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Narradora tardía —aunque segura, nata e imprescindible— ha sido Mercedes Gordillo (Managua, 29 de noviembre, 1938). Pero también desarrolló una labor significativa como crítica de arte, museóloga y curadora de importantes exposiciones de la plástica de Nicaragua tanto dentro como fuera del país.

Estudió en Managua y San Francisco, California. Fundó la galería Tagüe en 1974, fue consejera cultural de la embajada de Nicaragua en México de 1980 a 1982 y subdirectora del museo de arte contemporáneo “Julio Cortázar” en Managua, de 1983 a 1984. Este año se autoexilió —con su esposo el pintor Alejandro Aróstegui— en San José, Costa Rica, adonde comenzaría a revelarse como narradora. 

Erick Blandón Guevara, refiriéndose al libro de Gordillo El cometa del fin del mundo y otros cuentos que obtuvo en 1993 el Premio Nacional Rubén Darío, consignaría: “Su autora comenzó a escribirlos en las lívidas mañanas del destierro, adonde la confinó la mezquindad de quienes, en el proceso político que ella ayudó a triunfar, se erigieran en capitostes del arte. Superando la lejanía y la sal del desierto, Mercedes no le dio cabida al regreso de la amargura y halló en la narrativa la posibilidad de recuperar su Nicaragua mental y su Managua natal”.

El incuestionable jurado, al otorgarle ese reconocimiento, argumentó que la obra galardonada constituía “una colección decorosa de nueve piezas, bien escritas, con sentido de la ironía y buen manejo de la anécdota, además de asimilar un conocimiento de la vida provinciana común a los países iberoamericanos, particularmente de la Managua anterior al terremoto de 1972”. Firmaban esta valoración Lizandro Chávez Alfaro, Gloria Guardia de Alfaro y Octavio Robleto.

“El ángel perdido” —uno de sus cuentos de la obra galardonada— fue traducido al sueco en una selección de narradores latinoamericanos. Otros dos figuran en la antología de Texas Christian University (“La Conga Verde”) y en la segunda edición de Cuentistas nicaragüenses (“El viajero”). “El ángel perdido” también fue reproducido por Max Lacayo, Lourdes Chamorro César y Julio Valle-Castillo en Cuentos nicaragüenses de ayer y hoy (2014)

Mercedes recreó las pláticas con su madre y sus recuerdos de infancia, pero igualmente sus vivencias en la Managua del cincuenta, sesenta y setenta. Así se constata en Luna que se quiebra (1995), cortos relatos inspirados en las líricas canciones de Agustín Lara; Una mujer con sombrero (2000), sentimental serie de prosemas, limpios y cultos; Vida y milagros (2002), no tanto su autobiografía cuanto la memoria de una época personal y colectiva; y Una perfecta desconocida (también de 2002).

Es autora Gordillo, asimismo, de las semblanzas Sor María Romero y los nicaragüenses que, desde 2004 se ha reeditado en tres ocasiones. Además, siete cuentos nuevos —con una amplia muestra de sus obras referidas— se insertaron en el volumen Al menos cuentos / Al menos flores (2010).

Una perfecta desconocida —su principal obra— ejemplifica el viejo arte de narrar. Presentado en su momento por los críticos mexicanos Jaime Labastida y Federico Álvarez en la Feria de Guadalajara, la autora continúa siendo la misma y comienza a ser distinta.

La misma porque no renuncia a su entrañable mundo capitalino, al ámbito de su clase social, a sus caprichos, pretextos y fantasmas; distinta porque enriquece su narrativa con aportes personales vinculados a la corriente fantástica que otorga al texto como creación una nueva sensibilidad.

El primer relato, que da título al libro (y que Borges, de haber sido mujer, hubiera escrito) y “La papalota” lo revelan. No obstante su ambientación en Managua, la trama de ambas piezas podría desarrollarse en cualquier parte del orbe.

Pues bien, en ambas experimenta lo que el teórico Todorov, en su conocido manual, señala como elemento básico de la narrativa fantástica: el estado de incertidumbre, ese extraño sentimiento de vacilación que produce lo desconocido;y lo que otro teórico de la literatura, Jacques Finné, define como propio de “lo fantástico”: la tensión, en el lector, entre la tentación de lo sobrenatural y la voluntad de lo cotidiano.

En “Una perfecta desconocida”, Mercedes se convierte en una eficaz exploradora del recurso de la autonomía y en “La papalota” traslada a la escritura la mentalidad supersticiosa del pueblo.

En fin, el libro Una perfecta desconocida carece de vacuos experimentalismos y su autora no pretende ser una prima donna, ni afirmar ninguna voluntad feminista. Solo se da como una mujer fiel a su entorno y a su interioridad.