Orlando López-Selva
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Washington ha sido parco al referirse a la acción desafiante de Rusia, de enviar soldados y baterías antiaéreas a Venezuela.

Pero sus pocas declaraciones han sido firmes en boca de sus funcionarios gubernamentales. Donald Trump, Mike Pence, Mike Pompeo y Elliot Abrams lo han dicho con oraciones cortas. Pero sus miradas han sido un desborde de regodeada serenidad y fruición: “Tenemos respuestas preparadas”. 

¿Estamos ante otra crisis de octubre, 56 años después de ese peligroso enfrentamiento que tuviera Washington con la entonces Unión Soviética?

Mi punto. Estados Unidos, sin dudas, va a tomar ahora decisiones de otra naturaleza y a otro nivel. Ahora es el turno para los generales del Pentágono. Se acabó la diplomacia de sanciones o medidas, en alianzas. Maduro puso pie en terreno minado al desafiar el asunto de la seguridad nacional norteamericana. No supo a lo que se metió. ¿Error de Maduro, quien se entregó desesperadamente al Kremlin? ¿O fue Putin quien le enredó el juego al venezolano? 

¿Déjá-vu en la guerra fría? 

Washington ha recurrido, no sé si más por el estigma que carga sobre sus espaldas que por prudencia, a las presiones diplomáticas en alianza o multilaterales sanciones contra todo el aparato dictatorial chavista-madurista. No han funcionado como muchos desearían. Pero sí han acorralado y jaqueado a un Maduro ahora más desdeñado internacionalmente, torpe, gastado, ninguneado y sin los grandes recursos financieros de su antecesor. 

En su desesperación, el dictador envió a su vice, Delcy Rodríguez a Moscú. No sabemos qué se dijo (Los conspiradores esconden todo). Putin los recibió. Pero ahora sí vemos a Maduro bajo el alero estratégico-militar de Moscú. Este le puso ya cohetes en su Palacio de Miraflores (Los socialistas siglo XXI no quisieron cambiarle el nombre; es el atávico complejo de inferioridad: envidiar primero, para después saborear los gustos del detestable enemigo). 

Vladímir Putin ve solo pérdidas en Venezuela (igual les sucedió a sus antecesores con Cuba). No le pagan las deudas vencidas, solo viven pidiendo y el régimen de Caracas nunca alcanzó lugares cimeros en nada. Al contrario, es una constante estadística en picada.

Venezuela ha sido potencia petrolera. Pero, irónicamente es la primera economía que se descalabra sin que los precios del petróleo hayan botado a ningún otro gran productor mundial. ¿Solo a Venezuela? (Sería un buen chiste entre los economistas). No vemos a los saudíes haciendo fila en Riad para comprar alimentos básicos por la bajada de los precios del crudo; tampoco pululan los tercermundistas apagones en Medina, porque la crisis haya dejado sin mantenimiento a las plantas productoras de energía ahí. 

La semana pasada, en la reunión del 70 aniversario de la OTAN,  en Washington, los 29 miembros del club militar occidental acordaron que a Rusia no se le podía seguir consintiendo. Las acciones del Kremlin o más bien del zarito y militarete pinto de cien estrellas, Putin, en Georgia, Crimea, Siria, y hoy, aún más cercanas y frescas al instalar cohetes en Venezuela―tendrán consecuencias.

Washington, sin dudas, pasará de los discursos a las acciones. Aunque en Moscú crean que cuando hay muchos trapos sucios  en el patio de la Casa Blanca, el sistema estadounidense, colapsará. ¡Falso! El sistema sigue funcionando bien. Y Rusia ha ido muy lejos, creyendo que ni siquiera le han visto. 

El Pentágono tiene bien escritos sus position papers para todos los países del orbe; sin en dado caso, cualquier territorio, de repente, se vuelve hostil o se convierte en amenaza.

Putin está jugando con fuego. Sus acciones en Venezuela no le van a permitir seguir diseminando el cuento ―que por muchos años le metieron a los empobrecidos y nobles ciudadanos soviéticos―: que los malos son los yanquis. No. 

Los norteamericanos sí envían a sus hijos a morir por ideales (o intereses, o la suma de ambos), donde sea. Y hagan lo que hicieren, en Estados Unidos ―la sociedad muy abierta y verdaderamente informada de las acciones de sus gobernantes― no dudará en unirse para defender sus intereses cuando alguien intente poner en riesgo la seguridad norteamericana.

Washington ha tenido a Putin en capilla. Este ha desafiado la capacidad de respuesta norteamericana, creyendo que Occidente no actúa porque está sujeto al derecho internacional, la crítica de los medios o el reclamo popular (¡factores nunca ejercidos, entre ellos, en Rusia!).

Washington tiene agarrado de muchos hilos al régimen de Putin.

Hasta hoy, Rusia ha estado sofocada por sanciones económicas y financieras. Ha probado lo poco. Pero Estados Unidos tiene muchísimos recursos. Y todos son muy poderosos.