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Ayer por la noche me contaron la historia real de un hombre al que le quedaban siete meses de vida, según todos los diagnósticos de los médicos. Tenía un cáncer terminal, y ya le habían contado exactamente sus días, y eso si las cosas iban bien. Al poco de conocer el diagnóstico fatal, el hombre se levantó de su cama y se fue al espejo del baño. Se miró a sí mismo por entero, poniendo especial atención en la piel que recubría el lugar donde según las máquinas que le exploraron por dentro, el cáncer le quitaba la vida sin pausa. Miró con precaución primero, luego con curiosidad, y aún se atrevió a tocarse, más fuerte, se punzó él mismo, se presionó el lugar como para reconocer y darle la mano al minúsculo enemigo que se le había alojado. Su mujer le oyó decir: “Ok, tú te vienes conmigo hasta el final”, pero no se lo decía a ella, sino que parecía ser él mismo quien estaba invitando a las células que se le reproducían sin control en sus adentros (creo que eso es el cáncer), a acompañarlo a sus últimos días.

Después de ese encuentro con el espejo, pasó unos días absorto y con la mirada algo perdida, un tanto sombría. Nadie, ni sus familiares que habitaban la casa, ni sus amigos se atrevieron a preguntarle ni a darle ánimos. Porque quién sabe lo que se debe decir a un hombre al que le sentencian de muerte. Todavía no tenemos diccionario para algunas cosas, y para ésta menos. Pero como su estado de preocupación ausente se prolongaba y nadie quería que pasara así el tiempo que le quedaba, hubo un valiente que una tarde le preguntó por qué no mejoraba el ánimo. La contestación los dejó a todos con la boca abierta.

La causa de su estado de ánimo no tenía nada que ver con el cáncer, ni siquiera con su muerte, sino con el tiempo que le quedaba de vida (que no es lo mismo). El hombre no temía por su final, sino por otra cosa insospechada. “Lo que más me preocupa”, dijo con solemnidad, “es el problema de conexión que tenemos con el cable; nadie ha logrado saber por qué la señal no entra bien en la televisión. Debo solucionarlo eso cuanto antes”.

Bien, parece que el hombre todavía no ha muerto, y han pasado los siete meses de su sentencia médica. Los problemas de conexión por cable continúan, y según me contaron, cada vez que le preguntan cree estar más cerca de arreglarlo. Pero nadie confía mucho en que lo haga.

Después de que me contaron la historia, me quedó la duda de si, haciendo una fácil relación, aquel hombre no había ligado imaginariamente su vida al problema del cable, y al hecho de que hasta que no pudiera arreglarlo, se mantendría con vida. Luego, te enteras que no es el único caso que sabes o te han contado. Sólo basta recordar en tu propia familia, a las personas que aún estando a punto de morir, se aferraban a las pequeñas cosas, a lo cotidiano, absurda y fervientemente, con la vehemencia del náufrago a la propia vida, aunque la vida sea una triste tabla de madera en medio del océano. Es curioso. Tal vez algo pueril, pero no deja de ser extraordinario.

En hospitales infantiles, como el de la Mascota, muchos médicos cuentan de niños que saben que se van a morir de enfermedades sin cura. Muchos, conectados a una máquina de oxígeno durante los pocos años de vida, son plenamente conscientes, pero su máxima excitación es la posibilidad del juego. Dicen que son capaces de parar el tiempo con una simple pelota de goma, aunque el tiempo sea su mayor enemigo. Para mí que son magos, unos magos pequeños a los que no les vemos el truco. Por eso son buenos magos.

A un tío mío le pasó algo similar. Tenía algo más de sesenta años. Había acumulado una gran cantidad de libros en su casa. También le habían diagnosticado cáncer de colon y tres meses de vida. A todo mundo al que conocía por primera vez en sus últimos días, le decía con humor macabro: “Me llamo Luis, y me quedan tres meses de vida, para que no se haga ilusiones”. Rebasó ese período porque se propuso ordenar concienzudamente una biblioteca, y hasta que no terminó con ello, no dejó que el cáncer completara su trabajo de siempre. Y luego, mi abuela Marichu, que aunque ya presentaba algunas fallas de memoria, le prometió a mi madre ayudarle a acabar una labor de costura, creo que unos manteles y unas cortinas, que ella sabía coser con un viejo estilo de ganchillo de principios de siglo que ya muy pocos hacían. Era la persona más alegre, después de mi madre, que yo haya conocido. Es que era andaluza, de Sevilla. Tuvo el ingenio de aferrarse a esa labor, y sólo hasta que la concluyó, se dejó arrastrar hacia el limbo infantil del alzhéimer, donde sólo permaneció unos días, antes de morirse, convertida otra vez en una niña. Allí, justo donde las pequeñas cosas son nada más y nada menos que la vida.


franciscosancho@hotmail.com