Appu Soman
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Las mayores elecciones de la Historia, con la participación de más de 700 millones de votantes, han dado la victoria a la alianza gobernante de la India, encabezada por el Primer Ministro Manmohan Singh, del Congreso Nacional Indio. El veredicto no ha confirmado las sombrías predicciones de un parlamento sin mayoría y un mayor fortalecimiento de los partidos regionales. El nuevo gobierno será mucho más estable que muchos de sus predecesores, por lo que los resultados han infundido un profundo alivio.

Pero sigue siendo cierto que el nuevo gobierno, como otros anteriores, estará compuesto principalmente de políticos inapropiados para ocupar un cargo ministerial. Si bien varios sátrapas provinciales han visto reducida su importancia, otros nuevos y aspirantes han recibido un apoyo importante. Pese al manifiesto éxito de la democracia india, su sistema parlamentario no está logrando dar a la India una buena forma de gobernar.

Evidentemente, la India no es un Estado fallido. Lant Pritchett, de la Escuela Kennedy de Harvard, ha acuñado un nuevo nombre para la India: Estado descontrolado, un Estado cuyas altas esferas de gobierno, extraordinariamente competentes, no consiguen controlar sus ineficientes niveles inferiores, con los consiguientes resultados deficientes.

Pero ese análisis atribuye méritos inexistentes: el problema de la India es la falta de competencia de sus máximos dirigentes políticos. La incapacidad del actual sistema político de la India para ofrecer un gobierno eficaz coloca al país en una categoría distinta: un Estado ineficiente.

El idealismo del movimiento en pro de la libertad de la India no tardó en desaparecer después de la independencia, en vista de las oportunidades de clientelismo que aparecieron junto con el poder. La forma como ha evolucionado el sistema político de la India ha hecho de la política la vía más segura para enriquecerse. El dinero gastado para ganar elecciones (incluida con frecuencia la compra de una candidatura del partido) se recupera muy aumentado una vez que el vencedor ocupa su cargo. La mitad de los legisladores de la India que se han presentado a la reelección esta vez han triplicado sus activos en los cinco últimos años.

El aumento de la corrupción dentro de los gobiernos dirigidos por el Partido del Congreso, que condujo a la India a la independencia y monopolizó el poder político durante decenios, ha mostrado lo lucrativa que ha llegado a ser la carrera política. Dadas las divisiones lingüística, religiosa y de castas de la India, los políticos vieron lo fácil que les resultaría convertir incluso un número pequeño de seguidores en votos.

Los partidos políticos indios no tardaron en empezar a escindirse y originar un gran número de partidos regionales y basados en las castas. La mayoría de dichos partidos están encabezados por dinastías políticas que priman la lealtad por encima del mérito.

A causa de las escisiones de los partidos políticos, la India ha tenido sólo un gobierno de un solo partido y ocho gobiernos de coalición en los dos últimos decenios. Los miembros de los gobiernos de coalición han convertido los ministerios que se les han asignado en feudos que ordeñan en beneficio propio. Con el tiempo, el gobierno de la India se ha vuelto principalmente un instrumento para promocionar los intereses personales de los políticos y no la entidad encargada de gobernar el país.

La oportunidad de obtener beneficios personales mediante los cargos públicos ha convertido la política electoral en una opción automática de carrera profesional para la progenie de los políticos indios. Un número sin precedentes de hijos e hijas de dirigentes políticos y millonarios (y personas con antecedentes delictivos) han impugnado estas elecciones. Estamos viendo la formación de una nueva casta india: una casta de gobernantes diferente de la tradicional casta kshatriya... ante nuestros ojos.

Como las castas ya existentes, la nueva casta se especializa en una ocupación: la del cargo político. Del mismo modo que en otra época se ejercía la profesión de carpintero o de comerciante simplemente por nacimiento, ahora los miembros de la casta gobernante de la India llegan a ser dirigentes de partidos, diputados al Parlamento y ministros del gobierno exclusivamente por su origen familiar.

Y, como en el caso de las demás castas, no es necesaria preparación alguna para ejercer la profesión: la simple cuna es suficiente. La falta de competencia profesional nunca ha vedado a los indios la permanencia en su casta y, del mismo modo, el ejercicio idóneo de la profesión no es un criterio para que los políticos continúen en posiciones de poder.

El sistema parlamentario de la India exige que los ministros sean diputados al Parlamento. Los dirigentes de los partidos seleccionan a los miembros de la familia y a otros seguidores fieles como candidato a las elecciones, sin tener mínimamente en cuenta sus capacidades para desempeñar los cometidos ministeriales, como resultado de lo cual se crean gabinetes que, sencillamente, carecen de preparación para resolver los problemas que afrontan los gobiernos nacionales y estatales del país.

Incluso con los mejores dirigentes políticos, la de gobernar a la India no es una tarea fácil. Los sucesivos gobiernos compuestos de políticos carentes de aptitudes han fallado estrepitosamente en el desempeño de sus funciones gubernamentales básicas de mantenimiento de la legalidad y el orden, de prestación de los servicios básicos propios de las sociedades modernas y de fomento del crecimiento económico. Hasta ahora el sector privado de la India, sumamente eficiente, ha disimulado el fracaso del Estado indio.

En su forma actual, el sistema parlamentario de la India sólo puede producir gobiernos ineficientes y corruptos. Recompensa la ambición, fomenta una política encaminada a la consecución de cargos a toda costa y devalúa el mérito.

Si se suprimiera el premio del cargo ministerial para los representantes elegidos, se podría disuadir de entrar en la política a quienes conceden la mayor importancia al enriquecimiento. Así, pues, ya es hora de que en la India se examine la posibilidad de introducir un sistema presidencial de gobierno, que reduciría el alcance del “chalaneo” y permitiría al dirigente principal del país seleccionar a personas competentes para las posiciones ministeriales.


Appu Soman es miembro del Centro Belfer de Ciencias y Asuntos Internacionales de la Escuela Kennedy de Administración Pública de la Universidad de Harvard.


Copyrigt: Project Syndicate, 2009.

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