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Cada vez que nos comunicamos, elegimos consciente o inconscientemente, una forma de lenguaje que nos define nuestra condición de usuario de la lengua. ¿Por qué? Porque todo individuo tiene, potencialmente, un registro de las variedades lingüísticas, y al hacer uso de la lengua se expresará dependiendo de ciertos factores, como el momento, el contexto comunicativo, la clase social y el grado de cultura.

Y es que cuando nos expresamos, no lo hacemos de la misma manera, pues seleccionamos una “forma de hablar” considerada adecuada al contexto, es decir, a la situación o circunstancia que rodea y condiciona el acto comunicativo.

Cuanto más alto es el nivel cultural de una persona, más registros domina. Un hablante culto, por ejemplo, tiene más registros en su acervo lingüístico, es decir, más “formas de hablar”, de modo que podrá variar de un registro familiar o coloquial cuando conversa con un familiar o un amigo a uno cordial y con cierta formalidad en una entrevista de trabajo o a uno solemne y retórico cuando hace uso de la palabra en un acto público como un entierro de un conocido o una ceremonia de graduación.

Un hablante de bajo nivel cultural, por el contrario, no tiene más recursos que el registro popular o coloquial-bajo, de forma que no hallará manera alguna de comunicarse adecuadamente en aquellos entornos al margen de sus posibilidades expresivas. Y aunque lo intente sólo conseguirá, por imitar imperfectamente a la gente culta, pronunciar algunas palabras como negocea (en vez de negocia), cameo (en vez de camello), piccina (en vez de piscina), interperie (en vez de intemperie) y otros casos conocidos como ultracorrección.

En la escritura, ocurre lo mismo. Un escritor, según sus intereses, elegirá el registro popular poniendo en boca de sus personajes esa habla y esa manera de ser que los identifica o describirá un bello paisaje utilizando un registro literario o poético.

La lengua, entonces, es un código compartido. Esa es la base de la unidad. Pero es evidente que cada hablante, en particular, hace un uso individual de ese código. Ahí reside la diversidad. Porque si todos hablamos español, por ejemplo, no todos hablamos de la misma manera: no habla lo mismo el costarricense que el salvadoreño ni el cubano que el nicaragüense. Y no nos referimos solamente a la pronunciación de determinadas palabras, sino al uso del vocabulario, como variante regional de la lengua. De pedo (casualidad) dicen en Argentina y Uruguay y nosotros en Nicaragua decimos de chiripa; quemarla es fumar marihuana para los nicas y para los puertorriqueños es ‘dar una palmada en la mano de uno a modo de saludo’; lempo, en Costa Rica, es de color moreno y en Nicaragua pálido; un traido para nosotros es una enemistad y novio para los guatemaltecos y peruanos; un conchudo es un sinvergüenza para los nicas, un maricón para los chilenos y un estúpido para los argentinos.

Pero la diversidad, y específicamente la variedad, se evidencia también en el uso de la lengua según el lugar de origen y residencia de los hablantes. Una persona que vive en el campo se diferencia del hablante urbano en el uso, por ejemplo, de voces anticuadas. Carlos Mejía Godoy recoge en sus canciones esos arcaísmos que reviven usos desaparecidos de la lengua común Veamos el uso de vide, en lugar de vi, pasado del verbo ver):

Venía cantando
No sé qué tonada cuando yo la vide
Pero al contimplarla
Hasta la saliva se me puso chirre (Cuando yo la vide)

O el adverbio agora, en lugar de ahora:
Por Cristo que sos mi mamita y esto de agorita no puede salir
(La Carmen Aseada)

O el adverbio enantes, en lugar de antes:
Enantes perdí la inocencia
Por las inquirencias del teniente Cosme (María de los guardias)

Incluso, una misma persona habla de manera diferente según el contexto en que se encuentre o los oficios que domine. Así, en pesos y medidas, muñeca es una medida de longitud usada en la compraventa de manila y equivale a la distancia que va del codo a la punta del dedo medio, aproximadamente media yarda. En una boda, tapado es una mantilla o prenda de tela color blanco que cubre la cabeza y el rostro de la mujer en señal de pureza y castidad. En marinería, corbata es una cuerda para sujetar la carga de la embarcación. En la ganadería, clineja es una cuerda que va de la cincha a la cola del caballo. En el cultivo del algodón, chompipiar significa arrancar el zacate que crece entre la planta de algodón. En el embarazo, pipona se emplea para designar a la mujer con la barriga grande por su avanzado estado de preñez. En la carpintería, llaman ruteadora a la herramienta que sirve para afinar y moldear la madera. En política, pactismo significa componenda política con el partido gobernante. Los navegantes del lago llaman corral al arrecife, escollo o piedras amontonadas y semicubiertas por el agua. En el léxico relacionado con el cuerpo humano, se llama cachete a la mejilla. Y en el léxico del borracho, dormir la mona significa dormir la borrachera.

Y todavía más: no hablan de la misma manera ni siquiera las personas que viven en la misma casa, porque el abuelo dirá guayabudo y el nieto trofeo; el papá hablará de chambulines y el hijo de billullo; para la esposa todo será “de muerte” y para el esposo “brutal”; lo que para la mamá es una “guayola”, para la hija es una “cuina”; el abuelo hablará de “corrompición” y el nieto de “charanga”; la mamá le dirá “mi tierna” a la hija, aunque tenga veinte años, y la hija le dirá “mi roquita” a la mamá, aunque todavía se defienda.

En síntesis, no basta solamente el conocimiento de la lengua como sistema en abstracto (estructura, leyes y normas que orientan su funcionamiento), sino también el dominio de las distintas realizaciones de este sistema en cada circunstancia concreta de uso; es decir, conocer y emplear las distintas variedades lingüísticas que hacen de nuestro idioma una lengua de gran cultura.


rmatuslazo@cablenet.com.ni