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La veo siempre por todos lados. Es aquella mulata que se despierta temprano para tomar el bus a diario y llegar antes que todos al trabajo, para que no la subestimen. También la he observado viajar en taxi, con sus lentes gruesos y vestido sencillo, con el tiempo tras ella, sofocada por llegar a su casa para ver a su familia. Ahora viaja hasta en moto, con el casco puesto y pidiendo vía con su brazo en una calle solitaria, llena de silencio, para respetar las normas y no ser multadas por inconsciente.

Pero la mayoría de veces la miro caminando por esos vericuetos infernales e interminables que llamamos calles, a toda hora, con ese paso de venado escurridizo o con esa paciente autoridad que le da su naturaleza femenina, mientras piensa en cómo hará esta vez para conseguir plata, con esta crisis, para seguir sosteniendo el hogar.

Dios nos las obsequió de tantas formas, que uno se confunde: alta, baja, flaquita, gordita, pero en donde puso su sello inconfundible fue en sus facciones, que no engañan, tiene un rostro de madre. Explicarlo es sencillamente inefable, pero se conoce. Tiene una cara de bendita, que parece ángel de iglesia de pueblo. Así son todas, sencillas como una nube.

“No pienso tanto en el Día de la Madre, sino en los días que voy a ser madre”, manifiesta casi en silogismo Antonia Lacayo, una morena sólida de 38 años, mientras esboza esa sonrisa materna y se acaricia con suavidad su “panza”. Cuenta los minutos en esa atiborrada sala de espera para ser ingresada. Respira con dificultad y sabe que será cesareada, pero eso ni la inmuta, quiere ser mamá. De verdad lo quiere ser.

Este embarazo lo ha logrado completar con muchos esfuerzos, luego de dos pérdidas irreparables. Es madre soltera, y aunque vive en la capital, trabaja fuera de Managua. “Eso es lo que me preocupa”, dice con desgano, “dejarlo solito”. Por fin la llegaron a traer en una silla de ruedas. Se despidió de su prima que la acompañaba, pero no llevaba miedo en los ojos, no; llevaba una felicidad indecible y una alegría cómplice. “Nos vemos más tarde”, atinó a decir.

Como ella hay muchas, que para mantener a sus hijos deben de salir de la ciudad a buscar vida en otras. O venden en los semáforos o tienen una profesión o trabajan de todo. Mi madre es un ejemplo. Tiene 60 años casi cumplidos y un carácter a prueba de miedo. Alta y recia, posee una belleza rústica y ancestral que la llena de vida, y una altivez tremenda, ganada en esas batallas contra las vicisitudes de esta vida. Tal vez sea esto la impronta que las hace única.

Verdaderamente trabajó de todo. Vendedora por necesidad, afanadora casi por costumbre, costurera artesanal por vocación y contadora de profesión, toda una vida de madre por atavismo. Hoy tiene los cabellos cenizos, pero con ese tono metálico que relumbra con el sol. También como ella hay muchas, que luchan más allá de sus fuerzas para seguir siendo el pilar incólume de la casa.

Cómo dedicarle un día, si no todos. Para qué una felicitación si se puede dar un abrazo y prodigar diez te quiero. Dónde encontrar otra relación que vaya más allá de la consanguinidad y la afinidad natural; esa unión irrepetible, también inefable e indestructible, sino en ese bello regalo que Dios nos obsequió, la madre.