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Una figura relevante a nivel nacional, un educador de vocación y profesión, un deportista estrella —apasionado del fútbol—, un español del país vasco nacionalizado nicaragüense en 1970, decidió, al cumplir 78 años, difundir detalladamente su vida; dejar testimonio de la fuerte crisis de conciencia existencial que ha padecido. Aún más: valientemente proyecta su ego (ilustrándolo con 71 fotografías de sí mismo), acaso como una terapia.

No es necesario consignar sus nombres de pila y apellido. Por las señas anteriores —y las que trazaré a continuación— resulta fácil identificarlo. Hablo del autor de La vida más allá de Uno: una extensa autobiografía, narrada en orden cronológico, que inspira compasión. Porque a través de ellas se comprende el profundo dolor que experimentó al soportar por un tiempo una úlcera sangrante cerca del píloro; al luchar contra el cáncer: un linfoma ubicado en el mesenterio, en la cola del páncreas, del tamaño de una pelota de béisbol; al sobrellevar la deformación congénita cerebral de uno de sus nietos; al sufrir la “hepatitis C” que lo han transformado en un ser exhausto, décadas atrás atlético y pletórico; y al perder a su segundo hijo de 25 años y recién casado (“más agradable, más campechano, más alegre, el que yo tenía más cerca”); hecho que significó para su padre “el peor cáncer que hubiera podido sufrir en mi vida, del que no me he curado, porque es un cáncer del alma” (pág. 186).

Pero el hecho que marcó su vida adulta —el más difícil, conflictivo, triste, duro e imborrable— fue la decisión tomada en enero de 1979 de abandonar la Compañía de Jesús a sus 48 años. “Las causas no se pueden sintetizar. Son una serie de circunstancias y de situaciones de todo tipo, físicas, psicológicas, espirituales, emotivas, psíquicas” (pág. 141). ¿Qué lo desencadenó? El nacimiento de su primer hijo el 3 de septiembre de 1978. Mejor dicho: un imperativo ético que fue humanamente correcto: hoy su primogénito es la razón de su existir, mayor orgullo y excelente catedrático. Así, el tercer rector de la primera universidad privada surgida en Centroamérica —tras pensar, orar, sufrir y llorar mucho— expuso su problema al Padre Provincial de su Orden, recibiendo todo el apoyo, toda la comprensión, todas las facilidades para quedarse dentro de la Compañía de Jesús con una condición: permanecer fuera del país.

A él —que ya había “renacido” en Nicaragua, como Angelito Martínez Baigorri— le pareció que debía sacrificar lo que más amaba: su vocación sacerdotal (tenía 17 años de haber sido ordenado) y la vida dentro de la Compañía de Jesús, hasta entonces sus dos grandes amores. Amores que, confiesa, “todavía los tengo dentro, porque en mis actitudes, en mis comportamientos, en mis valores, sigo siendo sacerdote y jesuita: un jesuita civil” —especifica, aportando una nueva categoría justificativa de su praxis personal. Civil, no eclesiástica, pero aparentemente ignaciano. Optó, pues, por el matrimonio con la alumna —madre de su hijo— que cursaba la carrera de Leyes —dechado de belleza, laboriosidad e inteligencia— en el centro universitario del que era su máxima autoridad. Pero el nombre de ella no lo cita a lo largo de todo su dramático discurso, ya que sólo resultó para él “un alivio que yo diría periférico” (pág. 143).

No obstante, admite, que su primera esposa —que también le dio su segundo hijo— se acercó a su vida, lo apoyó, comprendió y ayudó económicamente. Pero “no llegó a penetrar en las entrañas mismas de mi alma y de mi espíritu” (pág. 143). Y sigue confesando: “Mi alma y mi espíritu habían vivido para otra cosa, de tal manera que yo no estaba preparado para enfrentar la vida normal, la vida de la gente, la vida en sociedad, la vida en la que tú eres dueño, en la que tienes que procurarte todos los medios, en las que tus responsabilidades son tuyos y no de una comunidad, no de un grupo ya institucionalizado que te da todo”. Sin embargo, la solidaridad de sus ex compañeros jesuitas, y la de sus protectores laicos, amigos, dentro y fuera del país, ex discípulos e incluso dirigentes políticos le han ayudado oportuna y suficientemente hasta hoy, como lo reconoce y agradece.

Sin duda la persona más importante en ese sentido no podía ser otra que el ingeniero Alberto Chamorro Benard (uno de los fundadores de la UCA), a quien considera una especie de padre y valora como “persona extraordinaria, de un carácter excepcional, de una personalidad rica, prominente” (pág. 75). Por él, en su carácter de Presidente de la Junta de Directores, fue investido como rector y cuando se retiró de la Compañía de Jesús le confió su problema, tal como lo expresa: “hablé con Alberto, le dije cuál era mi decisión; se quedó un poquito impresionado, pero de inmediato, con una gran serenidad, me apoyó y me dijo que contara con él para todo y en todo”. Y añade un dato frívolo, pero revelador del señorío granadino. “Me encontraba almorzando en Los Ranchos con quien sería mi primera esposa, entonces el mesero nos trajo una botella de vino. Yo quedé sorprendido y le pregunté de quién era la cortesía y me contestó que de don Alberto Chamorro, quien estaba allí almorzando” (pág. 76).

