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Estimado lector, como usted sabe, muy pocas veces con una decisión de política económica se beneficia a todos los agentes económicos, ya que lo normal es que, generalmente, haya “ganadores y perdedores” y por ello, también generalmente, las decisiones de política económica tienden a favorecer a los grupos mejor organizados y que por lo mismo, tienden a expresar sus posiciones con mayor fuerza y efectividad.  Sin embargo, ello no significa que sus posiciones representen las mejores decisiones, para las grandes mayorías. 

Por ejemplo, cuando estando al frente del Banco Central de Nicaragua, tomé la decisión de reducir la tasa de minidevaluaciones del 12% al 6% anual, porque se estaba creando un “piso inflacionario” muy elevado para nuestras metas de inflación, beneficiamos a todos los asalariados que recibían su salario en moneda local y a todo el comercio importador, pero reducimos el beneficio que recibía el sector exportador, de forma tal que para compensarles parcialmente esa reducción, y dado que la situación fiscal era lo suficientemente sólida, establecimos un incentivo fiscal del 1.5% del valor de las exportaciones a favor del sector exportador. Este incentivo fiscal también lo creamos para compensar, aunque fuese parcialmente, las grandes ineficiencias que existían y todavía existen en el sistema de infraestructura en que descansa el aparato productivo nacional.  

Le comento esta experiencia para mostrarle que incluso en este caso que parecería que dicha decisión beneficiaría a todo el mundo, ya que la medida consistía en la reducción en la tasa anual de la devaluación, el sector exportador saldría lastimado; y recordemos que en economías “pequeñas y abiertas”, el crecimiento debe estar basado en ese sector exportador, ya que el mercado doméstico es muy limitado y, además, sin divisas no podemos crecer, ya que no podemos importar los insumos y materias primas requeridas por el aparato productivo nacional.

Veamos otro dilema que se le puede presentar al presidente del Banco Central, cuando está perdiendo reservas internacionales.  

Si la pérdida de reservas se debiera a un creciente déficit comercial en la balanza de pagos, el Banco Central para defender sus reservas podría recurrir a reducir la liquidez en el mercado financiero, colocando títulos o subiendo las tasas de interés, todo con el objetivo de restringir el crédito doméstico.  Con ello defendería sus reservas, pero se reduciría el crecimiento económico.  Asimismo, al subir las tasas de interés podría también afectar el nivel de mora en la cartera del sistema bancario nacional; y lo mismo ocurriría si decidiera incrementar la tasa de cambio, en cuyo caso y dependiendo de la magnitud de la “devaluación real”, los sectores ganadores y perdedores serían mucho más amplios.  

Por otro lado, si el problema del déficit comercial de la balanza de pagos se debe a un creciente déficit fiscal, para defender sus reservas, el Banco Central deberá persuadir al gobierno central a que tome las medidas necesarias para reducir el déficit fiscal, que a su vez reducirá el déficit comercial de la balanza de pagos y así se protegerán las reservas internacionales.  Pero de nuevo, algunos se beneficiarían y otros serían afectados negativamente por estas decisiones.

Recordemos que todo exceso de la demanda interna, ya sea del sector público por medio de un déficit fiscal o del sector privado por un excesivo crecimiento del crédito a este sector, siempre se reflejará en la balanza de pagos y en las reservas internacionales.  

Por eso es que aseguramos que en economías “pequeñas y abiertas” no se puede recurrir a políticas fiscales o monetarias keynesianas o “contracíclicas”, a menos que tengamos un enorme nivel de reservas internacionales o un acceso ilimitado al financiamiento externo, ya que de lo contrario, el desequilibrio monetario sería peor.  A este esquema de análisis es al que se le conoce como “el enfoque monetario de la balanza de pagos”.

Pero para internalizar este esquema de análisis se debe tener una visión integral del sistema económico y reconocer que todo está relacionado y que al final los efectos de todas las políticas económicas, ya sean estas fiscales o monetarias, repercutirán en las reservas internacionales.  Esto es fundamental a la hora de diseñar o recomendar políticas económicas.  Desafortunadamente, cuando no se tiene una visión integral, se pueden cometer errores imperdonables. 

Por lo tanto, cuando estamos hablando de economías “pequeñas y abiertas” es muy peligroso, frente a una contracción económica recomendar políticas “contracíclicas”, ya que en lugar de curar al paciente lo podemos matar.  Se lo dice alguien que no estudió con Milton Friedman en la Universidad de Chicago, donde este enfoque constituye la biblia de su escuela de economía, sino que estudió con Jim Tobin, el gran heredero del keynesianismo, pero que tuvo que reconocerlo cuando estuvo al frente del Banco Central.  Al final, ¡la realidad se impone!

Ahora, hablando de otro dilema, el dilema que se presenta entre el salario mínimo y el nivel de empleo, lo que le puedo decir es lo siguiente:  primero, que si bien es cierto, el empleo dignifica al ser humano y uno de los objetivos prioritarios de todo gobierno es generar empleo, desde el punto de vista estrictamente económico, la mano de obra es uno de los factores de producción y si su precio o costo es muy elevado, la demanda por este factor se reducirá, aumentándose el desempleo o no dándole oportunidades de obtener un empleo a la nueva fuerza de trabajo que, permanentemente está entrando al mercado laboral.  

Segundo, que normalmente los movimientos sindicales, al presionar por alzas salariales para sus afiliados, se olvidan que al hacerlo le está cerrando las puertas al sector laboral no sindicalizado o incluso reduciendo el empleo en el sector formal de la economía.  

Tercero, que los salarios deben establecerse en base a la productividad del trabajador, pero que es necesario establecer una política de salarios mínimos y promover y respetar los convenios laborales.  Cuarto, que normalmente los ajustes a los salarios mínimos deben estar vinculados a la tasa de inflación o a la tasa de devaluación “pasadas”, salvo que se esté ejecutando un programa de estabilización para reducir la inflación, en cuyo caso, para modificar las expectativas inflacionarias, se debería usar la inflación o la devaluación “esperada”, que debería ser menor.

Y quinto, que si al momento de negociar los nuevos salarios mínimos, la economía está enfrentando una contracción, hay que ser mucho más cuidadosos con esta decisión, si lo que se desea es salvar todo el empleo que se pueda conservar, ya que de lo contrario, se podría se generar más desempleo y más informalidad en la clase trabajadora.  Recordemos que en épocas de crisis, la fuerza laboral de muchas empresas e industrias, de acuerdo con la gerencia de las mismas y para no aumentar el desempleo, acuerdan congelamientos e incluso reducciones temporales en las horas de trabajo o en salario mismo, siempre y cuando la ley así lo permita.

Por lo tanto, como podrá usted ver, ya sea que hablemos de políticas fiscales, monetarias, laborales o cambiarias, casi siempre se nos presentara un dilema, ya que muy difícilmente podremos quedar bien con todo el mundo, al menos en el corto plazo.  Como economista, creo que lo importante es tomar la decisión adecuada desde el punto de vista económico y social y no la decisión que políticamente más nos beneficie en el muy corto plazo.  

nramirezs50@hotmail.com 

* Doctor en Derecho y Economía.