuales en organizaciones no católicas que trabajan con niños, escuelas, orfanatos, en otras confesiones religiosas y hasta en familias.

De hecho, el porcentaje de curas abusadores es mucho menor de lo que parece en las noticias; el Papa lo ha calculado en un 2%, lo cual coincide con el porcentaje promedio que se calcula en toda comunidad humana. La inmensa mayoría de sacerdotes no son, ni de lejos, abusadores. Es más, la inmensa mayoría de los clérigos católicos — ¡tantos como, por lo menos, el 98%! — son personas de alta moralidad y admirable comportamiento.

Si reducimos, de buena o mala fe, el problema a la Iglesia se olvidarán muchísimos otros casos que quedarían en la impunidad. El problema es de toda la sociedad humana y la solución está dentro de la sociedad civil. En todo el mundo las autoridades civiles deben modificar sus códigos penales, de forma que los delitos de abusos sexuales a menores sean investigados donde quiera que existan, debidamente juzgados y rigurosamente castigados. 

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