Adolfo Miranda Sáenz
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En el capítulo 25 del Evangelio del apóstol Mateo se nos relata que cuando tengamos que comparecer ante Jesús, después de esta vida, la regla que Jesús nos aplicará, para entrar a la vida eterna en el Reino de los Cielos será si dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, si acogimos al migrante, si suplimos las necesidades del pobre (como por ejemplo, el vestido), si atendimos al enfermo, si visitamos al preso.

Tradicionalmente se les llama “obras de misericordia”, pero tal nombre no refleja la importancia que tienen, pues de ello —y de nada más— depende nuestra salvación eterna. Los cristianos sabemos que estas palabras de Jesús van más allá de darle el pan a una persona hambrienta o visitar, de vez en cuando, a los enfermos y encarcelados.  Eso es bueno, pero no suficiente. Jesús no pretende que interpretemos sus palabras en un sentido tan restringido.

Los textos del Evangelio debemos entenderlos en el contexto de todo el Evangelio de Jesús, no aisladamente. Jesús fue muy claro en las necesidades humanas que debemos atender, como en la parábola del buen samaritano.

El tema de la pobreza lo destacó en la parábola del pobre Lázaro y del rico que la tradición llama Epulón. Llamó bienaventurados a los pobres “porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Insistió varias veces en la contradicción entre riqueza y pobreza. Dijo que no se puede servir a dos “señores”: a las riquezas y a Dios, y que es difícil (aunque no imposible) que un rico entre al Reino de los Cielos.

En ese contexto, cuando Jesús nos manda dar de comer al hambriento también nos manda preguntarnos, ¿por qué hay hambrientos? Según la FAO alrededor de 800 millones de personas en el mundo no tiene suficientes alimentos, más de 3 millones de niños mueren cada año por desnutrición. 66 millones de niños asisten a clases con hambre.

El Informe sobre Riqueza Global de Credit Suisse destaca que 0.7% de la población mundial, la cual representa cerca de 34 millones de personas, posee el 45.2% de la riqueza global, mientras que 71% de la población cuenta solo con 3% de la riqueza mundial.

Esto quiere decir que el 1% más rico tiene tanta riqueza como todo el resto del mundo junto. Jesús quiere que nos preguntemos: ¿Por qué ese contraste entre tanta pobreza y la riqueza concentrada en el mundo? ¿Qué puedo hacer para que las cosas sean más justas? No se trata de acabar con  los ricos, pero sí de que haya más justicia social. 

Dar un vaso de agua por amor al prójimo es algo bueno. Pero, ¿por qué tanta gente no tiene acceso al agua potable? Más de 1,100 millones de personas en el mundo carecen de agua potable. Cada año 3 millones y medio de personas mueren debido a enfermedades relacionadas con la calidad del agua.

Jesús nos preguntará, ¿qué hiciste para no desperdiciar ni contaminar las aguas? ¿Qué hacemos para que en nuestro país no tengan que emigrar tantas personas por necesidad? ¿Qué hacemos por la paz, el desarrollo, las fuentes de empleo? 80 millones de personas en Latinoamérica viven sin acceso a ropa decente limitando las oportunidades para su desarrollo ¿Cuántos hay sin zapatos y sin cubrir otras necesidades?  ¿Qué hacemos para que esto cambie? Es bueno visitar a los enfermos, pero, ¿por qué muchos enfermos no tienen atención médica ni reciben las medicinas que necesitan? La OMS dice que la pobreza es la “enfermedad más mortal del planeta”. Unos 1,400 niños menores de cinco años mueren cada día víctimas de enfermedades diarreicas relacionadas con la falta de acceso al agua potable, medicinas e higiene. ¡Jesús no quiere que seamos indiferentes ante esto! Es bueno visitar a los presos, pero sabemos que muchas personas están presas en diferentes países del mundo injustamente por denunciar la corrupción, defender a los oprimidos o exigir justicia, libertad y derechos. Otros por su raza o religión. A menudo son golpeados, torturados, humillados, amenazados y, peor aún, olvidados. 

Jesús un día nos va a juzgar por lo que hicimos ante todas estas situaciones. Todos podemos hacer algo, podemos tener una posición clara, firme y no indiferente. Empecemos por tomar conciencia y por cosas pequeñas como no tirar la basura, no contaminar el ambiente, cobrar y pagar lo justo, y saber escoger nuestras opciones políticas y trabajar en ellas a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia.

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