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Fui a misa el domingo en Phoenix, Arizona. Lo he estado haciendo desde hace meses, por ese interés en aprender que nunca me ha abandonado. Tardíamente he descubierto cómo enseñan las homilías al analizar los evangelios.

En West Palm Beach antes y ahora en Arizona, voy a misa acompañando a mi hija Tania y su esposo Arnoldo Artiles, y cuando estoy en Miami, lo hago de la mano de Edith Olivares, esposa de mi gran amigo Juan Carlos Ugarte, una predicadora de la palabra de Dios de tiempo completo.

Cuando el sacerdote polaco Pawel Stawarczyk, de muy buen manejo del español, solicitó que levantaran la mano los que conocían la historia del Hijo Pródigo, todos en la iglesia lo hicieron, pero él sonriente, les dijo: “Eso creen, pero no, no la conocen. No en su verdadero significado, en su esencia, más allá del final feliz con el regreso del hijo que se había desviado y la reunificación de la familia. Hay que profundizar en el mensaje alrededor de eso”.

La repetición del abuso

Explicó el sacerdote, que el padre consideró ver resucitado a un hijo que daba por muerto y sintió satisfacción por haberlo encontrado luego de perderlo, porque regresó con un arrepentimiento bien cultivado en base a la experiencia atravesada, después de haber mostrado una arrogancia para reclamar anticipadamente su parte de la herencia y salir a derrocharla.

Mientras tanto, el otro hermano, el mayor y más consciente, continuó trabajando al lado del padre. “¿Qué observó el padre en el hijo que regresaba? Un arrepentimiento con humildad para trabajar como obrero en busca de una real reivindicación.

Eso es lo que festejó a la orilla del perdón. Lo que no se puede permitir es la reiteración de los abusos. Regresar para volver a cometer abusos y ser tolerante con eso, no es de cristianos”…

Por un momento tuve la impresión de que el padre Pawel había estado en Managua durante los últimos sábados, sobre todo en la zona de Metrocentro, observando la manipulación del arrepentimiento, lo que no es humano. “Esa transformación del hijo merecía sacrificar al becerro más gordo, entregarle un anillo y brindar. No es solo el regreso, es la forma de hacerlo y el compromiso”, apuntó tratando de cubrirnos a todos con su mirada.

La sumisión, mala elección

Aplicó una pausa y continuó refiriéndose al enojo del otro hijo, el obediente, el trabajador, el que nunca se quejó y no fue premiado con algún festejo, por eso, al ser informado de la decisión de su padre: “Él eligió ser víctima y vivir tristemente.

Eso tampoco es ser cristiano. Ser sumiso es una mala elección, más aún si se agrega el temor. Tú nunca me pediste el cabrito que hoy reclamas para festejar con tus amigos, porque estuviste concentrado en la obediencia y el servicio, le dijo el padre al hijo que nunca le dio problemas.

Uno depende de sus decisiones beligerantes dentro de la corrección, no de resignarse a la conformidad. Eso es triste. No lleva a ningún lado”…Escuchándolo, recordé aquella drástica sentencia: “cada pueblo tiene el gobierno que merece”, pero sobre todo, tomé las frases del padre como un cuestionamiento al llamado “borreguismo”, con desviaciones peligrosas hacia “el sapismo”, algo a lo cual siempre he sido alérgico como expresé en una entrevista que me hicieron en enero del 2018 y fue publicada. Es un asunto de libre albedrío, el arrepentimiento sin el uso del engaño, que es el verdadero, y el elegir ser víctima. Si buscas la democracia, hay que batallar.