Su caso, ocurrido hace treinta años, no se olvida. Recientemente, él fue entrevistado en un canal televisivo, donde se relacionó con el mediático y cínico cubano Padre Alberto. Pero la comparación es odiosa u ociosa, ya que el caso de nuestro admirado y admirable educador es radicalmente distinto. En principio, su protagonista fue un producto de la posguerra civil española, nacido en Durango, provincia de Vizcaya, España, el 13 de mayo de 1931. Hijo de panadero y maestra rural, se educó en el colegio de San José, de los jesuitas de Durango, tras haber obtenido beca por sus buenas notas y potencialidad deportiva hasta bachillerarse. “Mis padres —señala— eran de clase media baja” (pág. 23).

Su itinerario abarcaría el ingreso a la Compañía de Jesús en Orduña el 13 de septiembre de 1949, de 18 años, no sin antes enamorarse de Teresa Orúe (“fue como una explosión de esa pequeña bomba atómica que en la vida humana se llama amor”) y el noviciado, a partir de noviembre, 1950, en Santa Tecla. También los estudios de filosofía y humanidades clásicas en Quito, concluidos en 1956; los años de vigilante y profesor en el Colegio Centroamérica hasta 1959, el estudio de Teología en la Universidad Innsbruck —bajo el magisterio de Kart Rahner, entre otros artífices del Concilio Vaticano II— y su ordenamiento en 1962, más el año de tercera aprobación en Salamanca.

Hasta aquí el contenido del capítulo I de esta obra que en sus restantes páginas abarca aspectos claves del desarrollo educacional e histórico de Nicaragua desde las perspectivas de un personaje protagónico, no de un simple testigo. Imposible resumirlos. Basta citar su primera etapa —en la Universidad Centroamericana (1964-1976)—, durante la cual destaca su papel de vicerrector académico —nombrado en 1968— y su participación en la huelga estudiantil de 1970 que culminó en la toma de la vieja catedral de Managua. Tal vez sea este acontecimiento, que documenta ampliamente, el que catapultó su trascendencia en la vida pública de Nicaragua.

El autor no se olvida de sus estudios posteriores en Alcalá de Henares, en el Incae, y en Boston University; ni, naturalmente, de la floreciente época de su rectorado. Entonces fue miembro ejecutivo de la Udual (Unión de Universidades de América Latina) y presidente de la Fupac (Federación de Universidades Privadas de América Central), formuló toda una concepción acerca de Universidad y Sociedad, aparte de escribir ensayos sobre temas como humanismo y liberación, realidad nacional, posibilidad y realidad de una filosofía latinoamericana, etc.; y un libro que el suscrito reseñara: Nicaragua en la Educación (1976), en coautoría con el ingeniero Rafael Kaufman).

El capítulo IV lo dedica al proceso revolucionario (1979-1989) y primeros años de la década de los 90. Otro libro importante facturó, esta vez con el licenciado Róger Matus Lazo: Diez años de Educación en la Revolución (1989), no faltando los malos recuerdos, como las represalias recibidas por un Ministro de Educación, ex alumno suyo; y los buenos, el del Iniep (Instituto Nicaragüense de Investigación y Educación Popular). El V recorre su segunda etapa en la Universidad Centroamericana, involucrado en el Preal (Programa de la Reforma Educativa en América Latina) y en Ideuca; experiencias que compartió con una psicóloga, cuyo nombre cita en varias páginas y que sería a partir de 1998 su “verdadera esposa, con la que me he identificado hasta las entrañas más profundas de mi alma” (pág. 168).

Dos capítulos más contiene el libro que comentó: el VI (“Aspectos humanos más personales”) y el VII (“Recuento”). En éste se localizan dos párrafos. Uno comienza: “He vivido cuatro épocas muy interesantes y distintas de nuestra educación: la época somocista, la sandinista, la neoliberal y la que estoy viviendo: la época del rescate educativo de la educación, en un contexto distinto de los años ochenta”. Y el otro enfatiza su específico papel agradeciendo a la educación nacional. Finalmente, en su rotundo sí a la vida el autobiógrafo incluye enfrentarse a un nuevo reto: una obra que piensa escribir, “tan pronto el tiempo sea un aliado importante para mí, y cuente con los recursos necesarios para hacerlo” (pág. 216). No dudo que Juanito dispondrá de ellos; pero a un Kauffman y a un Matus Lazo —especies en extinción— no los hallará fácilmente.