Doraldina Zeledón Úbeda
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Moriré si el silencio es tan necesario
como parece para el que quiere retirarse
al estudio.

Séneca. Epístola LVI a Lucilio.

Muchas veces las personas afectadas por el ruido prefieren aguantar y no reclamar, pues sienten que andan de estación en estación y su viacrucis de nada sirve. Realmente se viven situaciones estresantes y de impotencia. Es que el ruido y todo lo que conlleva es como una tiranía. Veamos algunas de las agresiones por las que pasa una persona que reclama:
Primero, está la agresión acústica del propio ruido. Luego, es tratado de problemático, invivible. De víctima se convierte en agresor. Si interpone una denuncia, generalmente, tardan en responder. Cuando la inspección llega, tiene que aceptar la “invasión a su intimidad”, como expresan algunos cuando llegan a medir los niveles sonoros en su dormitorio. ¿Es necesario? Primero debería hacerse el control en la fuente que origina el ruido. Por ejemplo, ir a la discoteca para asegurar el nivel sonoro adecuado y comprobar el aislamiento acústico. No sólo que esté completamente cerrada sino que “impida la emisión de sonidos, música o ruidos fuera de los locales” (art. 534 Código Penal). Después, medir el ruido fuera del edificio y frente a la vivienda de los afectados. Si con esto se comprueba que se sobrepasan las normas, quizás no sea necesario “invadir la intimidad”. Algunas veces puede serlo. Se debería establecer una indemnización por invadirla, a pagar por el contaminador.

Y cuando se hace la medición, el afectado se ve obligado a aceptar los niveles sonoros que disponga la inspección, no lo establecido. Si para el interior de un dormitorio la ley establece que el máximo nivel sonoro del ruido continuo es de 30 decibeles medidos con la escala A del sonómetro (30 dBA), eso es lo que se debe tomar en cuenta. A veces se razona que se pueden aceptar unos cuantos decibeles más. Sin embargo, con 33 dBA ya es demasiado, pues el incremento de 3 dBA significa el doble de la energía sonora (Brüel & Kjael). Por esta razón, la ley laboral establece que después de 85 decibles, por cada 3 decibeles que se sobrepasen se debe reducir el tiempo de exposición a la mitad.

Según un informe, en un dormitorio el sonómetro marcó 49 dBA en el ruido continuo, entonces dijeron que con 39 estaba bien, 10 decibeles más. Esto lo determinaron bajando el volumen poco a poco hasta que el afectado aceptara un determinado valor; es decir, no llegaron a hacer cumplir lo que dice la ley. Además, no es igual la afectación cuando hay más personas y se está levantado, que cuando se está queriendo dormir.

Después de la inspección, la persona que interpone la denuncia no recibe copia del informe, tiene que solicitarlo por escrito y esperar varios días. Es una pérdida de tiempo y recursos, para él y para las instituciones. Y si hay una resolución administrativa y no se cumple ni se le da seguimiento, vuelve el ruido.

Además, es víctima por la falta de prevención de parte de las autoridades al otorgar licencias sin que se cumplan los requisitos. Realmente se hace control porque no hay prevención. Si hubiese ordenamiento territorial, si el local contara con un verdadero aislamiento acústico, si se controlara el volumen en los equipos de sonido, se respetaran horarios y se les diera seguimiento, serían menos las afectaciones. Si las autoridades de salud tomaran en cuenta el ruido antes de otorgar una licencia, quizás no habría que ir a medir hasta el dormitorio. Y si se hicieran inspecciones de oficio, el sufrimiento sería menor, especialmente cuando hay temor hacia los poderes económicos, políticos, religiosos.

Si hacemos un recuento de lo expuesto, las personas afectadas por el ruido son víctimas más de una docena de veces. ¿Cuánto más lo será si continúa el proceso? Por eso hay que tomar una actitud activa, pues al ser víctimas tantas veces, podemos terminar trituradas. Hay que tener un poco de paciencia (que a veces escasea como los sonómetros), pues esto es relativamente nuevo aquí y seguramente no se cuenta con los equipos ni con el personal necesarios. Faltan normativas claras, leyes y ordenanzas especiales y amplias sobre el control del ruido, no un artículo. Y en el caso del Código Penal, la agresión comienza desde los legisladores, pues decidieron que el ruido es una simple falta, lo cual implica cambios en el proceso y el afectado se siente más desprotegido. A todo esto hay que sumarle la pérdida de sueño, los problemas de salud, cambios de carácter (me decía un profesor que ante el ruido lo que siente es “arrechura”) las afectaciones en el trabajo, las relaciones, la economía y la violación de varios derechos humanos.

Sin embargo, no hay que desistir. Algún día volveremos a dormir tranquilos y a escuchar el canto de las aves en las ciudades, aunque sea en el cementerio, si es que todavía quedan árboles que los alberguen. O a lo mejor, a falta de árboles y aves, nos instalan pajaritos de cemento con cantos de hierros. Pero mientras podamos, no debemos claudicar. Por la salud de los que quedan y de los que vendrán.